El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg
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            “Se llamaba Domenico Scandella y le llamaban Menocchio”. Así comienza la (micro)historia que Carlo Ginzburg escribió sobre la vida de este molinero del norte de Italia nacido en 1532 y procesado por la inquisición italiana. Y así quiero que comience la primera reseña de este blog, con el recuerdo de uno de los libros que cambió mi percepción de la Historia, de cómo leerla y cómo escribirla, cuando aún estaba haciendo la carrera: Il formaggio e i vermi (El queso y los Gusanos).

            Cuando hacemos visitas guiadas por Toledo sobre la Inquisición hay una recomendación recurrente que siempre hago a los que quieren saber más: leed este libro. Castilla no es el Friuli y Toledo no es Montereale, pero el libro de Ginzburg sobre la vida y los procesos a Menocchio es fundamental para entender la lógica de la Inquisición castellana, idéntica a la italiana o a la americana.

            El queso y los gusanos arranca con dos frases extraordinariamente valientes y nuevas para el protohistoriador de veintipocos años de la Facultad de Letras de Ciudad Real, cansado de Historia política, militar y demográfica, que yo era entonces: “Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado, de consignar únicamente las gestas de los reyes. Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron”. Las clases subalternas, los marginados y perseguidos, se convertían en protagonistas de una obra polémica, no exenta de críticas que yo me ahorraré, pues se escapan al disfrute de su lectura y son sólo leña con la que avivar polémicas propias del mundo académico. Y lo que quiero es que leáis con pasión la historia de Menocchio que Ginzburg rescató del archivo y del olvido, como lo hice yo entonces (y sigo haciendo  cada vez que puedo).

            Menocchio tuvo la fatal suerte de saber escribir mal y leer peor, algo que ya permitió a Ginzburg replantearse los hábitos y prácticas de lectura de las clases populares. Por sus manos tuvo que pasar algún escrito herético que cuestionaba dogmas fundamentales de la Iglesia Católica, aunque los inquisidores –que se empeñaron allí y aquí en perseguir e incautar lecturas prohibidas– nunca consiguieron aclarar qué obra fue. El molinero lo leyó, reflexionó sobre ello, puso en duda lo escuchado en los sermones de los curas y frailes de su región e intentó convencer de los errores de estos a varios vecinos del pueblo. Menocchio buscaba no sólo quién le escuchase, sino con quién debatir y reflexionar sobre sus muchas dudas. Vecinos que no tardaron en denunciarle a la Inquisición en 1584, desencadenándose el primer proceso por herejía contra él, guiado desde el primer momento por el párroco de su pueblo, que acusó a Menocchio de ir a confesar a otro pueblo cercano y, por tanto, de no compartir sus pensamientos con quien bien sabía el molinero que no tardaría en delatarle. Detenido en Pordenone y encarcelado de inmediato, los interrogatorios fueron detenidamente recogidos en miles de folios que hoy nos permiten conocer la personalidad, mentalidad y la vida de un ajusticiado por la Inquisición en la Europa inmediatamente posterior al Concilio de Trento. Y tal día como hoy, un 7 de febrero de 1584, comenzó a ser interrogado.

            Las dudas de Menocchio sobre la creación, la existencia del paraíso, la salvación de las almas y la validez de los sacramentos llevaron a la Inquisición a acusarle de proposiciones heréticas y malsonantes. Negaba, incluso, la virginidad de María, madre de Jesús, y se negaba a creer que el mundo tuviera su origen en una decisión y acción divina. Sin duda influido por alguna lectura cercana a las teorías heliocéntricas que la Iglesia condenaba y perseguía, defendió ante los inquisidores que en el origen todo era un caos que fue tomando una forma muy poco divina, muy poco cristiana. Exactamente Menocchio dijo creer que “en el inicio este mundo no era nada. El agua del mar fue batida como una espuma y se coaguló como lo hacen los quesos, del cual nacieron gran cantidad de gusanos”. De la podredumbre del mundo, como de un queso, nacieron gusanos que se convirtieron en hombres. Y uno de estos hombres, “el más sabio y poderoso”, fue Dios. Menocchio negaba así la divinidad de Dios, y con ello la idea de que a él se debiera la creación del mundo y del universo.

