“En la actualidad existe un grupo de jóvenes investigadores que se distinguen en el estudio de la filosofía y que, dotados de un recto entendimiento y unas nobles ideas, han llegado a dominar todas las partes de esta ciencia de una forma admirable”

(Said al-Tulaytili, Kitab Tabaqāt al-umam o Libro de las categorías de las naciones)

 

 

Inicio con este artículo una serie que intentaré que tenga continuidad y, sobre todo, una frecuencia diaria. Para mí serán una vía de escape en estas semanas de confinamiento que nos quedan por delante. Espero que también lo sean para quienes leéis habitualmente lo que escribo, especialmente ahora que las redes se llenan de contenido pensado para pasar el tiempo, sin más “contenido” que ese.

El punto de partida de esta historia es el siglo VII, con el nacimiento del islam como religión pero también como civilización. Y con un hadiz (una enseñanza o consejo atribuido al profeta Mahoma), que no deja lugar a dudas por lo que impone a todo musulmán: “Buscad la ciencia, aunque sea en China”.

 

Dioscórides, Materia Médica, traducción de ṣṭifan ibn Bāsīl en Bagdad, siglo XII (Biblioteca Nacional de Francia)

 

La expansión del islam puso en contacto al mundo árabe con las grandes civilizaciones de la Antigüedad como Persia y Grecia. En pocos siglos, todo aquel conocimiento estaba ya traducido al árabe, y el mundo islámico había interiorizado todos sus saberes. Los califas abasíes patrocinaron una revolución cultural que revirtió en un desarrollo económico, militar, social y prácticamente a todos los niveles. Por encima de todos los califas destacó Al Ma’mún (siglo IX), cuya curiosidad corría en paralelo a la de los muchos científicos que apadrinó, financió y apoyó económica y políticamente. Al Ma’mún desarrolló una administración sólida cuyos funcionarios eran juristas y teólogos, pero también científicos con conocimientos en agrimensura, irrigación o álgebra. Gracias a la labor iniciada por él, a partir del siglo X el mundo árabe dejó de ser receptivo a ideas extranjeras, sencillamente porque Europa y el resto de Asia tenían ya poco que ofrecerle, después de haber traducido y asimilado toda la ciencia griega. A este primer Ma’mún le siguieron otros monarcas que fueron tan conscientes de la importancia de la financiación y del cuidado de la ciencia, no sólo para la astronomía (la llamaba miqat, vital para los cálculos del calendario que rige la vida islámica o el conocimiento, por ejemplo, de la dirección del rezo) sino para muchas otras disciplinas científicas. El persa Omar Khayyam desarrolló la geometría algebraica en el siglo XI y sus desarrollos fueron muy similares a los que seis siglos después emplearía Descartes (además de dejarnos unos versos que cantados por Camarón son un absoluta delicia). La trigonometría islámica sentó las bases elementales sobre las que Copérnico y Kepler darían el salto cualitativo tras la confirmación del sistema heliocéntrico. Y todo ello, cómo no, tuvo sus ecos en al-Ándalus.  

 

Mausoleo de Omar Khayyam en Nishapur, Irán

 

Desde mediados del siglo IX las ideas orientales comenzaron a sustituir a la ciencia hispanorromana y visigoda y se produjo la orientalización de la cultura andalusí. La conquista del siglo VIII dejó atrás la crisis demográfica y económica que vivía la península, tras años de inestabilidad política y desgobierno visigodo. El estancamiento hacía urgente la necesidad de renovar y mejorar la agricultura, y con ella la alimentación, la medicina y la botánica. Y los conquistadores árabes y bereberes contaban con un canal de comunicación directo con el Oriente que entonces comenzaba a ser el principal foco cultural a nivel global. Un capítulo fundamental en estos cambios fue el reinado del toledano Abderramán II, quien de acuerdo a algunas fuentes de época magrebíes fue el primer introductor de las tablas astronómicas, la ciencia por excelencia de al-Ándalus. También entonces, desde finales del siglo IX las anticuadas teorías en farmacología romanas fueron desplazadas por la nueva ciencia oriental islámica. El punto de inflexión fue la recepción de la obra griega Materia Médica de Dioscórides, un regalo del emperador bizantino a Abderramán III, cuya traducción supuso una absoluta revolución del pensamiento en un al-Ándalus que por entonces se extendía por gran parte de la península, dibujando ya las fronteras de lo que con el tiempo sería España. Tanto Abderramán II como Abderramán III se convirtieron en reyes mecenas, impulsores de traducciones, observatorios y proyectos científicos de todo tipo. Su protección y aliento económico eran la base sobre la que los profesionales de la ciencia desarrollaban sus trabajos. Pero la crisis política que atravesó al Califato de Córdoba y su desmembración en distintas taifas tras la fitna provocó un parón de décadas en materia de investigación. Parón y crisis del que Tulaytula salió beneficiada.

