El 7 de agosto de 1581 compareció voluntariamente ante el tribunal de la inquisición de Toledo un joven de poco más de veinte años. Se llamaba Álvaro Alfonso, era parroquiano de la Magdalena y desencadenó un proceso judicial contra quienes hasta entonces habían sido sus vecinos y allegados. Con razones fundadas -pero también con una enorme dosis de despecho-, Álvaro acusó a toda una familia y a sus muchos amigos de ponerse ropa limpia los sábados, de reunirse ese día a puerta cerrada, de comer carne los viernes y los domingos mientras que los sábados jamás lo hacían, de no cocinar ni trabajar durante ese día en el que sólo se dedicaban a leer pasajes del antiguo testamento y a debatir sobre cuándo empezaba la luna nueva cada mes. Hoy nos podría resultar disparatada esta acusación, pero lo que Álvaro pretendía era confirmar a los inquisidores que sus vecinos respetaban semanalmente el Shabat e intentaban confirmar por el calendario lunar cuándo deberían celebrar sus ayunos. O, dicho de otro modo, que en casa de los Enríquez se juntaban portugueses y castellanos “todos confesos descendientes de judíos” y celebraban entre septiembre y octubre de aquel año de 1581 la fiesta de Yom Kippur. Álvaro delató a más de 20 personas que fuesen acusadas de judaizar, de practicar el judaísmo aún habiéndose bautizado como cristianos.

                  Como os he contado ya en algún que otro artículo, la inquisición daba comienzo a sus pesquisas difundiendo sus Edictos de fe en los que detallaba qué delitos perseguía y cómo se podía conocer si alguien los cometía, qué prácticas y hábitos hacían reconocibles a quienes eran considerados herejes. Su finalidad era obtener denuncias anónimas para comenzar los procesos. Los edictos facilitaban la labor a los toledanos para poder descubrir si su vecino era judío, musulmán o luterano. Y los judíos eran reconocibles porque guardaban “algunos sábados por honra, guarda y observancia de la ley de Moysen, vistiéndose en ellos camisas limpias, y otras ropas mejoradas, y de fiestas, poniendo en las mesas manteles limpios, y echando en las camas sabanas limpias por honra del dicho sábado, no haciendo lumbre, ni otra cosa alguna en ellos, guardándolos desde el Viernes en la tarde. (…) O que hayan comido carne en Cuaresma, y en otros días prohibidos por la santa madre Iglesia, sin tener necesidad para ello, teniendo, y creyendo que lo podían comer sin pecado. O que hayan ayunado el ayuno mayor, que dicen del perdón, andando aquel día descalzos. (…) rezando Oraciones judaicas (…) O si rezasen los Salmos de David sin Gloria Patri“.

Edicto de fe del Tribunal de Toledo (s. XVII) 

                  La Inquisición podía no conocer los nombres ni las fechas exactas de las fiestas del calendario judío, pero tampoco le interesaba. Era suficiente para ello con que los vecinos supiesen cómo reconocerlos. Los edictos buscaban sacar de la clandestinidad a los judíos y ayudar a los vecinos a distinguir a un judío de un cristiano, más allá de lo que cada uno quisiera ser (o aparentar) o consiguiese mantener vivo del judaísmo. Por ese motivo, estos documentos repetían de forma estereotipada las mismas acusaciones sobre los judíos, las mismas que los inquisidores empleaban durante los juicios: qué come, cómo viste, cuándo trabaja y cuándo no, etc. Los edictos mostraban a los vecinos unos mínimos esenciales de criptojudaísmo, el núcleo central de las prácticas más básicas por medio de las cuales el judío podía demostrar su adhesión a la Ley de Moisés y por medio de las cuales el cristiano podía reconocerle para denunciarle. Y a los criptojudíos toledanos les quedaban pocas prácticas con las que poder seguir sintiéndose judíos en su “exilio interior” mientras en su día a día fingían exteriormente ser buenos cristianos. Ayunar en festividades señaladas y, sobre todo, saber cuándo caían esas festividades según el calendario lunar por el que se regían, se convirtió en la máxima aspiración de muchos de ellos para poder seguir sintiéndose judíos. Todo ello generó un debate interno entre la comunidad judía europea, pues incluso los criptojudíos más convencidos se fueron alejando del judaísmo normativo. Muchos eruditos y rabinos europeos, desde la libertad que les otorgaba vivir en Amsterdam o Venecia, rechazaron a la totalidad de los conversos o cristianos nuevos, considerándolos traidores espirituales y cobardes que preferían vivir con disimulo entre cristianos que no renunciar a su fe y morir como mártires por ella. Por eso algunos eruditos judíos y rabinos hacía una diferencia entre los anusim (quienes habían sido forzdos a convertirse al judaísmo) y los meshumadim (los que habían apostatado de forma voluntaria), para así poder diferenciar quiénes, en la medida de sus posibilidades, mantenían al menos la voluntad de seguir siendo judíos entre todos los cristianos nuevos. En ese sentido, estos eruditos y rabinos ciertamente se acercaban a la intolerancia inquisitorial, que en algunos autos de fe como en Lisboa en 1705, se burlaron de los conversos condenados diciendo que no sólo eran detestados por los cristianos, sino también por los porpios judíos, ya que por su ignorancia y atrevimiento no conocían ni practicaban bien ninguna de las dos leyes religiosas. De masiado judíos para los cristianos, demasiado cristianos para los judíos, la historia de los judeoconversos estuvo repleta de contradicciones de este tipo…

