Salvo raras excepciones, nos dice Said, el orientalismo no ha contribuido al entendimiento entre los pueblos objeto de su observación: los ha clasificado en unas categorías intelectuales y esencias “esencias” inmutables destinadas a facilitar su sujeción al “civilizador” europeo. Fundándose en premisas vagas e inciertas, ha forjado una avasalladora masa de documentos que, copiándose unos a otros, apoyándose unos en otros, han adquirido con el tiempo un indiscutido -pero discutible- valor científico

(Juan Goytisolo, prólogo a Orientalismo de Edward Said, Madrid, Libertarias, 1990)

 

Ninguna de las reseñas que he escrito hasta ahora han pretendido ser críticas, ni lo va a ser esta. Mi único objetivo es que podáis conocer libros que deben trascender lo académico, libros que hay que leer. Porque el ámbito académico, “un tanto cerrado y autosuficiente” -como Goytisolo lo define en el prólogo de la obra-, a veces ensalza o destroza trabajos por motivos que se escapan al contenido de la obra. Y no se me ocurre mejor motivo que ese para presentar un libro que hoy, sin duda, es tan necesario como cuando se publicó en 1978. Porque Oriente es un concepto nunca bien definido que siempre ha interesado a Europa, y porque en medio de esta crisis sanitaria se aprecian comportamientos y miedos ante lo que quizá sea una crisis hegemónica en el que un nuevo Oriente, mucho más lejano, vuelve e estar en primera línea.

 

Oriente y orientalismo en la obra de Edward Said

Edward Said nació y creció en dos colonias británicas (Palestina y Egipto) y llegó a ser profesor de la universidad de Columbia. Un oriental que conoció Occidente y terminó entendiendo que el Oriente en el que había nacido y crecido, nada tenía que ver con el que se enseñaba en las universidades occidentales. Orientalismo se publicó en 1978 parte de su propia experiencia como docente y no esconde un cierto sentimentalismo -por el que no pocas veces ha sido atacado- que le llevó a posicionarse por los derechos de su tierra, Palestina, sin que por ello dejase de trabajar a través de su fundación junto al músico argentino-israelí Daniel Barenboim por el entendimiento entre israelíes y palestinos. Fundación que les valió a ambos el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en el año 2002.

Barenboim y Said, 2002

Orientalismo fue y es un libro revolucionario y polémico que supuso un giro en las investigaciones sobre Oriente. Un libro que agitó la sensibilidad de millones de lectores, acercándoles a la realidad invisible de un Oriente que frecuentemente sigue apareciendo hoy en los medios exactamente como Said criticaba que hubiese sido descrito: salvaje, atrasado, islamizado. Por eso Orientalismo no es más (ni menos) que una (otra) historia de cómo Occidente ha ido dando forma “al otro”, al antagonista, desde la Edad Media. Cómo esa visión prejuiciosa saltó al mundo académico en la Edad Moderna y produjo decenas de miles de textos que sirvieron para el gran salto del orientalismo en los siglos XIX y XX: la justificación de imperios, conquistas y colonias. Said escribía con un propósito dirigido tanto a occidentales como a lectores orientales: Conócete a ti mismo, siguiendo a Gramsci, conociendo cómo se han construido esos mecanismos de dominación.

El orientalismo nace cómo “una tradición académica muy influyente (…) y una zona de interés definida por viajeros, empresas comerciales, gobiernos, expediciones militares, lectores de novelas y de relatos de aventuras exóticas, historiadores naturales y peregrinos (…) una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente (…) un modo de relacionarse con Oriente basado en el lugar que este ocupa en la experiencia de Europa occidental. Oriente no es sólo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha creado sus colonias más grandes, ricas y antigua, es la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural y una de sus imágenes más profundas y repetidas de lo otro“.

