El día 8 de octubre estaremos conversando Zoraida de Artépolis y yo a eso de las 19:00. Será una de las charlas que mantendrá desde su cuenta de instagram con historiadoras e historiadores de todo tipo que trabajamos también como guías, para reflexionar sobre la triste situación a la que la oferta turística había llegado antes del COVID en ciudades como Sevilla, Córdoba, Granada o Toledo que se lo deben todo a su historia. Su idea es debatir también sobre una obra, un momento, un espacio emblemático de cada una de nuestras ciudades, y yo he elegido el esplendor de la arabización castellana del siglo XIV y la figura del rey Pedro I. Unas décadas de guerras pero también de imponentes construcciones como el Taller del Moro, la Sinagoga del Tránsito o los palacios-conventos de San Antolín y Santa Isabel entre tantos otros. Todos ellos considerados tradicionalmente como manifestaciones del “arte mudéjar”, concepto que merece una reflexión que, si habéis venido a alguna de mis visitas, no creo que os sea ya ajena.

 

La invención del arte mudéjar y el nacionalismo del siglo XIX

Quienes lean o sigan a Juan Carlos Ruiz Souza le habrán escuchado más de una vez establecer una comparación a la que siempre recurro: existe un mundo que, por culpa de una determinada historiografía, de llevar o no llevar unas gafas adecuadas, nos estamos perdiendo y no estamos sabiendo ver. Ese mundo es el arte andalusí repartido por Castilla, desenfocado por culpa de un término que no nos deja ver la riqueza de la arabización castellana a partir del siglo XI. Me refiero al “arte mudéjar”, uno de tantos inventos propios de la historiografía del siglo XIX que necesitaba españolizar un episodio del que huían en la configuración del sentimiento nacional: al-Ándalus. Fue también el siglo en el que los conceptos de “invasión islámica” y “reconquista” quedaron grabados a fuego en la historiografía española, que poco a poco se los va quitando de encima gracias a nuevos planteamientos rigurosos surgidos en el ámbito académico. En aquel siglo XIX en el que se inventaron la “música española” o la “literatura española”, también se inventaron el arte propio español o nacional, “el mudéjar” (…) el único arte propio que España aportó a la Edad Media europea”.

 

Toledo musulmán

Sala oriental del Taller del Moro (Toledo, siglo XIV)

 

Alfonso VI no conquistó una ciudad en 1085 sino que abrió una puerta hacia un mundo fascinante y desconocido para los castellanos, un mundo imponente. Los conquistadores militares cayeron conquistados culturalmente al entrar en mayo de ese año en Tulaytula. Esa fecha no fue la del fin de la arabización de Toledo sino la del inicio de la arabización de Castilla. Lo árabe e islámico como cultura conquista el norte peninsular. Los castellanos que nunca habían tenido contacto directo con el arte monumental árabe (madrasas, mezquitas, hospitales, baños públicos, palacios) se chocaron de frente con Tulaytula, la capital de la taifa más rica junto a Sevilla. Así, los campeones de la causa y de la guerra contra al-Ándalus, hacen del Toledo andalusí una ciudad con un paisaje contrario a esa ideología de la guerra. La guerra contra al-Ándalus continua por otro lado. La cultura de la capital castellana desde entonces será diversa, multirreligiosa, multicultural y plurilingüística, sobre todo a partir del siglo XIII con el empeño de las traducciones. Éxito asegurado para Toledo, para Castilla y para Europa gracias a la adopción del legado andalusí, del legado clásico arabizado. Lo andalusí, lo islámico, fue adoptado como manifestación de un gusto y un poder superior (pues el orbe islámico lo fue hasta el siglo XVI por todo el Mediterráneo), sin cuestionar su procedencia religiosa. Nadie nunca habló de mudéjar ni de arte o estilo del enemigo, del otro.  

