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Este mes volvemos a contar con la suerte de una firma invitada en el blog, que me hace especial ilusión. Conocí a Pilar Romeu Ferré hace años a través de un artículo que no dejo de recomendar, publicado en la revista Sefarad que edita el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y que os recomiendo leer: «En «clavemanía»: ¿Dónde están las llaves de… Sefarad?». Un trabajo fundamental para desterrar uno de los mitos más manoseados por el turismo, por determinadas instituciones políticas y grupos de intereses a caballo entre lo uno y lo otro como Red de Juderías: el gran mito de que los sefardíes en el exilio mantuvieron las llaves de su casa de Toledo con la esperanza de regresar algún día. Así que le he pedido que traiga esa investigación sobre la invención de esa leyenda al blog. 

Una llave que abre nuevos horizontes

En 2020 publiqué en la revista Sefarad «En “clavemanía”: ¿Dónde están las llaves de… Sefarad?», donde planteaba de forma no vulgar un tema excesivamente vulgarizado, que constituye una cantinela inevitable entre los tópicos sobre el mundo sefardí: el de las «llaves» que todos los sefardíes parecen poseer de sus casas de «España», con especial énfasis en Toledo, cuando, como decía Iacob M. Hassán: «es imposible que Toledo tuviera tantas casas para que cada sefardí guarde colgada una llave» [Actas del Seminario Internacional España-Israel, Albacete, 1988, 76.]. Mi artículo ensayaba una primera vacuna para limitar los efectos no deseados de tal leyenda urbana. 

Llaves de Sefarad

Pilar Romeu: ¿Dónde están las llaves de Sefarad?

El eslogan, que publicitariamente ha funcionado a la perfección, se construye sobre unas bases materiales notorias: la posesión y custodia de unas llaves físicas, sólidas, de sustancia ferruginosa, que se habrían transmitido como activos hereditarios a través de generaciones. Y ahí seguirían en posesión de los deudos de aquellos expatriados a la espera de un improbable, por no decir imposible, retorno a las moradas dejadas en Sefarad en el lejano año de 1492. ¡Como si las casas hispanas hubiesen soportado los siglos mejor que las murallas de Jericó!

Llaves de Sefarad

Sinagoga Moshé Nahon de Tánger

Hoy, la llave y los sefardíes forman un tándem indisoluble que surge en cualquier conversación, evento temático, reunión o investigación académica, chats virtuales como Ladinokomunita, y cómo no, en manifestaciones musicales. El eco de la llave amplifica sus decibelios y encarna lo que en puridad llamaríamos en clave de marketing «creación programada», donde el cantante y el oyente se funden en un mimético abrazo que engloba el sentir de una cultura. 

Pero ¿cómo nació ese mito? Es prolijo y difícil de concretar en unas breves líneas. Las crónicas más antiguas, de autores coetáneos o inmediatos a la expulsión de 1492, no detallan más que de modo general los bienes que los judíos llevaron consigo, pero ninguna menciona las llaves. Entre los historiógrafos hay más judíos que cristianos, quizás debido a que los cronistas hispanos ahondaron en la narrativa de la conquista de América. Tampoco en los siglos XVI-XVIII se encuentran menciones especiales a llave alguna. Digamos que fue propagándose subliminalmente desde principios de siglo XIX mientras iban apareciendo informaciones sobre los judíos, en general, en diversas publicaciones españolas. 

Llaves de Sefarad

Cartel publicitario de la Red de Juderías – Caminos de Sefarad

Lentamente fue brotando una corriente propicia en España hacia los sefardíes que acabó cristalizando, no en la campaña de Ángel Pulido, como se cree, sino décadas antes, como señalaba Díaz-Mas [«Ramón Menéndez Pidal y la cultura sefardí», Lengua y cultura sefardí, eds. Nicolás Asensio Jiménez y Sara Sánchez Bellido, Madrid, 2015, 183.]: «ya desde la década de 1870, en la prensa liberal española encontramos informaciones y artículos sobre los sefardíes, que proponen las mismas ideas e iniciativas que años después difundirá y defenderá Pulido».

Sin embargo, escudriñando la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España constaté noticias sobre los sefardíes en periódicos españoles desde principios de siglo, ya desde los reinados de Fernando VII (1808-1833) y de Isabel II (1833-1868), como en El Sensato de Santiago de 11/2/1813: «No es posible desarraygar del todo las reliquias de un antiguo pueblo como el judío, que conserva aun la “lengua española”, y se confunde fácilmente con los españoles».

La primera mención de unas «llaves» oriundas de España es de 1859, en posesión de «moros», porque es justo en esta época cuando los españoles van a tomar contacto con ellos, y de rebote, con los «judíos» que viven en Marruecos, durante la época de la campaña africana (1859-1860):

Los moros pretenden que conservan las llaves de Córdoba y de Granada […]. Estos recuerdos … se sacan procesionalmente en momentos críticos, y producen el mayor entusiasmo por la guerra (La América de Madrid de 24/11/1859)»

y tras la toma de Tetuán (6/2/1860), unas llaves se entregaron al vencedor general O’Donnell en presencia de la masa enfervorecida, entre la que se hallaban los judíos.

