Alfonso X el Sabio. El primer gran rey de Adolfo de Mingo Lorente, publicado en La Esfera de los Libros hace apenas dos meses, es la última biografía del rey astrólogo, clemente, magnánimo, conquistador, legislador y finalmente sabio.

¿Cómo hemos venido estudiando, presentando, dando forma a Alfonso X desde el siglo XIII hasta hoy? ¿Cómo ha venido construyéndose la imagen del rey merecedor de homenajes en el siglo XXI a través de su propia obra pero también -y sobre todo- de la memoria selectiva y dirigida hacia la construcción del mito en los últimos siglos?. Adolfo de Mingo no es medievalista. Tampoco le hace falta siendo Doctor en Historia del Arte, profesor universitario y periodista especializado en cultura desde hace años. Y no pretende engañar a nadie, por eso admite con la sinceridad de un neófito en la materia haber disfrutado “enormemente de un periodo tan complejo como apasionante (…) procurando mantener el siempre difícil equilibrio entre la autocomplacencia de las efemérides y las nuevas interpretaciones”. Equilibrio aún más difícil de mantener en tiempos de centenario como iba a haber sido 2021 y finalmente será 2022, cuando se cumplieron 800 años del nacimiento del rey.

    

Dióscoro Teófilo Puebla, Don Alfonso El Sabio y los libros del saber de astronomía, 1881 (Museo del Prado)

 

Porque este año debería acercarse a las actualizaciones de planteamientos historiográficos en torno a la figura del rey, y no a un ensordecedor ruido de palmadas en la espalda y golpes de pecho recordando a un rey medieval conjugando en primera persona del plural la nostalgia de una España que estaba muy lejos de ser la que hoy vivimos; este libro es una buena herramienta para no alejarse de lo primero. Es el mejor trabajo de síntesis no sólo sobre el rey sino sobre todo el contexto político y cultural que sustentan la imagen de un rey tantas veces descontextualizado y presentado de forma forzada como paradigma de la modernidad. Esa idea, mantenida desde la primera página, de moverse en contextos más amplios para ver desde la distancia a Alfonso X y apreciar todo lo que sucedía a su alrededor, huyendo de visiones localistas y/o nacionales es sin duda uno de los principales puntos positivos del libro. Pero no el único. Además del excelente trabajo de investigación que hay detrás, con un aparato crítico intachable (al final del libro, facilitando enormemente la lectura), cuenta con un abrumador recurso a prensa histórica y documentación de hemeroteca sin la que no se entendería la construcción de la imagen del rey que hoy tenemos a través de los centenarios recientes, de la pintura, la escultura, el cine o la novela histórica.

El libro se divide en tres bloques: Vida, Obra e Imaginario colectivo. Los tres últimos capítulos que componen el Imaginario colectivo son sin duda los más sorprendentes, porque llevan al lector hacia esa fábrica de sueños e imaginarios colectivos que es el arte en sus muchas manifestaciones. También en el cine, debilidad personal del autor, y por eso no es extraño que todo comience y termine con un planteamiento circular, casi aristotélico, pues hay razonamientos que no pueden desarrollarse en línea recta: Alfonso X, un rey de cine (sin películas) acerca al lector a un hecho significativo en el año en el que se han planteado diversos homenajes, pero ninguno es audiovisual ni cinematográfico. Cualquier otro rey menos carismático “sería digno no de un mero largometraje, sino de una verdadera serie de televisión”, que Alfonso X nunca ha tenido.

 

Presentación de la escultura de Francisco Toledo tras su restauración en el Parque de las Tres Culturas de Toledo (Fuente: CLM24)

 

Para quienes leemos la obra desde Toledo, autoproclamada capital de las celebraciones alfonsíes, es de agradecer la distancia que toma el autor de un hecho que marcará los homenajes este año pero no marcó la vida del rey. Aquel palacio andalusí en el que nacieron Abderramán II, Al-Mamum y los reyes de Tulaytula, fue el lugar en el que de nació Alfonso de pura casualidad cuando sus padres viajaban hacia Molina de Aragón, y no tenemos constancia de que volviera a pisar esta ciudad hasta varias décadas después. No podemos hablar de un rey toledano por más que nos empeñemos, y es probable que de adscribirle sentimentalmente una ciudad (porque allí fraguó su proyecto político y cultural) fuese Sevilla, como contó Márquez Villanueva en El Concepto cultural alfonsí, otro libro fundamental que os reseñaré no dentro de mucho.

 

Arquería del palacio andalusí del siglo XI, hoy Complejo de Santa Fe, donde nació Alfonso X en 1221

 

Un libro escrito en Toledo que huye del toledocentrismo, como huye de los conceptos superados historiográficamente. A lo heredado de su padre Fernando III, que prácticamente había duplicado la extensión de Castilla tras conquistar Córdoba y Sevilla, Alfonso ampliaría sus límites hasta la Andalucía oriental tras la expansión por Murcia, y hasta el Atlántico con las conquistas de Jerez y sus tierras costeras. Pero no se quedaron ahí sus proyectos expansivos y en su reinado se aprecia ya una proyección africana que irá tomando forma en ese siglo y culminará en el XV con el salto a Orán, avanzando militarmente más allá del Estrecho. Adolfo de Mingo hace una lectura actualizada de todo esto y está atento a los debates historiográficos actuales, alejándose del concepto de “reconquista”, abandonado ya por muchos -y cuestionado por todos- a nivel académico. Sin duda Alfonso participaba del sentir castellano y leonés de una idea de unidad aún imperceptible pero real: Espanna como heredera de una identidad goda, más allá de la división de reinos. Pero una Espanna, como él mismo reconocía y también su padre y su mano derecha, el arzobispo Jiménez de Rada, imposible de entender sin la huella cultural heredada de Al-Ándalus.