                  Desde 1530 la persecución al judaísmo había descendido, pues tras las conversiones y expulsión de 1492 el tribunal se afanó en terminar con ellos. Quienes consiguieron escapar de estos juicios terminaron huyendo y encontrando acogida en Europa y, especialmente, en tierras del islam. Pero en 1580 Felipe II se convertía también en rey de Portugal, y la inquisición portuguesa reactivó desde ese momento la vigilancia y juicios contra las familias de judeoconversos. Se cree que en 1492 la mayor parte de los judíos españoles fueron a Portugal, y desde allí volvieron muchos de sus descendientes a sus ciudades de origen a partir de 1580. Son estos toledanos descendientes de portugueses que, probablemente, descendían a su vez de castellanos expulsados en 1492, los protagonistas de esta segunda fase de persecuciones y quienes con sus haciendas mantuvieron viva a la inquisición durante las décadas siguientes.  Protagonistas y víctimas de un racismo (“limpieza de sangre” es la forma que tuvieron los cristianos viejos de definir esa búsqueda sistemática de la segregación) que encontró un enorme acomodo en la sociedad española del siglo XVI. Mercedes García Arenal opina sin paños calientes que debe hablarse de racismo, pues “es difícil llamarlo de otra manera por mucho que se diga que el término “raza” no se acuñó hasta el siglo XIX, o que no es lo mismo “raza” que “genealogía”). La búsqueda obsesiva de esa limpieza condicionó a toda la sociedad ibérica y sus posesiones de ultramar e hizo de los judeoconversos y moriscos sus principales víctimas.

Estatutos de Limpieza de Sangre, siglo XVI (BNE, MSS/10608

                  Pero volvamos al proceso inquisitorial contra la comunidad de criptojudíos toledanos que celebraban Yom Kippur en 1581. La denuncia de Álvaro Alfonso se llevó por delante a varias familias, todos vecinos del barrio del alcázar y la parroquia de la Magdalena, de San Justo y de las inmediaciones del Alcaná. Los últimos días del mes de septiembre Álvaro contó a los inquisidores cómo desde hacía meses “cada sábado desde las ocho de la mañana hasta las once o las doce se juntan a puertas cerradas a casa de Diego Enríquez (…) muchos portugueses y castellanos, y mujeres también castellanas, tapadas. Los cuales entran en la dicha casa uno a uno y dos a dos, y después cuando salen de la misma manera disimulados. Y porque los susodichos son cristianos nuevos y se juntan los sábados, este ha sospechado que hacen alguna cosa contra nuestro señor (…) aquel sábado el dicho Enríquez y los demás portugueses que tiene dicho traían vestidos negros y galanes, y limpios, diferentes de los que solían traer otros días entre semana, y tenían las lechuguillas limpias y bien puestas”. Todos eran ricos mercaderes y comerciantes de paños, sedas y textiles, con lo que no es ingenuo pensar que la inquisición estuviese interesada en ellos tanto por su fe como por su riqueza. Porque especialmente tras la llegada de criptojudíos portugueses, muchos hombres de negocios que actuaban a nivel internacional, la inquisición fijó su objetivo en ellos, qué duda cabe, también por motivos económicos. Todos era comerciantes menos dos mujeres, la esposa y Antonia, hija de Diego Enríquez, que será la protagonista del relato que os cuente ahora.