Capilla del Corpus Christi de la Iglesia de San Justo (Toledo)

 

La invención del mudéjar fue obra de José Amador de los Ríos, uno de los historiadores más brillantes de su época, y a quien Toledo debe muchos de sus primeros estudios empíricos. En 1859 empleó ese término durante su discurso de recepción en la real Academia de Bellas Artes de san Fernando. Sin definirlo, sin interpretarlo, exponiendo vagamente sus características, ese llamado “estilo mudéjar” terminó sirviendo para interpretar desde “anomalías” del románico hasta préstamos del Barroco en Hispanoamérica. Un arte propio o arte español, decía, sin decir lo que realmente pretendía: que los judíos no tuvieron arte propio nunca (en el sentido nacionalista decimonónico, pues carecían de estado), los musulmanes tuvieron el suyo reconocible en todo el Mediterráneo y los cristianos españoles (que por entonces se debatían entre el gótico extranjero y el arte islámico “invasor) no podían quedarse sin arte propio y reconocer que adoptaron el islámico como parte de su identidad. Así nació el “arte mudéjar”, para diluir una obviedad: que los reyes, los nobles, las congregaciones religiosas castellanas y aragonesas durante siglos construyeron, decoraron, se vistieron, adornaron sus estancias, etc., emulando la cultura del reino vecino: Granada. Hicieron suyos esos gustos, sin más. Una vez más, la idea de frontera que muchas veces tenemos es por culpa de esas gafas mal graduadas, pues entre reinos enfrentados circulaban sin freno ideas, gustos y formas sin atender a si eran o no propias del enemigo.

Patio de los Leones de la Alhambra, Granada.

 

Pedro I y la España que no fue

Tradicionalmente se ha tendido a estudiar el reinado de Pedro I (1350-1369) y, especialmente, la guerra civil con su hermanastro, el conde Enrique de Trastámara, como el origen de las llamadas “dos Españas”. Con Pedro y su reinado nacía y moría la modernidad, la aceptación de la diversidad, el germen de los estados modernos y centralizados. Con Enrique, primer rey de la Casa Trastámara, la España nobiliaria y feudal, la que miraba al pasado y a los privilegios de los acomodados. Una explicación maniquea y reduccionista, como tantas otras, que no explica nada y que una y otra vez viene revisándose historiográficamente. Ambos monarcas compartieron mucho más de lo que aparentemente estas explicaciones se cree, y enrique en gran medida desarrolló un reinado continuista en relación con el de su hermanastro. De entre las muchas continuidades, el gusto y el recurso por la epigrafía, el diseño, la arquitectura y el arte andalusí e islámico. Las construcciones de las capillas reales en Sevilla, Toledo y Córdoba para ellos y sus antepasados son buena muestra de ello, emulando abiertamente los espacios propios del poder granadino y recurriendo a la simbología del poder de los soberanos nazaríes.

Capilla Real levantada por orden de Enrique II en la Mezquita-Catedral de Córdoba (Daniel Salvador)

 

Pero es con Pedro, en un proceso que se extendió durante todo el siglo XIV que Ruiz Souza definió como “reinteriorización” (alejarse de los gustos europeos para centrarse en sí misma y en patrones islámicos granadinos), cuando realeza, nobleza e iglesia adaptan y adoptan la estética del poder del islam como símbolo de majestuosidad e identidad propia. Manteniendo todas sus guerras abiertas contra su hermanastro, contra Pedro IV de Aragón y contra Francia, Pedro alcanzó una paz duradera con su alter ego granadino, el rey Muhammad V, que se extendió durante todo el reinado. El rey cristiano y el soberano musulmán se convirtieron en amigos y aliados, llegando Pedro a recibir en Sevilla al derrocado Muhammad, acogiéndole, protegiéndole y ayudándole a recuperar el trono pocos años después. Durante esos años, la frontera entre Castilla (que entonces alcanzaba ya la actual provincia de Málaga y de Granada) y el reino nazarí de Granada se volvió mucho más permeable aún, y con el derrocado Muhammad V viajaron artistas, filósofos e intelectuales que alimentaron el caudal cultural de Castilla.