Nosotros frente a ellos, los otros, reducidos a su mínima expresión. Orientalista es el camino por el que Occidente dio forma a una abominable visión de Oriente, por un Oriente que estaba dominado por el islam. Ese era el factor determinante. El orientalismo islamizó todo Oriente, desde sus límites geográficos hasta su evolución histórica, malinterpretándolo como una tierra de hombres atrasados y degenerados incapaces de autogobernarse, libertinos sexuales, supersticiosos, erráticos, odiosos … y musulmanes. Sobre todo musulmanes. La sombra del islam contemporáneo a los siglos en que se escribía sobre Oriente no dejó ver a los estudiosos occidentales nada más que esa sombra. Oriente fascinaba, pero los orientales repugnaban a los orientalistas, que se han movido siempre -según Said- entre el menosprecio y la fascinación por lo exótico. Un ataque directo que le valió en su momento muchas críticas.

“Souk el Koumach” en Tunisia, de Anton Robert Leinweber, c.1899.

Orientalismo fue y es necesario porque fue y es incómodo, ya que gira permanentemente en torno a cómo los occidentales hemos dado forma a nuestros discursos hegemónicos sobre Oriente, sobre el otro. Y aquí reside la mayor crítica al libro: para Said el orientalismo es “una empresa cultural británica y francesa”, dejando fuera de su estudio las corrientes orientalistas italiana, alemana y española. “Estrictamente hablando -dice Said-, el orientalismo es un campo de estudio erudito” que comienza en 1312 con el Concilio de Vienne cuando se establecen una serie de cátedras de árabe, griego, hebreo y siriaco en París, Oxford, Bolonia, Aviñón y Salamanca. Ni una línea dedica a cómo una tierra tan oriental como la Península Ibérica medieval, formuló sus planteamientos orientalistas sobre una base mucho más antigua y compleja que el resto de Europa, desarrollando un fértil campo de estudios desde el siglo XIX.

Cocinado desde el siglo XIV al XVIII, el arranque “brutal” del orientalismo, de esa empresa francesa y británica, fue Napoleón y su conquista de Egipto, con la impresión de la monumental Descripción de Egipto. Eruditos como Fourier ejemplifican con sus palabras la tesis principal de Said (el orientalismo nace por y para dominar Oriente): “Restaurar una región en estado de barbarie para devolverla a su antigua grandeza clásica, y enseñar (en su beneficio) a Oriente los métodos del Occidente moderno”. Una visión política que marcó el orientalismo durante los siglos siguientes, tras haber “llevado a cabo su propia metamorfosis dejando de ser un discurso erudito para convertirse en una institución imperial“. Sociedades, departamentos, editoriales, publicaciones, etc., sirvieron para recibir y difundir toda la información NO del Oriente real, sino del Oriente que Napoleón y los franceses estaban dominando y los ingleses tardarían poco en comenzar a dominar.

Frontispicio de la primera edición de Descripción de Egipto, 1809-1829

 

El gran salto del orientalismo: de la filología a la política

 

“Con demasiada frecuencia se presupone que la literatura y la cultura son inocentes política e históricamente. Yo siempre he creído lo contrario”. Ya en el primer capítulo Said explicaba por qué defendía que el orientalismo era un campo político y no sólo académico, cuestionando la idea de que todo conocimiento está constituido por creencias no políticas. “No hay un solo método que sirva para aislar al erudito de las circunstancias de su vida, de sus compromisos (conscientes o inconscientes) con una clase, con un conjunto de creencias, con una posición social o con su mera condición de miembro de una sociedad”.