Jonás y la ballena, lectura clásica de Yom Kippur, en un manuscrito persa de Jami al-Tavarikh (Metropolitan Museum of Art)

Libros, lecturas y estrategias para mantener vivo el judaísmo en Toledo. 

                  Antonia tenía 15 años cuando fue detenida en su casa junto a la desaparecida cárcel de Santa Leocadia, en algún lugar de la explanada que hoy ocupa el Corralillo de San Miguel o la Cuesta de los Capuchinos.

 

Era hija y nieta de judíos y había sido educada en el judaísmo castellano del siglo XVI: exteriormente cristiana pero interiormente judía. Asistía con frecuencia a las reuniones convocadas por su padre en su casa, junto al resto de criptojudíos hombres y mujeres, en las que también se trataba del futuro de los jóvenes del grupo. A Antonia y a las más jóvenes les recomendaban las mayores del grupo que ayunasen, que persistiesen en su fe, y  si era necesario “que no se casasen sino con quien viviese en la misma Ley de Moisés, porque haciendo otra cosa no la podrían ellas guardar [la ley] y les darían los maridos mala vida”. A sus 15 años, rara avis en la España del siglo XVI, seguía soltera y sin compromiso matrimonial. Se entiende mejor así que mintiese sin temor a los inquisidores diciendo que había sido bautizada y que era cristiana vieja y practicante, aunque ni supo decir cuándo ni dónde había sido bautizada, ni quiénes habían sido sus padrinos. Los jueces lo comprobaron cuando le pidieron que se santiguase y no supo, que rezase y tampoco supo decir el Padre Nuestro ni el Ave María, el Credo o la Salve. Antonia no rezaba las oraciones cristianas, por mucho que insistiese a los inquisidores en que iba a misa a diario a la parroquia de San Miguel y los domingos a la Catedral. Era judía, al menos hasta donde la persecución inquisitorial le permitía seguir siéndolo.

Mahzor. Libro judío de oraciones para las fiestas más importantes, Rosh ha-Shaná y Yom Kippur. Austria, 1890 (Museo Sefardí de Toledo)

                  Del testimonio de Antonia podemos extraer unas noticias fascinantes sobre las estrategias de formación y de supervivencia del judaísmo en un contexto de persecución sistemática como era la España de Felipe II. ¿Cómo podían aprender y adquirir una base teórica judía quienes vivían una vigilancia diaria por sus vecinos y por la Inquisición? Manuel Peña ha explicado en libros y artículos cómo muchos conversos, moriscos y heterodoxos españoles, ante la imposibilidad de obtener libros prohibidos para su formación y adoctrinamiento colectivo, realizaban lecturas prohibidas de libros permitidos. Teniendo únicamente al alcance los textos controlados y supervisados por la censura previa e inquisitorial, su estrategia consistía en hacer lecturas e interpretaciones tergiversadas y heterodoxas, prohibidas, de esos textos permitidos. Lecturas que podían hacerse en el ámbito privado, escuchando, interpretando y debatiendo el significado de las lecturas, e incluso con algunos miembros de la comunidad memorizando pasajes para transmitirlos de forma oral. Pero lo normal era la escasez de libros. Al carecer del sustento de la tradición escrita, los conversos trataron de suplirla con el Antiguo Testamento, permitido y accesible fácilmente. En los salmos de David, accesibles a todos en la Biblia Vulgata, hallaron una fuente para sus rezos, omitiendo los pasajes que no les interesaban, no leyendo jamás la parte donde se dice gloria patri como bien sabía la inquisición y recordaba en sus edictos de fe. Y muchos Flos Sanctorum, best sellers impresos durante los siglos XVI y XVII que reunían pequeñas biografías de mártires y santos entre los cuales los criptojudíos podían seleccionar aquellos que formaban parte de su propia tradición y no de la cristiana.

