En el último número del Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de la Universidad de Valladolid, la profesora Laura Rodríguez Peinado y Raúl Romero Medina han publicado el artículo «Me desgarraron las entrañas». San Juan de los Reyes y los textiles del monumento funerario de Isabel I de Castilla. Hacía mucho que no pedía a investigadores invitados que participasen en el blog, y hoy lo he hecho de nuevo pidiéndole a Laura que nos lo cuente. El artículo arroja luz sobre uno de los mitos recurrentes en torno a la fundación de San Juan de los Reyes: la voluntad de Isabel y Fernando de enterrarse ahí, que nunca se llevó a cabo … ¿o sí? Laura Rodríguez y Raúl Romero presentan unas hipótesis que no podéis dejar de leer: que las entrañas de la reina Isabel sí pudieran haber reposado ahí.

Laura Rodríguez Peinado es Profesora Titular del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación son la producción textil de la Antigüedad Tardía y la Edad Media y la iconografía medieval. Ha sido investigadora principal de cuatro proyectos de investigación competitivos, el primero de la Comunidad Autónoma de Madrid y los tres siguientes del Plan Nacional de Investigación del Gobierno de España. Directora del grupo de investigación consolidado de la UCM “La imagen medieval: transversalidad y proyección cultural” (Nº ref. 941299).Desde octubre de 2024 es coordinadora del Máster Universitario de Estudios Medievales, impartido en la Facultad de Geografía e Historia de la UCM.
San Juan de los Reyes fue mandado construir por los Reyes Católicos para conmemorar su triunfo en la batalla de Toro sobre Alfonso V de Portugal en 1476. También iba a ser destinado como panteón regio de los soberanos, idea que se truncó tras la toma de Granada, siendo erigida en la ciudad nazarí la Capilla Real para su descanso eterno. En todo caso, el templo toledano cumplió funciones funerarias ya en tiempos de Isabel y Fernando. Allí se celebraron las exequias por el príncipe de Gales, esposo de la princesa Catalina, fallecido en 1502, disponiendo la reina para la ocasión que se erigiera un catafalco en el crucero del templo.

Isabel la Católica por Juan de Flandes (Palacio Real de Madrid)
El 26 de noviembre de 1504 fallece la soberana en Medina del Campo. Sus restos se depositaron de forma provisional en el monasterio de San Francisco de la Alhambra hasta que pudieran ser definitivamente enterrados en la Capilla Real. Para su traslado a Granada, en un viaje que duró tres semanas, necesariamente tuvo que prepararse el cadáver. Para esta travesía se hacía indispensable embalsamar el cuerpo, lo que normalmente llevaba consigo la evisceración, aunque esta práctica parece que no fue muy común entre los Trastámara, a diferencia de lo que ocurría en las monarquías inglesa o francesa, donde era habitual. En todo caso, aunque no se ha encontrado una evidencia definitiva que corrobore esta afirmación, es muy probable que, si las vísceras de la reina fueron separadas de su cuerpo, se enterrasen en un lugar diferente, como sucedió en el caso de su regio esposo, cuyas entrañas reposaron en Madrigalejo, lugar donde falleció.

Primer enterramiento de la reina Isabel en la Alhambra (actual Parador de Turismo)
¿Fue San Juan de los Reyes el lugar destinado para que descansaran las entrañas de la reina?
Hay dos noticias que permiten considerar esta hipótesis como plausible. La soberana nunca desatendió el monasterio toledano, de hecho, en una de las cláusulas de su testamento especificó que, en caso de ser necesario un lugar temporal para su cuerpo antes de su traslado definitivo al monasterio de San Francisco ubicado en la Alhambra, este debería ser depositado en “el monasterio de Sanct Juan de los Reyes de la çibdad de Toledo”. Esta primera noticia da lugar a pensar que sino su cuerpo, que se trasladó al monasterio granadino, sus entrañas pudieron quedar depositadas en el templo de la ciudad imperial; y esto lo corrobora la segunda noticia que transmite fray Francisco de Guzmán, guardián del convento, reconociendo en una carta dirigida al rey Felipe II en 1568 que, aunque en la capilla mayor de la iglesia de San Juan de los Reyes no reposaba ningún miembro de la realeza, “dizen que están en ella las tripas de la rreina católica”, señalando en el mismo documento que “esto no se sabe de cierto por haber pasado tantos años”.

