«¿Quién te ha quitaíto el color?

Mi niña está descolorida,

¿Quién te ha quitaíto el color?

Me lo quitó un marinero

Con palabritas de amor»

(Adela la Chaqueta, Alegrías de Cádiz)

 

            Escuchar flamenco antiguo, clásico, el de los cantes añejos, el que cantaban y tocaban hasta el siglo pasado, es viajar a mundos que desafortunadamente no hemos dejado del todo atrás. Hasta que no dijeron basta en la década de los 70 cantaoras como Lole Montoya y tocaores como Manuel Molina, entre tantos otros, las letras del flamenco y del cante jondo evocaban muchas veces más miserias que alegrías. Fraguas, galeras, minas, cárceles, hambre, explotación laboral y asesinatos, muchos asesinatos, se entremezclan con quejidos y lamentos en composiciones cantadas indistintamente por hombres y mujeres. Hombres que mueren en peleas y ajustes como los que Federico García Lorca escribió, y probablemente vio, y cantó Camarón en ese enorme disco que fue La Leyenda del Tiempo: «Muerto se queda en la calle, con un puñal en el pecho y no lo conocía nadie».

«Aquí mataron una mujer. Rueguen a Dios por ella. Sucedió a 2 de febrero del año de 1690» (Puente de San Martín, Toledo)

            Frente a ellos, la «suerte negra, suerte perra / la suerte de la mujer / que lo que el alma le pide / se lo prohíbe el deber». La falta de libertad, la imposibilidad de vivir con la libertad que vivían los hombres, libertad de amar, de movimiento, laboral y de cualquier otro tipo. Maridos que apalean a sus mujeres «porque quiere que le guise / papitas con bacalao» según la letra clásica, renovada en estos días sin perder un ápice de dramatismo. Mujeres que son engañadas y abandonadas por sus maridos que andaban «en la guerra con Francia / buscando con un candil / a una pícara mulata», aborrecidas por «esos celos que tienes» y por no estar dispuestas a aguantar una sola infidelidad más. Mujeres, miles de ellas, que durante siglos admitieron resignadas que su sustento y su vida dependían de la voluntad de su marido, en el mejor de los casos, o de cualquiera que se creyera con el derecho de abusar sexualmente de ellas cuándo y cómo quisiera a cambio de un plato de comida. Mujeres deshonradas, a las que en Cádiz esos marineros que cantaba Adela la Chaqueta les quitaban «el color, con palabritas de amor», dándoles falsas promesas de matrimonio para tener sexo con ellas y luego abandonarlas, o como una de tantas toledanas que podían haber sido protagonistas de la leyenda de El Cristo de la Vega a quien pidieron sentencia «citado como testigo / por boca de Inés de Vargas», engañada por Diego Martínez por idénticos motivos que las jóvenes gaditanas.

            Estas letras, antiguas e imposibles de ubicar en un año concreto y de atribuir a un autor, se entienden mejor cuando se conocen las vidas de miles de mujeres procesadas por la Inquisición entre los siglos XV y XIX. Vidas miserables que encontraban en la práctica de la hechicería el único camino para su supervivencia, muchas veces combinada con la prostitución y el amancebamiento. Mujeres que, en muchos casos, habían sido clientas de otras hechiceras antes de ser ellas mismas hechiceras. Y clientas que, con algunos años menos, acudían a aquellas para intentar poner freno a la violencia de sus maridos o amantes, al abandono, a la deshonra, a la falta de libertad que las propias hechiceras habían sufrido igualmente.

            Por ejemplo Cebriana Escobar, viuda y con una hija, que vivía en los alrededores de San Juan de los Reyes junto a «la puerta de los Asnos» que aún no he conseguido ubicar sobre el mapa del actual Toledo. Cebriana, como Laura Luelmo, vivió sus últimos días en Toledo sin la libertad suficiente como para salir a la calle sin temer ser asesinada. La suerte que tuvo es que ella, al menos, sabía de las intenciones del potencial asesino.

            En 1702 «comparecía sin ser buscada» ante el tribunal de la Inquisición de Toledo. Amancebada por pura supervivencia con Dionisio de Mendoza, que vivía cerca de la alojería de Santo Tomé, Cebriana acudía de forma voluntaria, desesperada, a poner en conocimiento de los inquisidores que su vida estaba amenazada de muerte por su amante. Dionisio entendía que Cebriana estaba obligada a facilitarle su cama y su cuerpo siempre que él quisiera, pero cuando ella se negaba a mantener relaciones sexuales con él, la respuesta de este vecino de Santo Tomé era darle una paliza, muchas veces a plena luz del día y en la calle. Dionisio entendía que era una obligación para Cebriana estar dispuesta a tener sexo con él siempre que él quisiera, por las buenas o por las malas.

Aguafuerte «No hubo remedio» de Francisco de Goya.

            La desesperación, la falta de comprensión y de ayuda, llevó a Cebriana a acudir a una hechicera vecina suya, buscando encontrar en ella la manera de «amansar» a Dionisio, pues reconocía que le atemorizaba que «tengo de tener si Dionisio ha jurado a la cruz de su espada me ha de dar un castigo que me acuerde del toda mi vida». Cebriana estaba pidiendo ayuda a las únicas personas que entonces estaban dispuestas a ayudar, esas otras mujeres que vivían en sus carnes los mismos males y sentían los mismos golpes. Y lo hacía por miedo a ser asesinada. Un conjuro, un hechizo, lo que fuera con tal de salvar la vida, pues si Dionisio decidía acabar con su vida sabía que nadie lo impediría.