 

Efigie del Cardenal Quiroga en la portada de Alonso de Villegas, Flos Sanctorum Segunda Parte, 1584

 

                  Durante los juicios a este grupo de toledanos los inquisidores se esforzaron por saber qué libros existían en casa de Enríquez y qué textos manejaban en sus reuniones. Antonia mintió cuando dijo que en su casa sólo había una Biblia y un Flos Sanctorum. Una noche de sábado lo comprobaron dos secretarios del Santo Oficio, cuando se acercaron por los tejados de la casa a espiar estas reuniones y comprobaron cómo en ellas trataban “de los profetas, de David, y de los Salmos. Oí a uno de ellos un Salmo que dijo era de las alabanzas, bien parece vi y entendí que no le dijo en latín (…) el uno leyó en un libro un capítulo que trataba de cuando el pueblo de Israel pidió al profeta Samuel les diese rey (…) uno que se llama Espejo de consolación y el otro Fray Luis de Granada  [alguna obra anterior al Símbolo de la fe impreso en 1583,  también abundante como el libro de Dueñas en citas del Antiguo Testamento y habitual entre los criptojudíos españoles] (…) que había allí un libro llamado Consolación de tristes donde leían algunas historias que allí se tratan de algunos del Testamento Viejo [Antiguo Testamento] como de Tobías y de David y de José”. Los criptojudíos realizaban prácticas de lectura sesgadas, seleccionadas, que les permitían, en definitiva, aprovechar la literatura que ponían a su alcance quienes les perseguían, para utilizarla en sentido inverso y sobrevivir manteniendo unos presupuestos mínimos para el conocimiento del judaísmo. Para ellos, que habían acogido la imprenta como un regalo divino a finales del siglo XV y produjeron libros impresos desde sus primeros años (especialmente en Portugal, donde el primer taller de imprenta lisboeta fue abierto por el judío Eliezer Toledano), que habían hecho de imprentas como las de Guadalajara o La Puebla de Montalbán un foco irradiador del cultura hebrea y en hebreo para distribuir por Europa, a mediados del siglo XVI les resultaba imposible tener e imprimir libros propios.

Espejo de consolación de tristes de Juan de Dueñas (Medina del Campo, 1570)

                  La clave era conseguir educar a los menores de edad cuanto antes. Por eso, las casas, el ámbito doméstico, el cuidado a cargo de abuelas, podía garantizar una mejor transmisión cultural. Pero luego venían los obstáculos. No había rabinos, no había liturgia en la sinagoga, habían sido privados de los textos sagrados y el aprendizaje del hebreo necesario para entender esos textos se hacía imposible, no existían instituciones que vigilasen el calendario litúrgico de la comunidad para celebrar las fiestas, ni los sacrificios rituales de animales para alimentarse. Los conversos se encontraban a la deriva, desligados de prácticamente todos los aspectos del judaísmo normativo de sus ancestros. Incluso una cuestión en principio tan sencilla como calcular las fechas de las festividades para poder celebrarlas, les planteaba enormes problemas. Y es en este contexto donde se entiende la obsesiva insistencia de los inquisidores por saber quiénes de ellos eran los que se encargaban de solventar estos problemas, quiénes y cómo se encargaban de dictar el calendario festivo a la comunidad de judeoconversos. Y en aquel mes de septiembre de 1581 en el que estaban siendo investigados se lo pusieron fácil a los inquisidores, pues celebraron Rosh Hashaná y Yom Kippur.

 

Shabat, Yom Kippur y la memoria de otras fiestas perdidas entre los conversos.

                  La observancia y mantenimiento de los preceptos y tradiciones del Shabat y las fiestas judías han sido, más allá del mero cumplimiento ritual, un elemento trascendental para la supervivencia del judaísmo y de la identidad judía. La celebración de los sábados allí donde los judíos fueron minoría se convirtió en un factor identitario y a la vez diferenciador. Por ese motivo resultaba fácil para los vecinos como Álvaro delatar a estos conversos si observaban “anomalías” los sábados (se cambian de ropa, no comen ni cocinan, no salen de casa y se reúnen en familia, etc). Y por ese motivo la inquisición insistía en sus interrogatorios para comprobar si verdaderamente los reos hacían del sábado y no del domingo su día de guarda.

Figura femenina prendiendo la luz de la vela en la mesa ataviada para la celebración del Sábado o Shabat. (Sami Cassuto, s. XX. Museo Sefardí).