Planta de San Juan de los Reyes por Nicolás de Vergara, 1594 (AHN)
La idea de que en la capilla se hubiesen depositados las entrañas de la reina reforzaría la presencia de un catafalco funerario dedicado a su memoria como una forma de permanencia de su imagen e identidad. Fernando de Aragón ordenó la adquisición y disposición de un dosel de terciopelo negro “para la tumba real que está en la capilla mayor del monasterio de San Juan de los Reyes”. Por tanto, no cabe duda de que se erigió un monumento funerario que, en un primer momento, parece que se encontraba en la capilla mayor, dado que en este espacio se celebraban anualmente ceremonias conmemorativas en honor de la soberana. Este catafalco se trasladó al crucero del templo en 1571, donde se aisló espacialmente por medio de verjas de madera torneadas y doradas.

Fachada norte del Monasterio de San Juan de los Reyes
El catafalco consistía en unas gradas de madera dorada y azul de Indias, sobre las que se depositaba el bulto en memoria de la figura regia. Este bulto consistía en un sarcófago rectangular cubierto con un rico dosel de terciopelo para enfatizar su presencia, aunque fuera en su ausencia. La memoria de la reina se mantuvo viva en San Juan de los Reyes al menos durante el siglo XVI, porque en el plano del monasterio que trazó Nicolás de Vergara, de 1594, conservado en el Archivo Histórico Nacional, en el crucero se dibuja dicho túmulo.
La decoración del crucero de la iglesia con su rica decoración envuelve el espacio en un aura de solemnidad totalmente apropiado para albergar los sepulcros reales, como iba a ser en un principio. Sus muros imitan una suerte de tapiz heráldico con los escudos reales sustentados por unas gigantescas águilas de san Juan entre imágenes de santos creando un escenario donde el túmulo de Isabel servía de memoria perpetua de la reina castellana. En este ambiente, los paños funerarios que cubrían el bulto complementaban y enfatizaban la iconografía de majestad. En la documentación se describen dichos paños, realizados en terciopelo negro, color luctuoso por excelencia a partir de entonces, ornados con una cruz central, escudos sustentados por águilas en las esquinas y sus cabos y orlados con yugos y flechas. Todo un lenguaje simbólico al servicio de la majestad.

Interior de la iglesia de San Juan de los Reyes
La preocupación de los frailes por mantener no solo con decencia, sino en todo su esplendor, los textiles que recubrían el catafalco regio indica el interés y desvelo de la comunidad por mantener bien cuidado dicho artefacto que mantenía viva la memoria de la reina, el respeto por su figura y su recuerdo perpetuo.
Las exequias y remembranzas reales debían celebrarse con la máxima solemnidad. El cuerpo de la reina podía estar ausente o, en cierto sentido, presente, si consideramos que allí reposaban sus entrañas. Sin embargo, su memoria nunca caía en el olvido, pues la historia la evocaba perpetuamente, no solo a través de una tumba conmemorativa o memoria funeraria permanente ricamente adornada, sino también en las paredes del monasterio de San Juan de los Reyes, donde la piedra esculpía el deseo de una reina.

Exterior del crucero de San Juan de los Reyes
La escenografía funeraria y la imagen regia perduró en la memoria a través de un monumento funerario que funcionó como una memoria simbólica durante un largo periodo de tiempo. A pesar de la riqueza del aderezo textil, su composición parecía coincidir con el deseo de la reina de mantener la austeridad en sus funerales: “que no aya en el vulto gradas ni chapiteles, ni en la iglesia entoldaduras de lutos ni demasía de hachas, salvo solamente treze hachas que ardan en cada parte en tanto que se hiziere el ofiçio divino”. Por eso, centraba la composición del paño fúnebre la cruz, el instrumento de martirio y símbolo de salvación que confirmaba ese sentido de devoción y austeridad materializado en el elemento que constituía el principio fundamental del catolicismo, completando la ornamentación la heráldica y el yugo y las flechas, emblemas personales de los monarcas.
El artículo original puede encontrarse en la web de la revista.
Y el pedazo de foto de portada con el crucero de San Juan de los Reyes es de David Blázquez.
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