Llaves de Sefarad

En la segunda mitad de siglo, colmada de acontecimientos históricos cruciales para nuestro país, proliferan los artículos y ensayos sobre «las llaves» que «abren y cierran» espacios geográficos determinantes: Tánger, Gibraltar, Constantinopla. Por ejemplo, Las llaves. Sátira social, de Teodoro Guerrero (Madrid 1876), donde en el primer capítulo analiza la simbología de las llaves de la casa «de hierro toscamente labrada».

Los pogromos de Rusia de 1881 estimularon a intelectuales, políticos y a la opinión pública, y el problema judío comenzó a interesar. En la última década del siglo, las noticias sobre los «judíos españoles» aumentan. Contribuyó el desarrollo en Francia, entre 1894 y 1906, del Caso Dreyfus, que marcó un hito en la historia del antisemitismo.

Es la época en que se publican por entregas en los periódicos novelas románticas de tema judío o con un personaje judío: de Alexandre Dumas (1802-1870), Charles Dickens (1812-1870), o Xavier de Montépin (1823-1902), con lo que va abonándose el terreno que propiciará la conversión del tópico en mito.

En el siglo XX las llaves se harán plenamente «judías» al tiempo que irá propiciándose su magnitud: «aparecieron nuestros hombres, seguidos por un judío con una llave muy grande; esta llave era de una casa del barrio judío» [Edwin L. WEEKS, «Dos centros de arte morisco: Rabat y Sallee», Por esos mundos núm. 81, Madrid, 1/10/1901, 308].

Con el discurso «El alma española» inauguró Ernst Bark von Schultz (1858-1922) en Madrid la «Sociedad del Librepensamiento». Este romántico revolucionario originario de Estonia (entonces Imperio ruso), recaló en España hacia 1880 perseguido por los zares, se casó con una malagueña y está enterrado en el cementerio de La Almudena. Nadie ha podido determinar si era de origen judío, pero es el primero que las menciona:

Hasta las orillas del Dniéper en Rusia he oído cantar á los cosakos al son de la guitarra canciones del Guadalquivir, de Sevilla y Granada, y en las aldeas hebreas de Rumanía y Hungría conservan los patriarcas las llaves de sus casas de que les expulsaron la avidez de los reyes y del clero de España (Las Dominicales de Madrid de 28/3/1902).

 

Llaves de Sefarad

La ocasión se presentó cuando yendo a la guerra de Turquía en 1877 debió recalar acompañando las tropas rusas en alguna casa sefardí; hecho insólito ya que, si bien existían comunidades sefardíes en Rumanía y Hungría, no las había a «orillas del Dniéper». Que los cosacos fueron guardianes de fronteras no es nuevo, y que interaccionaron con las comunidades sefardíes turcas, tampoco. Con todo, Bark no mencionó estas experiencias hasta 25 años después. Por entonces, ¿su propia experiencia familiar andaluza le hizo imaginar románticamente aquella situación? No estoy segura, aunque seguramente fue real porque no había ningún interés espurio en la anécdota. Así, el relato sobre las llaves sefardíes deberá iniciarse ahora alrededor de 1877.

La segunda mención escrita es de David Melul («El reenkontro de dos Bejaranos», En tierras ajenas yo me vo murir, Barcelona, 2005, 119-121), quien refirió una anécdota de 1946 cuando visitó Béjar por primera vez (décadas después fundó en Museo Judío de Béjar). Allí conoció a Don Juan Muñoz, cuyo primer destino a fines del siglo XIX, finalizada la carrera diplomática, fue la embajada en Bulgaria. Don Juan le narró lo sucedido con un comerciante sefardí en Sofía «antes de que Ángel Pulido descubriera a los sefardíes en 1903»:

Kero amostrarle una koza», disho el patron del magazen. En aziendolo alevantar i pasar una chika puerta, lo yevo al interior de una kamaretika. «Era este —konto Don Juan— un lugar intimo kon las paredes kuviertas de numerozos livros en ebreo, bien guadrados i ordenados. En el lugar de onor de esta kamaretika avia un baul de tavla, ke tenia puedeser varios siglos de egzistensia, ke el avrio kon una chika yave, i al interior del kual avia un objeto.  Al aserkarme al baul pudi ver una grande yave ferojenteada, pozada ensima de finos panyos. Yeno de emosion le demandi ke reprezentava lo ke me estava amostrando, i el, kon una emosion aun mas grande, me respondio:  «Esta es la yave ke mis antepasados tomaron kon si kuando duvieron salir de Espanya; esta es la yave de la kaza onde bivian».

Hasta ahora, el discurso se ha ido construyendo a base de unas llaves moras cuya posesión, por efecto del amor y de la nostalgia, se ha extendido a los sefardíes. Sin embargo, una década después, va a ponerse en duda que los moros tengan llaves, pero no se discute que las tengan los judíos:

La leyenda dice cómo hay en Tetuán, en Alcazarquivir y en Larache descendientes de los moros granadinos que conservan las llaves de los domicilios que sus antepasados habitaron en Granada. ¡Bella leyenda que, acaso, no sea más que eso: leyenda! Pero lo legendario, por lo que á los expulsados moros se refiere, es real, referente á los expulsados judíos. Estos conservan la llave de sus casas españolas, y vuelven á sus casas, y con la llave quieren abrir las cerradas puertas. (Luis de Oteyza, «Crónica general», La Ilustración Española y Americana de Madrid de 8/11/1916).