 

Al-yumm wa al-iqbal. La felicidad, la prosperidad

Y Castilla se llenó de yeserías, de formas geométricas, de trabajos de estuco y textos árabes que hablaban de lo fundamental que unía a unos y otros: el monoteísmo, la legitimidad del soberano que emanaba de Dios y el incuestionable poder del rey frente a cualquier otro poder inferior. Pedro necesitaba de esa retórica del poder con tendencia absolutista del que disponían los soberanos musulmanes, sin nobles, sin jerarcas eclesiásticos y sin más autoridad que la suya. Por eso el rey castellano recurrió a la arquitectura y a los programas decorativos islámicos, pues servían como perfecto vehículo de propaganda política. Y tras el rey, gran parte de sus nobles, fieles o no en la guerra.

 

Toledo Musulmán

Convento Madre de Dios, Toledo (hoy UCLM)

 

Nobles como los Palomeque toledanos que levantaron el Taller del Moro, uno de mis lugares favoritos de Toledo, casi a la vez que Pedro levantaba en Sevilla su alcázar. Poderosos sin título nobiliario (o quizá sí, según vamos sabiendo por trabajos como los de Daniel Muñoz) como Samuel Haleví, consejero, tesorero, diplomático y amigo personal durante años de Pedro I, que eligió la misma simbología del para su sinagoga. Oligarcas como los Gudiel en su capilla de la Catedral, hoy de San Eugenio. Todos recurrían en sus palacios, en sus sepulcros y capillas funerarias a esta simbología del poder.  

 

Hejal de la Sinagoga del Tránsito (David Utrilla)

 

Aquella España era lo que María Rosa Menocal ha llamado una cultura de primera categoría porque abrazaba, mantenía y coexistían en ella dos religiones distintas en la mente de sus dirigentes: cristianismo e islam. Eso hizo que esta cultura de primera categoría fuese la cultura de un reino de primera categoría: la España medieval (mal llamada de las Tres Culturas). Una tierra que podía albergar a la vez, al mismo tiempo, en el mismo espacio, dos visiones del mundo aparentemente contradictorias (pues en ningún otro territorio del orbe dominado por cristianos se dio esta paradoja, sino más bien lo contrario: el resto de los cristianos peleaban contra el islam sin permitir su existencia entre sus ciudades y pueblos, ya que sólo a los judíos se les “permitía” vivir en Europa).

Taller del Moro, Toledo

 

Y en aquella Castilla la ciudad de Toledo tuvo un lugar destacado, principal, como capital histórica de los godos y como símbolo de la construcción identitaria española. Aquel Toledo del siglo XIV en el que, sin internet ni más medios que lo manuscrito y lo oral, recibía e incorporaba la vanguardia artística de todo el mundo conocido, la absorbía como propia sin considerar nada ajeno a su “cultura”, precisamente porque su cultura era global. Un Toledo en el que se estaba construyendo a la vez lo mejor del arte gótico (la Catedral), del arte nazarí andalusí (la Sinagoga del Tránsito), del arte italiano (la Capilla de San Blas), etc. sin complejos, sin contradicciones, sin que supusiera un conflicto por más que hoy parcelemos la historia en compartimentos que entonces no existía.

Taller del Moro, Toledo

 

En definitiva, que el día 8 aprovecharé para hablar de todo ello y para enseñar las preciosas fotos que he podido hacer este verano de mis viajes a la Alhambra y por Andalucía, que si algo bueno ha tenido y tiene esta maldita pandemia es el respiro que le estamos dando al patrimonio. Y visitar la Alhambra y escuchar el sonido de las fuentes, silenciadas durante años por el gentío masivo, es una gozada. Lo mismo que la Catedral de Vandelvira de Jaén, la Alcazaba de Málaga o la imponente Catedral toledana. Aprovechad este tiempo para conocer esos espacios tal cual fueron pensados, para animar al recogimiento, al disfrute y la dispersión, sin ruidos ni grupos masificados. A ver si cuando todo esto pase entendemos que la turistificación a la que estábamos llegando no era buena, aunque fuese rentable a nivel económico. No vale todo, y partiendo de ese supuesto esperemos que estas charlas entre historiadores/as sirvan para volver a poner en valor un patrimonio muchas veces maltratado por los excesos turísticos.

 

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