            Cebriana se refugió en casa de su hija a la espera de que las hechiceras le facilitasen el conjuro. Pocos días después, una de ellas visitó a su clienta con un enigmático objeto: un chusco de pan con cera verde y decenas de alfileres. Cuando Cebriana se acercó a verlo comprobó que la hechicera había intentado reproducir, con pelos naturales y muescas hechas en el pan, las facciones de Dionisio. Era un rudimentario muñeco de vudú con el que pretendían, a la desesperada, sosegar la violencia del maltratador. Era todo lo que podían hacer para evitar el destino jurado por Dionisio a Cebriana: la muerte si se decidía a caminar sola y libre por Toledo. La hechicera subió a la parte alta de la casa, encendió velas, voceó varios conjuros «y de allí a breve tiempo bajó con el cantero de pan y dichos cabellos en medio de él, goteado con la dicha vela, y atravesado de parte a parte, con siete alfileres». Estamos, quizá, ante la primera práctica documentada de vudú en la historia de Toledo.

            El conjuro no funcionó. Pocos días después Cebriana se encontró con Dionisio, que intentó cumplir su juramento y «no dejó de castigarla, aunque no con aquella furia que antes». Quizá fuese el hecho de que el maltratador no asesinase a Cebriana y emplease menos violencia lo que le movió a pensar que el conjuro de la hechicera, el muñeco atravesado por alfileres, no había conseguido el objetivo pero había servido para apaciguar a Dionisio. No había sido un éxito pero tampoco un fracaso. Por eso Cebriana se decidió a acudir de nuevo a la hechicera «y la dijo que aún la castigaba, y ella la dijo que era necesario renovar el pan, y pasados ocho días» volvieron a repetir el enredo: un nuevo pan, nueva cera, nuevos alfileres y las mismas oraciones.

            Pero Cebriana, temerosa por su vida, prefirió no persistir en el intento. Voluntariamente acudió al tribunal de la inquisición toledana a autoinculparse por haber recurrido a las artes de una hechicera, sabiendo que con eso incurría en un delito, pero confiada en que eso serviría para poner fin a su situación. Cebriana prefería entregarse a la inquisición y ser encarcelada que enfrentarse a una muerte segura.

            Lo que Cebriana no esperaba era el giro que, de forma habitual, los inquisidores daban a los procesos contra mujeres acusadas de ser brujas y hechiceras. Encerrada durante días en las cárceles del tribunal, en el lugar donde hoy se levanta el Palacio de Lorenzana, fue llamada a declarar y acusada de ser también hechicera, sortílega, supersticiosa, encantadora y adivina, «enseñando y persuadiendo con diabólicas supersticiones ilícitos y detestables maleficios, teniendo pacto implícito y explícito con el demonio, prevaricando de nuestra santa fe católica, pasándose a dar culto y veneración a Satanás, induciendo a muchas personas a lo mismo, abusando de las cosas sagradas para indebidos fines en que ha cometido gravísimos delitos dignos de severo castigo». Un total de 21 acusaciones distintas. La sospecha de los inquisidores estaba bien fundada sobre los clásicos estereotipos que caían sobre estas mujeres: una viuda anciana, pobre, que había reconocido tener «comunicación ilícita» con un hombre casado, a la que otras testigos (tan pobres, tan ancianas, tan maltratadas como ella) habían inculpado también en el ejercicio y la práctica de la hechicería y la brujería. Todas, hasta un total de 9 vecinas de la judería y los alrededores de la plaza de la Cabeza, fueron juzgadas y sentenciadas.

            El 18 de mayo de 1705, tras pasar 3 años en la cárcel, Cebriana salió al auto de fe vestida en forma de penitente, celebrado en la plaza de Zocodover, donde se le leyeron sus acusaciones y su sentencia: condenada a vergüenza pública por las calles  acostumbradas de esta ciudad y desterrada de Toledo y de la villa de Madrid por cuatro años.

            Cebriana es sólo un caso de los cientos de mujeres que vivieron en la jurisdicción de la inquisición toledana, miles si contamos con el resto de tribunales de España. Durante siglos, todas ellas (y a miles más que no llegaron a acudir a la Inquisición y, por tanto, no nos ha quedado constancia escrita de sus miserables vidas) no encontraron otro remedio que poner de su sangre menstrual en la comida de sus maridos o amantes maltratadores creyendo que así los «amansarían», como recomendaba Leonor de Barzana a sus clientas en 1530, o darles de beber sangre de tórtola «porque las tortolillas se quieren más maridablemente que las otras aves», como otra hechicera prescribía por esos mismos años. Sesos de asnos, semen de otros hombres, raspaduras de uñas, sahumerios de almea, corazones de pollo hervidos y tantos otros remedios cómo única vía de escape para miles de mujeres que convivían con el maltrato, el abandono, la violencia de todo tipo y la falta de libertad.

            Pensar que la mejor manera que tuvo Cebriana de «amansar» (ese era el término que empleaba) a su maltratador fue recurrir a una hechicera y tener que abandonar su casa y su ciudad para evitar que fuese asesinada, sigue avergonzando incluso a quien lee estos procesos siglos después. Porque no vale decir que «eran otros tiempos», sin más, como si nuestra sociedad actual no fuese un resultado de aquella, como si la España de ahora no hundiese sus raíces en aquella otra del siglo XVIII.

Emma y Lola

            Que la hechicería supusiera para estas mujeres el único recurso para salvar sus vidas nos tiene que seguir doliendo, por mucho que pensemos que «eran otros tiempos». Que a día de hoy sigan muriendo mujeres a manos de hombres, sin importar si son maridos, exmaridos, novios o vecinos, nos tiene que seguir avergonzando.

POR UN 2019 EN EL QUE CADA NIÑA Y MUJER QUE SALE DE SU CASA, VUELVA SANA Y SALVA

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