                  En 1581, las fiestas de los criptojudíos habían quedado reducidas a lo más esencial. Por estudios ya publicados de otras localidades, podemos deducir que el arquetipo más común entre conversos era la observancia mayoritaria del Yom Kippur (el “Ayuno mayor o grande”) y del Shabat. Muchos limitaban la práctica de su religión únicamente a estas dos fiestas, ante la imposibilidad de celebrar Pesaj, Purim u otras más ruidosas y públicas. Muchos de los ritos se habían abandonado ya por el desgaste de la presión inquisitorial, especialmente en ciudades como Toledo, donde a los conversos sólo los quedaba consolarse con que al menos lejos de su ciudad decían que “había doctores y bachilleres en Salamanca, levitas y rabís. En algunos lugares de Italia había letrados del Testamento Viejo”. Pero no en Toledo. Por eso aquí rezaban en grupo de forma clandestina, intentando mantener al menos la identidad de una comunidad con un vínculo común, aunque al no tener rabinos hacían los rezos sin dirección religiosa. Generalmente era el más viejo el que guiaba en la oración, sin más formación que la costumbre heredada de sus mayores. Y lo hacía en castellano, pues apenas nadie sabía ya hebreo. La familia, y no ya la sinagoga, era la célula donde germinaba la religión y la cultura judía entre los conversos españoles y portugueses.

                  En casa de Diego Enríquez, en aquel Yom Kippur de 1581, él y los varones de mayor edad eran los encargados de establecer el calendario y las fechas señaladas para la celebración de la fiesta. Pocos días antes de ser detenidos, en su casa “se vino a tratar del ayuno mayor, a cuánto caía de septiembre. Y este [Manuel Tomás, uno de los acusados] y Antonio de Andrada [otro acusado] decían que caía a siete de septiembre, y Diego Enríquez decía que a ocho. Y para hacer esta cuenta contaban las lunas, y que la luna de septiembre había entrado a veinte y ocho de agosto y así había de venir el ayuno mayor a siete de septiembre porque el ayuno mayor ha de ser a los diez de la luna de septiembre (…) Antonio de Andrada estando en la dicha disputa de las lunas dijo que el primer mes que contaban (…) era aquel en que los hijos de Israel habían salido de Egipto, y desde aquel comenzaron a contar”. Enríquez y otro mercader, Antonio de Andrada, eran los encargados de facilitar a la comunidad de judíos toledanos los cálculos necesarios para, al menos, poder celebrar en su fecha exacta el ayuno mayor del Yom Kippur.  Antonio de Andrada llevó a una de las reuniones unos papeles manuscritos que obtuvo de otro converso, quizá de fuera de Toledo, gracias a la movilidad y redes de estos mercaderes. Los papeles, que debemos suponer que serían algunos almanaques o calendarios lunares “trataban de la cuenta de las lunas y de los meses, y que debía de ser (…) para la cuenta de cuándo debía de ser el ayuno del mes de septiembre”, el Yom Kippur. Ni Andrada ni Manuel Tomás ni ningún otro criptojudío sabían de la práctica del judaísmo lo que Enríquez, el mayor de todos ellos, sí que sabía. Fue allí, en aquella reunión, cuando todos se enteraron -según testificó uno de los encausados- de que el Ayuno Grande o Ayuno Mayor “le llamaban Equipur, que no le había oído nombrar por este nombre, que no sabe [Manuel Tomás] lo que quiere decir porque no es vocablo castellano ni portugués”. Todos ellos, al igual que en las comunidades castellanas, aragonesas y portuguesas, se enfrentaban aquel año a una fiesta que había quedado reducida a un ayuno grande o mayor, sin nombre ni raíz histórica para muchos de ellos, para quienes el nombre deformado de Equipur les sonaría tan raro como el original de Yom Kippur. Una fiesta que celebraban pero que no sabían ni su nombre original ni sus motivos religiosos e históricos. Una de los principales fiestas solemnes vinculada al año nuevo judío, quedaba reducida a un encuentro habitual, a un ayuno mayor y a una comida específica.

Familia alemana celebrando Rosh Hashaná que antecede a Yom Kippur poniendose kittel blancos, 1920 (Jewish Museom of London).

                  En aquella fiesta, en 1581, las ollas de los criptojudíos toledanos se llenaban los viernes de comida para así tenerla cocinada a la caída del sol, dejando libre de trabajos todo el día como los Shabats. Una de las mujeres detenidas contó a los inquisidores la receta de aquel Yom Kippur: el viernes sólo comían pescado y sardinas mientras preparaban una enorme olla de barro en la que, a modo de los cocidos actuales, se cocinaban a fuego lento carne de ternera o de carnero con perejil, cebollas, frutas y legumbres, hierbabuena y berzas, sin un gramo del tocino de cerdo tan habitual de las ollas cristianas. Una adafina especial, no como las habituales de los sábados. Una olla que escondieron el viernes por la tarde en el patio de la casa y disfrutaron aquel sábado de Yom Kippur de 1581, sin ser conscientes de que con ello confirmaban su judaísmo ante los ojos de una inquisición que por entonces ya les espiaba desde los tejados.