            Hoy sorprende a muchos lectores, y a no pocos visitantes que se acercan a alguna de nuestras rutas por Toledo, que la Inquisición perdonase la vida a Menocchio. Pero así fue, y Menocchio pagó con la cárcel y el destierro su pasión lectora y las dudas surgidas por ella. Dudas que no dejó de tener durante años, y que mantuvo al salir de la cárcel e intentar volver a ganarse la vida de una forma aún más miserable, casi mendigando. Menocchio, como todos los culpados por la Inquisición, estaba señalado y marcado de por vida, y se convirtió en un apestado entre los suyos, que jamás aceptaron que volviese a integrarse en la sociedad. Pobre y humillado, poco convencido de lo que le obligaban a pensar, no tardó en volver a sincerarse sobre sus creencias con algún vecino. Asustado por lo que oía, o deseoso de obtener alguna recompensa por delatarle, este testigo anónimo volvió a denunciar al molinero. Y esta vez la Inquisición no fue en absoluto benevolente. Aquella hegemonía cultural de los poderosos, definida por Gramsci desde la cárcel a comienzos del siglo pasado, cargó con todas sus fuerzas sobre este débil y ya envejecido molinero. En 1599 Menocchio fue nuevamente procesado. En su condición de reincidente, el segundo juicio contra él fue mucho más severo y rápido, por mucho que su abogado pidió su absolución intentando hacer creer al tribunal que Menocchio era un loco ignorante, incapaz de elaborar una teoría herética sólida pues era poco más que un rudo, sin la inteligencia necesaria. Pero Menocchio seguía creyendo exactamente lo mismo que había testificado a los inquisidores años atrás, añadiendo ahora, más viejo y más cansado, muchas más dudas sobre el discurso que la Iglesia intentaba imponer. Lejos de defenderse únicamente, Menocchio pasó a atacar a los que le acusaban, señalando no sólo los abusos y excesos que cometía la Inquisición, sino también la falta absoluta de misericordia que toda la Iglesia tenía con las clases más desfavorecidas y las minorías.

(Estatua de Giordano Bruno en Campo dei Fiori, Roma)

            En febrero de 1600 la Inquisición romana condenaba por herejía a Giordano Bruno, fraile dominico -como aquellos que dirigieron la Inquisición moderna desde sus orígenes, como Torquemada, como Diego de Deza-, acusado de proposiciones heréticas similares a las del molinero Menocchio. Aquel clérigo, filósofo, poeta, astrónomo, matemático continuador de la obra de Copérnico y precedente de los planteamientos de Galileo, fue quemado vivo en la plaza romana de Campo dei Fiori. Si la Inquisición no tenía piedad con uno de los suyos, menos aún con un heterodoxo marginal como Menocchio, que ardía en la hoguera casi a la vez que Bruno pero en la plaza mayor de Pordenone, acusado además de negar la virginidad de María, la divinidad de Jesucristo y la providencia de Dios.

            La historia de Menocchio, una de tantas personas que quisieron dudar en un mundo que no admitía dudas ni incómodas preguntas, permaneció enterrada en el archivo curial de Udine durante siglos. En 1976 su proceso fue desempolvado, rescatado y estudiado por Carlo Ginzburg, y con él la memoria de un miembro de las clases subalternas cuyas vidas habían permanecido silenciadas durante siglos, eclipsadas por batallas, reyes, tratados e ídolos nacionales sobre los que se han escrito historias que siempre han servido mejor para la propaganda del poder. Otros Menocchios, el queso, los gusanos y las corrientes racionalistas se fueron abriendo paso en el siglo XVII, haciendo avanzar una Revolución científica que terminó por desterrar mitos y creencias sobre el universo heredados de siglos atrás.

Carlo Ginzburg

La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio [mondo] muore e il nuovo non può nascere. In questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati (Antonio Gramsci).

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