 

 

La Taifa de Tulaytula y el mecenazgo bereber de los Dhi-l-Nun

 

La edad de oro de la ciencia andalusí llegó tras la disolución del califato. El potencial cultural de Córdoba se dispersó por las taifas que surgieron. Los reyes de Zaragoza favorecieron a filósofos y hombres de letras, los sevillanos a los poetas, y los toledanos a los científicos. Las taifas rivalizan entre sí y Toledo, Tulaytula no dudó en tirarse al cuello de su principal enemigo, Córdoba (que había sido capital andalusí durante siglos tras desplazar a Toledo en el siglo VIII), ocupando su territorio pero también apropiándose del saber que había sido patrimonio de la capital omeya. Probablemente también de muchos de sus libros, salvados tiempo atrás de la quema del rigorista Almanzor. A partir del siglo XI, Tulaytula comenzó a convertirse en el eslabón siguiente a Córdoba en la cadena de transmisión del conocimiento científico.

                 

Los toledanos podemos presumir de uno de los astrónomos más brillantes de toda la historia, más allá de artificiales fronteras religiosas: Azarquiel, conocido por Walad al-Zarqiyal, del que jamás hubiésemos tenido noticia de no haber sido por una decidida labor de mecenazgo, de inversión en ciencia por quienes reinaban o gobernaban en nombre del rey. Sin el apoyo económico y el absoluto convencimiento de las ventajas sociales y colectivas del buen desarrollo científico, ni Azarquiel habría existido ni Tulaytula, Toledo, hubiesen sido durante siglos un referente científico mundial. Cada vez que miréis a la luna recordad que desde hace siglos un cráter lleva su nombre.

 

Cráter lunar “Arzachel” en recuerdo de Azarquiel, fotografiado por la misión Lunar Orbiter de la N.A.S.A.

 

Conocemos el estado de la ciencia andalusí gracias al Kitab Tabaqāt al-umam o Libro de las categorías de las naciones al que pertenece el parrafito que os copiaba al inicio de este artículo. Considerada la primera historia de la ciencia, es una fuente valiosísima para conocer el ambiente intelectual de aquella Tulaytula que no cesaba de estirar los límites del conocimiento. Obra de quien ha pasado a la posteridad como Said el andalusí, aunque durante toda su vida fue conocido como al-Qurtubi o al-Tulaytulí (el cordobés o el toledano), fue escrita en Toledo a mediados del siglo XI. Hacia 1043 Said ya vivía en Tulaytula, una ciudad que comenzaba a ser vanguardia intelectual a nivel mundial. Y no lo era por arte de magia o por deseo divino, sino por una consciente labor de inversión en ciencia patrocinada por sus gobernantes, Al Zafir y, sobre todo, Al Ma’mún. No es casualidad que este rey bereber de la dinastía de los Dhi-l-Nun eligiese el nombre del califa abbasí de dos siglos antes, cuya labor como mecenas y patrón de las ciencias tomó como referencia para su gobierno. La protección a los científicos, a los astrónomos y médicos toledanos, alcanzaría a partir de entonces su cénit histórico gracias a estos reyes cuyo origen se entremezcla con los bereberes del Magreb, asentados posteriormente en al-Ándalus y fundadores de ciudades como Cuenca.

Said era juez e historiador, pero sobre fue todo el vaso comunicante entre el poder y los científicos, entre quien debe financiar la investigación y quien tiene que llevarla siempre al límite. Encontró a su llegada un contexto perfecto para la investigación, para el estudio y el progreso de las “Ciencias de los Antiguos” (conjunto de conocimientos heredados de la tradición helenística e indopersa), especialmente de la astronomía junto a su maestro y cadí al-Waqqasi, de Huecas, propuesto hace algunos años como autor del Cantar del Mío Cid. Junto a Azarquiel, se encargó de la renovación de las Tablas toledanas, ajustando más los cálculos y alejando la astronomía del fallido sistema ptolemaico, aunque aún sin negarlo. Trescientos años después el valor de sus avances astronómicos seguía siendo reconocido por sabios como el judío Isaac ben Joseph, que reconocía que “Said era un sabio, un hombre prestigioso y acomodado. Amaba la ciencia y a los que a ella se dedicaban, trataba con ellos, compartía y ofrecía de lo que poseía a sus colaboradores, sustentándolos y dándoles estipendios […] Desde entonces hasta hoy todos los hombres calculan el curso de los planetas para cualquier tiempo […] según los principios que son llamados de Ibn Said y Azarquiel”.

 

Amar la ciencia y amar a quienes se dedican a ella es la clave para entender la eclosión científica que vivió Toledo durante el siglo XI. Sin la inversión económica y el liderazgo político de los Dhi-l Nun y de Said, jamás nuestra ciudad habría pasado a formar parte de la historia de la ciencia. Y por supuesto jamás hubiese tenido lugar ese fenómeno de la Escuela de Traductores que celebraremos como logro de Alfonso X en un par de años, sin que nadie ponga en duda que todo se debió a la labor de mecenazgo y de inversión llevada a cabo por reyes y arzobispos toledanos durante siglos.

 

Libro de las Cruces de Ubayd Allah ibn Jalaf (Toledo, siglo XIII ).