 

“Ningún europeo o americano que estudie Oriente puede renunciar a las circunstancias principales de su realidad: que se enfrenta a Oriente primero como europeo y americano (…) Y ser europeo o americano en esta situación, sin duda, no es una realidad intrascendente: ha significado y significa ser consciente, aunque sea vagamente, de pertenecer a una potencia con unos intereses muy definidos en Oriente (…) es la distribución de una cierta conciencia geopolítica en unos textos estéticos, eruditos, económicos, sociológicos, históricos y filológicos; es la elaboración de una distinción geográfica básica (el mundo está formado por dos mitades diferentes, Oriente y Occidente) y también de una serie completa de “intereses” (…) es una cierta voluntad o intención de comprender -y, en algunos casos, de controlar, manipular e incluso incorporar – lo que manifiestamente es un mundo diferente (alternativo o nuevo)”

 

En definitiva, el orientalismo es también la evidencia de la desigual relación de poder entre Occidente y Oriente o, dicho de otro modo, el convencimiento de Occidente de que puede y debe ocupar y dominar Oriente. Y ante esa “certeza” no existían críticas posibles ni resistencias: el indígena que lo aceptaba era el indígena bueno, el indígena que no aceptaba la dominación era el bárbaro que no sólo no conocía sino que no aceptaba la imposición del camino al autogobierno y la libertad (a la democracia diríamos ya en el siglo XXI). No hay más que ver el desigual interés entre Oriente y Occidente por conocer al otro, pues “la presencia misma de un “campo” como el del orientalismo sin su correspondiente en Oriente sugiere la fuerza relativa de Oriente y Occidente“. Más de 60.000 libros se habían escrito en Occidente sobre Oriente cuando Said escribía en 1978, sin cifra comparable a la inversa. ¿Por qué interesaba Oriente en Occidente y no a la inversa?. Porque el orientalismo no es un campo de estudios inocente, sino una inversión de Occidente en Oriente.

Richard Burton como Haji Abdullah en su peregrinación a La Meca, 1893.

Al orientalismo no le interesa conocer Oriente, sino dominarlo: “Reconstruir una lengua oriental muerta o perdida significaba en última instancia reconstruir un Oriente muerto e ignorado”. Y Orientalismo señala a quienes, desde hace siglos, han hecho carrera precisamente ignorando a la mayoritaria población islámica que lo habitaba. Lejos de entender qué es el islam y, sobre todo, quiénes son los musulmanes (salvo honrosas excepciones, según Said, como Richard Burton), el orientalismo lo ha islamizado todo y ha presentado a este Oriente islamizado como enemigo de Occidente, como antagonista. El Orientalismo ha hecho que el islam sea la esencia de Oriente para así reducirlo a una expresión mínima y moderna, pues es el islam del presente el que define Oriente, no el del pasado. Y el islam del pasado es Mahoma y lo que decían los textos cristianos en su contra, la lucha medieval y moderna para desacreditarle como falso profeta. El orientalismo creció de esa semilla y su camino se dirigió tan sólo a “confirmar Oriente ante los ojos de sus lectores, jamás pretende perturbar las sólidas convicciones que ya tienen”. Así, decenas de miles de libros han ido deshumanizando a Oriente y a los orientales, hasta hacerles merecedores “por su bien” de la conquista y hegemonía occidental en sus propios países.

El propósito orientalista era la búsqueda de un Oriente nuevo y limpio de islam, una vuelta al Oriente preislámico y judeocristiano del Antiguo y el Nuevo Testamento. La Biblia como fuente histórica, pero también como libro de viajes y guía para quienes salían de Oxford, París o Heidelberg de viaje hacia Egipto o Persia. Había que enseñar a los orientales a dónde tienen que volver, pues habían olvidado lo que fueron. Había que recuperar un Oriente muerto, pero útil para Europa, pues en él estaban sus raíces. Estos estudios discurrían en paralelo a los planteamientos del Racismo científico, a los debates sobre la abolición o no de la esclavitud y a la publicación de El origen de la especies de Darwin. Y ahí estaba el orientalismo para servir de plataforma sobre la que saltar hacia planteamientos innegablemente racistas. Ernest Renan y el orientalismo francés de mediados del siglo XIX son -para Said- la clave de ese salto, con su defensa de “cómo en todos los aspectos de la vida, la raza semítica parece incompleta debido a su simplicidad”. La Inglaterra en la que Marx escribía para liberar al proletariado era también aquella que  “tiene que cumplir una doble visión en la India, una destructiva y la otra regeneradora: aniquilar la sociedad asiática y establecer los fundamentos de la sociedad occidental en Asia”. La teoría de clases no era aplicable para Marx, al menos de momento, en un Oriente que debía permanecer sujeto al dominio imperial británico. Fueron también los años del gran expolio, de los saqueos que terminaron llenando colecciones privadas y públicas como las del Louvre o el British Museum. Como si el patrimonio artístico de Egipto, Irak o Grecia fuese, para el orientalismo, una carga de la que también “por su bien” debían liberar a esas regiones.