A partir de ese momento las citas se multiplican y alcanzan no solo al común de los mortales, españoles y sefardíes, sino a muchos ilustres científicos, escritores e investigadores que se hacen eco en sus obras, con citas seguramente dichas en clave poética, del seductor atractivo de las llaves, consolidando el mito. Entre ellos, Rafael Cansinos Assens, Jorge Luis Borges, Salvador de Madariaga y Claudio Sánchez Albornoz.

Llaves de Sefarad

Davide Aliberti: Sefarad, una comunidad imaginada

Completemos el excurso cronológico con una incursión más sefardí mencionando la literatura memorialística que ha proliferado en los últimos decenios. En las memorias de los nacidos en la segunda mitad del siglo XIX, no aparece el mito de la llave más que en José M. Estrujo y Enrique Saporta, estudiosos que, como tantos otros, se dejaron contagiar por la corriente filosefardí. 

Buena parte de los autores las ubican en el tiempo utilizando el recurso literario de narrar la historia de la expulsión:  

Komo los Sephardes kuando al 15 sieklo arojados de la Espanya, kon si yevaron solo sus vidas, las yaves de las kadenas de las kazas seradas [Yamila KOLONOMOS y Jasminka AMIEVA, Sinteyas de los sefardes de la Makedonia, Skopje, 2006, 43].

Otros refieren que la familia las custodiaba celosamente y pasaban de generación en generación, e incluso las exhibían en lugar visible en las casas. Sin duda, estos testimonios dan fe de la fuerza expansiva de un tópico convertido en mito. 

Es comprensible que algunos piensen que cuando el río suena… Con todo, desde la primera mitad del siglo XX se alzaron voces críticas contra el mito de la llave, pero en pleno siglo XXI, es ya imposible erradicar esta concepción romántica profundamente anclada en el imaginario, tanto popular como culto, y tanto entre los españoles como entre los sefardíes.

 

Llaves de Sefarad

Javier Castaño (Ed.): ¿Una Sefarad inventada?

Resumiendo: La literatura en torno a las llaves nace como un proceso de reconstrucción personal y nacional que liga a los sefardíes con su tierra ancestral en el momento que ambos pueblos se redescubren. 

Se fraguó a mediados del siglo XIX en torno a la Guerra de África (1859-1860), cuando los soldados españoles trabaron conocimiento con los moros y judíos que se decían descendientes de quienes habían sido expulsados de la Península, y se consolidó al calor de las enconadas disputas políticas que se produjeron en España en la segunda mitad del siglo en torno a la libertad de la práctica religiosa, que adquirió carta de naturaleza en la Constitución de 1869. 

Las primeras llaves en las fuentes escritas están en manos de moros; luego pasan a los judíos. Cuando el mito está asentado, hay quien duda de si realmente los moros las poseen, pero los judíos, sin duda. Se transmiten, además, de padres a hijos de generación en generación, en una reminiscencia de hondas raíces bíblicas (Éxodo 3:15): «Este es Mi Nombre por siempre y para siempre y esta es Mi memoria de generación en generación», que otorga solidez y carisma a la transmisión. 

Al principio son inmateriales, pero al poco se empiezan a visualizar: las muestran sus dueños en la mano, en una cajita recamada, «pozada ensima de finos panyos», colgadas de la pared o encima de la puerta, guardadas en un «baul de tavla»… Empieza su periplo modestamente, pero con el tiempo se agranda, es de hierro, ferrojenta [‘oxidada’] o «con los cantos redondeados, gastados por las caricias», no importa demasiado, pues de todos modos abrirán las casas, los solares, las viviendas y «las kadenas de las kazas seradas»… ¿Qué podemos esperar ahora, cuando hasta la Red de Juderías las obsequia? 

Llaves de Sefarad

Cartel publicitario de la Red de Juderías

Solo mantengo la esperanza de que cunda la convicción de que las llaves de Sefarad constituyen un preciado talismán depositado en un bellísimo lugar imaginario de memoria, donde podría seguir ilusionando a las gentes de toda condición, como ocurre con tantos relatos clásicos, inmortales, que se han ido incorporando a nuestro acervo cultural más entrañable.

Por eso, quien hoy relea mi artículo primigenio sin prejuicios podrá descubrir que el mensaje de fondo en él implícito induce a reconducir la búsqueda de las llaves al plano inmaterial: la lengua, la sociedad, la cultura.   

Llaves de Sefarad

Pilar Romeu es Doctora en Filología Semítica por la Universidad de Barcelona.

Desde 1998 dirige la colección “Fuente Clara. Estudios de Cultura Sefardí” de la editorial Tirocinio.

En 2023 recibió de la Akademia Nasionala del Ladino un Diploma de Honor en reconocimiento por su labor como investigadora y editora. 

 

 

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