 

Gracias a la inversión y al mecenazgo sistemático, ininterrumpido y no condicionado por vaivenes políticos, los vecinos de Tulaytula contaron con algunos de los hitos científicos más relevantes de la historia de la ciencia. Porque Said murió hacia el año 1070 pero, como continuaba agradeciendo y valorando Isaac Ben Joseph tres siglos después, dejó consolidada una tradición de científicos y literatos que dispersaron su conocimiento más allá de las murallas toledanas. Said el andalusí, el cordobés, el toledano, en palabras de Juan Vernet, “consiguió gracias a su mecenazgo, hacer de la ciudad del Tajo el primer núcleo intelectual de España y del mundo. En esta labor aglutinante de Ibn Said hay que buscar el origen de las posteriores escuelas toledanas que se beneficiaron enormemente de ella, pues no hay que olvidar que es ahora cuando trabajan, por caso, el astrónomo Azarquiel, el médico y farmacólogo Ibn Wafid y tantos otros cuya influencia será decisiva en los siglos subsiguientes. Y lo más notable es que casi todos pertenecían al grupo de Ibn Said del que recibían la inspiración”. Inspiración, apoyo, financiación, mecenazgo -en vez de recortes y asfixia- como inequívoca apuesta de futuro.

 

Las categorías o Tabaqat del libro de Said dividan a los pueblos del mundo en dos tipos: los que habían cultivado las ciencias y los que no lo habían hecho. Y aunque “todos los humanos son iguales, hayan o no cultivado las ciencias”, descartando cualquier interpretación racista de sus palabras, sólo los primeros eran “la luz en medio de las tinieblas, los que han marcado la senda correcta, los maestros de todos los hombres y la élite de las naciones”. Esta prevención del autor se entiende al avanzar en la lectura de la obra, pues pretendía demostrar la superioridad científica de los andalusíes con cierto sarcasmo, señalando cómo los pueblos del norte vivían en un atraso permanente porque “los rayos del sol no caen de forma perpendicular sobre sus cabezas, su clima es frío y el ambiente siempre nuboso. Por esa razón, su temperamento también se había vuelto frío y su humor grosero, sus cuerpos se han alargado, su complexión se ha vuelto débil y su pelo largo. Carecen, además, de agudeza y de profundidad intelectual, mientras que, por el contrario, abunda entre ellos la insensatez y la locura”. Hoy puede parecer un disparate, pero no andaba lejos del pensamiento de Averroes, a quien nadie discutirá hoy su peso en la historia del pensamiento europeo, que en el Kitab al-kulliyat defendía que vivir en zonas de clima cálido y equilibrado favorecía la mayor y mejor capacidad intelectual. La ciencia, siempre necesaria, seguía teniendo sus limitaciones en el siglo XI, y lejos de ser una influencia de los rayos de sol, la ausencia de interés y de financiación por parte de los gobernantes era la clave.

 

Said venía a defender que todos los no musulmanes que vivieran en estos climas también se verían beneficiados de esa capacidad intelectual superior, e insistía en que el islam o el ser musulmán no era un factor que condicionase esa intelectualidad. Por eso entre los científicos destacados aparecían no pocos judíos que habían participado en el progreso científico, como como Hastay ibn Ishaq y Abu Fadl Hasday, o cristianos mozárabes como Ibn Domingo, también toledano, con una amplia cultura enciclopédica que destacó como médico, matemático, astrónomo y literato. La ciencia, al igual que no tenía padres ni madres, tampoco entendía de fronteras religiosas, pues un científico se mueve ante todo por una sospecha y una curiosidad inagotables, comunes a toda la humanidad.   Y en aquel Toledo, como contaba Said en Tabaqat y os he copiado en el parrafo del inicio del artículo, un grupo de jóvenes investigadores trabajaba diariamente para ampliar los límites del conocimiento.

Personal de Urgencia Pediátrica del Hospital Virgen de la Salud (Toledo)

 

Espero que este artículo sirva para reconocer aquel Toledo andalusí que en el siglo XI se convirtió en referente mundial de la ciencia de vanguardia, gracias a que quienes gobernaban y tenían poder político y posibilidad de financiación, no abandonaron a su suerte a quienes con sus estudios buscaban unas mejores condiciones de vida, de salud y de progreso para sus vecinos. Y como homenaje a quienes estos días y estas semanas venideras se están dejando y se van a seguir dejando la piel desde hospitales y centros de salud, muchas veces asfixiados en la última década. La historia de la ciencia toledana está llena de nombres que ya conocemos, pero también de gente anónima como la que estos días merece que sigamos a rajatabla el #quédateencasa y el #yomequedoencasa que circulan por las redes.

 

De cómo Tulaytula, gracias al mecenazgo de Said y de Al Ma’mún, Tulaytula se convirtió en la cuna de médicos y botánicos fundamentales para la ciencia medieval y moderna, islámica y cristiana, os hablaré otro día en algún artículo nuevo del blog.

[Foto de portada del ilustrador toledano Toni Reollo]

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