 

El Orientalismo hoy

En el siglo XX el orientalismo no necesita presentación. El sistema de verdades indiscutidas e indiscutibles sobre lo que era Oriente tenía ya su hueco indiscutido en indiscutible en el mundo académico. Cuando Balfour defendía que las naciones occidentales siempre dieron muestras de saber y querer autogobernarse mientras que las orientales no, porque en ellas “nunca encontrarán [ustedes] rastros de autogobierno”, estaba justificando la colonización de Egipto. Y lo hacía “no simplemente por el bien de los egipcios, aunque estemos allí por su bien; estamos allí también por el bien de toda Europa”. Un cúmulo de conocimientos recibidos de siglos atrás, un sinfín de autores y textos, habían dado forma a un Oriente que se resumía en la visión que de Egipto tenía Balfour: degradado, atrasado, incompetente para gobernarse y necesitado de una colonización occidental. El orientalismo, en tanto que carrera que lleva al colonialismo, cristalizaba. Y lo hacía sin debate alguno sobre el desequilibrio y la degeneración de Oriente -en sí mismo- y de Oriente con respecto a Occidente. Del conocimiento a la ocupación, del estudio de sus valores a la imposición de los nuestros. El orientalismo académico y político habían ayudado a hacer de Oriente un siervo, algo casi infantil necesitado de tutores. Cuando el orientalismo dejó atrás sus raíces francesas e inglesas y hace de Estados Unidos su gran casa, todo lo anterior estaba ya más que asumido. El orientalismo había avanzado sin crítica alguna convirtiéndose en una verdad indiscutible. Los marines norteamericanos deberían hacerse cargo de Oriente. Por el bien no sólo de Oriente, en la línea de Balfour, sino de todo Occidente.

Fiesta de los Issawa en Tánger por Josep Tapiró, 1885

Said publicaba en 1978 Orientalismo alertando de que “mientras tanto, una grieta cada vez más grande y más peligrosa va separando Oriente de Occidente”. La Revolución de los Ayatolás en Irán al año siguiente no tardó en darle la razón. Hoy, después del 11-S, cuando todo Occidente volvió la cara hacia Oriente con menos ganas de entenderlo que de encontrar enemigos y culpables, sigue siendo un libro imprescindible. Porque es un libro incómodo de leer, molesto para quienes ven en la lejanía un Oriente que los españoles tenemos aquí y allí, a apenas 15 kilómetros cruzando el Estrecho. Porque critica sin tapujos el comercio global y el gran capitalismo occidental que ha llevado a las grandes colonizaciones, pero no duda en atacar a quienes puedan reconfortarse con estos planteamientos aparentemente anticapitalistas, señalando a Marx como uno de los grandes culpables del imperialismo inglés. Por eso es necesario, más allá de sus errores, excesos o carencias, como la ausencia de referencias al orientalismo alemán o al orientalismo español. Y eso que aquí la prensa, la historia y el arte se prestaron igual que en Londres, París o Boston a trabajar en la construcción de un Oriente distorsionado pero útil para la expansión militar que cristalizó en el Protectorado español en Marruecos.

Orientalismo, el libro, y el orientalismo, el “sistema de ficciones ideológicas”, son una lectura más que necesaria para entender por qué pensamos lo que pensamos de un Oriente no tan lejano en lo geográfico y no tan ajeno en lo histórico.

 

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