Un rey humano, triunfador en sus conquistas y protagonista de una frenética actividad cultural y legislativa, abatido por mil reveses políticos y familiares en sus últimos días, superado por una crisis sucesoria que haría de él un maldito para la historiografía posterior (la lectura que haría de él, por ejemplo, el jesuita Juan de Mariana en el siglo XVI está en la antítesis de la que hoy hacemos). Pero hoy, a golpe de martillazo , hemos ido encajándolo y dándole forma hasta convertirlo en el rey medieval más celebrado y arquetípico de la cultura española. Y ha sido a fuerza de diseccionar su reinado en logros culturales, por un lado, y políticos, por el otro, magnificando los primeros frente a los segundos. Las Partidas, los trabajos historiográficos sobre una incipiente España y las traducciones asociadas a su reinado le han hecho merecedor de una imagen que ocupa un lugar importante en el libro (y hasta en el Capitolio de Washington), pero que afortunadamente no lo abarca todo. No son pocos los fracasos del rey, y ni uno sólo se queda fuera de este libro, ni tampoco las aparentes contradicciones de quien espera encontrarse historias planas y lineales: el Alfonso esquizofrénico que gobierna en una corte y un reino atomizados, con pactos y amistades más allá de lo religioso con emires y reyes musulmanes, también está, echando por tierra esos discursos más autocomplacientes y rancios de la historiografía más tradicional española. El rey que nunca tendría cabida en Puy du Fou, el de verdad, es el único protagonista de esta biografía.

 

Alfonso X a las puertas de la Biblioteca Nacional de España, por José de Alcoverro (1892)

 

La imagen de Alfonso X que arroja el libro es la del rey con un pie en la Europa que promueve el gótico y la Castilla que sigue anclada en la cultura andalusí. Pero la incapacidad de parte de la historiografía española de los dos siglos pasados por asumir la herencia islámica en la historia de España nos ha dejado un concepto contradictorio, el del “arte mudéjar”, que me ha sorprendido encontrar en un libro que se muestra atento a todos los debates historiográficos actuales. Desde hace décadas esa idea del “mudéjar” como estilo propio está más que cuestionada en el ámbito académico, especialmente con trabajos como los que el recordado Juan Carlos Ruiz Souza impulsó personalmente y sus grupos de investigación, pero también como Pablo Gumiel, Antonio Almagro, Tom Nickson o Elena Paulino. Un estilo mal definido, un concepto vago y demasiado subjetivo como para seguir manteniéndolo y no ser sustituido por otros como el de neocalifal que también aparece en el libro y entiendo, por seguir la línea de quienes mejor lo han estudiado, que se ajustaría mejor a esa idea de estilo que se pretendió defender al definir el “arte mudéjar”. Más allá de este debate, es interesante la visión del rey que el autor del libro nos da en el capítulo IX, dedicado a todas manifestaciones artísticas menores comparadas con la arquitectura, como la iluminación de los manuscritos, la escultura o los relicarios.

 

Donde se aprecia igualmente la necesaria actualización de planteamientos en relación a la figura de Alfonso X es en el capítulo dedicado a la acción de su gobierno más y mejor conocida, y quizá por ello no exenta de mitos que había que volver a poner sobre la mesa. Adolfo de Mingo dedica sin duda la mejor síntesis de la “escuela de Traductores” toledana en apenas unas páginas, confirmando lo que muchos trabajos académicos vienen ya diciendo desde hace décadas: que nunca hubo una escuela ni un espacio físico, que hubo tantas otras corrientes de traductores dentro y fuera de la península así como reyes sabios en Sicilia y Constantinopla, y que no podemos confirmar que la mano o la voluntad (mucho menos el bolsillo) del rey estuvo detrás de todas las traducciones que se le atribuyen.

 

Alfonso X en una miniatura del Libro de los Juegos (Biblioteca de El Escorial)

“Finaliza este libro hablando de cine, tal como se inició. No ha sido posible responder a la pregunta de por qué Alfonso X el Sabio no ha gozado de fortuna audiovisual, por mucho que a lo largo de estas páginas hayamos dado cumplida cuenta de elementos que le acompañaran en vida tan atractivos para un cineasta, como el exotismo, la ambición y la traición”. Finaliza también esta reseña volviendo sobre esa idea y con una respuesta, muy personal, a la pregunta que se hace el autor. Quizá esa poca fortuna audiovisual se deba a la propia figura del rey y de su reinado, del contexto presentado por Adolfo de Mingo en su obra, alejándose de visiones personalistas y laudatorias y atendiendo a la complejidad del siglo XIII. Alfonso X es un personaje poliédrico, fascinante para historiar pero demasiado escurridizo para sintetizar en 90 minutos que dura una película. Es un personaje de frontera, un español incipiente pero de una España que se aleja de las historias oficiales y se acerca a los márgenes de la historia, la que no siempre gusta , la que no siempre uno quiere consumir cuando va al cine o se sienta a ver series históricas donde el rigor es lo de menos. Para eso están los libros como este.

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