Adafina sefardí.

                  Acto seguido se les detuvo, aunque algunos consiguieron huir a tiempo. Antonia, con 15 años, fue detenida, encarcelada e interrogada durante meses. Se le pidió que reconociese todos los delitos de los que se le acusaba (vestirse bien los sábados, cambiarse de ropa, no trabajar los sábados, ayunar junto a su familia, etc.). No reconoció nada, como tampoco lo hicieron el resto de detenidos, que se mantuvieron firmes en su inocencia, por lo que fue torturada durante toda una tarde. Nunca confesó ni reconoció aquello de lo que se le acusaba. Es más, Antonia consiguió demostrar animadversión por parte de Álvaro Alfonso, el muchacho que los había delatado a todos. Disimulando sus ayunos y su fe judía ante el tribunal, demostró “que Álvaro Alfonso, que es el que la acusó, la quiere mal” y ya le había amenazado muchas veces antes con denunciarle sin motivos, argumentando que  “cuando él quería alguno mal irse ya a la inquisición y diría de él lo que quisiese, que con veinte ducados hallaría cuarenta testigos falsos”. O, dicho de otro modo, que a la inquisición se podía ir con una denuncia falsa con tal de que se aportasen varios testigos sobornados y chantajeados. No hizo falta en este caso, pues tras ser espiados, nadie dudaba ya de que todos seguían practicando el judaísmo.

                  Antonia fue considerada culpable de todas las acusaciones que el fiscal interpuso contra ella. Encarcelada desde octubre de 1581, salió en auto de fe público en marzo de 1585, donde fue obligada a abjurar de vehementi (la más grave y severa de las que imponía la inquisición, en este caso a quienes consideraba apóstatas de la fe de modo vehemente y no leve) y a arrepentirse públicamente. Tras aquel auto de fe, 6 años de reclusión no en una cárcel sino en algún convento o beaterio “para que viva como cristiana” dictaba su sentencia. El más perjudicado de todos fue Diego Enríquez, uno de los principales mercaderes de sedas de la ciudad, acusado de fomentar desde su casa las reuniones para la celebración del Shabat y la formación espiritual y teológica de la comunidad judía de Toledo. Después de haber sido desposeído de todos sus bienes y encarcelado durante 3 años, fue quemado junto a otro compañero en el brasero de la Vega, en las inmediaciones del actual circo romano (una fuente de enorme riqueza arqueológica, como toda la Vega Baja, hoy en peligro por distintas amenazas urbanísticas. Al resto de procesados se les expropiaron sus bienes y haciendas, fueron torturados y encarcelados. Algunos, los más jóvenes, huyeron a tiempo y comenzaron un viaje alucinante que les llevó por el norte de Italia hasta Tesalónica, ciudad que acogió a miles de judíos sefardíes y desde la cual, gracias a la protección brindada por el imperio otomano, algunos se convirtieron en ricos mercaderes. Décadas después volverían a Toledo, a su ciudad y a la de sus antepasados, con nombres falsos e intentando seguir practicando su fe de forma clandestina. La inquisición volverá de nuevo sus ojos sobre este grupo de escurridizos criptojudíos, aunque eso da para otro artículo que ya os contaré.

Thessaloniki – Tesalónica – Salónica (Grecia, 2012)

                  Los Enríquez, Andrada, Tomás y otros conversos fueron acusados en 1581 de defender que el ayuno mayor, el Yom Kippur, era bueno para salvarse. Más allá de las presiones y de la vigilancia diarias a la que eran sometidos, Yom Kippur era esa fiesta que había que respetar por encima de cualquier otra, así lo entendían estos conversos o criptojudíos. Saber ubicarla en su calendario, celebrarla con exactitud a la vez que sus correligionarios en cualquier parte del mundo donde se les permitiese celebrarla en libertad, ayunar, rezar en comunidad y en familia ese día era todo lo que les quedaba para poder seguir sintiéndose judíos en una tierra en la que el judaísmo había sido oficialmente expulsado en 1492. Oficialmente, porque los procesos inquisitoriales demuestran que tanto el judaísmo como el islam siguieron presentes en el seno de la Monarquía Hispánica durante varios siglos más y a pesar de los fallidos intentos de expulsión y de las constantes persecuciones.

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