Ayer la ciudad se levantó convertida en un mentidero, y el nuevo vídeo de C. Tangana con Nathy Peluso ha sido sin duda lo mas comentado por los chats locales y parte de la prensa. La presentación de “Ateo” que podéis ver en Youtube, si no lo habéis visto ya, cuenta con letras y bailes en la catedral toledana que han sido aplaudidos (casi 2.000.000 de visitas cuando publico este texto, y subiendo) pero también criticados por ser -dicen- obscenas, con algunas críticas que recuerdan a las de los calificadores del Santo Oficio.

 

 

El revuelo ha sido tanto que el Deán del Cabildo, a media mañana, ha tenido que dar explicaciones en un comunicado que desgrana, para quienes no entiendan la letra ni el sentido trascendental de los bailes, lo que -dice- REALMENTE los músicos quieren contar con esta historia. Y a mí este comunicado de un Deán glosando las letras y sentidos transversales de las composiciones de C. Tangana me parece lo más alucinante de toda esta polémica.

El caso es que a mí todo esto me ha recordado a cómo en el siglo XVII la Catedral, siempre abierta y siempre activa aunque hoy cumpla la mayor parte del tiempo una función de museo, también servía para apuestas condenables moralmente que merecieron la atención de jueces e inquisidores. Y seguro que hay muchos otros ejemplos que podríamos contar, pero estos son los que yo he ido recogiendo en distintos procesos inquisitoriales.

 

Los Santos perfectos del morisco Diego de la Cruz

En las primeras décadas del siglo XVII, uno de los mayores propietarios de esclavos en Toledo era Obispo de Troya, de quien otro día os contaré algo más porque también hay documentación de cómo ejercía de “broker” en Argelia para la compraventa de esclavas para otros miembros del Cabildo catedralicio. Que nadie se asuste, que la población esclava española y portuguesa se contaba en ese siglo por decenas de miles y las elites (religiosas y laicas) se nutrieron del mercado esclavista como signo de reconocimiento y de poder, como ya os conté aquí. Uno de sus esclavos era Diego de la Cruz, nacido en 1598 en Orán, y quienes lo juzgaron barnizaron su historia de una buena dosis de odio y aporofobia: “nació en el campo, porque los alarbes de cuya generación es este viven en el un día aquí y otro allí como gitanos sin tener lugar de asiento. Y que siempre anduvo con sus padres por el campo hasta que habrá tres años que lo cautivaron en Orán, donde estuvo tres o cuatro meses por esclavo del Vicario de Orán. Y que de allí vino a España viniendo por Cartagena y pasó por Murcia viniendo derechamente a esta ciudad de Toledo al servicio del dicho Obispo de Troya, su amo”. Secuestrado con 3 años, vendido o trocado en la plaza de Orán y esclavizado poco después.

 

 

Diego aceptó el bautismo cuando llegó a Toledo, lo que le convirtió en un “cristiano nuevo de moros”, un morisco. Sus padrinos fueron el propio Obispo de Troya y don Gonzalo Chacón, Inquisidor de Toledo. Así lo describían por entonces: “porque este [Diego] es alarbe [árabe] de nación y había sido moro hasta su conversión, y que no ha sido ni es casado ni tiene hijos. Y que toda su generación son perros moros alarbes”. No tenía ni idea de qué era ni de cómo ser cristiano, sin duda porque su conversión fue forzosa, y por ello un año después fue procesado por la Inquisición, encarcelado y torturado. De hecho, ni siquiera tenía aún licencia para comulgar como cristiano, porque ni sus amos lo consideraban aún cristiano para ejercer… pero sí para ser encausado por la Inquisición.

Bautizado a la fuerza pero convertido en un cristiano de segunda, Diego se integró en esos márgenes de la historia de Toledo que moriscos, berberiscos y esclavos han llenado durante siglos, pero cuyas vidas apenas han recibido atención en las historias oficiales. Por eso cayeron en manos de la Inquisición, que rara vez torturaba salvo que sus reos fuesen judeoconversos, protestantes o moriscos. Y torturaba no buscando un castigo, sino más confesiones, más nombres a los que poder procesar.

 

Proceso a Diego de la Cruz (AHN, Inquisición, Legajo 192)

 

Cuando  fue detenido por mantener (o intentarlo) la práctica del islam en la clandestinidad, otros amigos suyos también lo fueron. Todos pasaron por la cámara del tormento o de la tortura, y terminaron delatando a otros. El 30 de enero de 1616 fue torturado Juan de Santa María, otro niño nacido con otro nombre que desconocemos en el seno de una familia musulmana de Orán, que fue secuestrado en Tremecén y vendido en el mercado de esclavos para terminar en manos de Pablo de la Peña, hechura del Cardenal y Arzobispo de Toledo, Baltasar Moscoso, y seguramente cercano a la Escuela de Cristo que dio en Toledo sus primeros pasos y contó con hermanos ilustres como Agustín Moreto. Durante la tortura admitió que seguía rodeándose de musulmanes, que él y gran parte de las esclavas y esclavos toledanos seguían intentando mantener viva su fe como musulmanes. Se reunían para ayunar, rezaban en patios de casas de distintos amos cuando estos no estaban, celebraban fiestas y ayunos alejados de la vista pública en el Pradillo de San Bartolomé y vivían convencidos de que se salvarían por su fe mientras consiguiesen disimularla.

Juan contó que el día de Año Nuevo de 1615 fue a fingir que rezaba a la Catedral, y allí se encontró con Diego de la Cruz que iba a lo mismo. Mientras hablaban, Diego intentaba tocar con sus manos los relieves de historias sagradas del Antiguo Testamento tallados en mármol, desde el Génesis al Éxodo, donde se recogen la creación del mundo y la muerte de Adán, historias relativas a Noé, a Abraham, Jacob y José y especialmente a la historia de Moisés. Juan veía cómo Diego intentaba besar los relieves y le preguntó qué hacía, a lo que Diego respondió “que qué importaba, que delante de los ojos de los cristianos viejos hacía aquello, que en su corazón era tan moro como el primer día que vino a España, y que en su corazón tenía la secta de Mahoma”. Diego conocía perfectamente el Antiguo Testamento, base de profetas y pasajes sobre la que el islam surgió siglos después, arabizando a Moisés por Musa o a Abraham por Ibrahim. Por eso su lectura e interpretación era heterodoxa y prohibida, porque su acercamiento a esos pasajes bíblicos eran desde el reconocimiento como musulmán de una tradición común ya que -contaba Diego- “aquellos santos que estaban allí eran Santos perfectos, porque lo eran desde la ley vieja, cuando era toda la ley de moros y cristianos toda una”.

 

Historias sagradas del Antiguo Testamento que recorren la parte externa del Coro de la Catedral de Toledo

Tanto Juan como Diego reconocían ese tronco común de las tres religiones abrahámicas, y se servían de ello para disimular su verdadera fe. Y la catedral les permitía, desde una idolatría que condenaban, fingir una sinceridad cristiana ante imágenes de máximo respeto también para musulmanes. Hacían, en definitiva, una lectura prohibida de un relato permitido, que desde un punto de vista cristiano terminaba con la vida de Jesús pero para ellos continuaba con la revelación de Mahoma. Y eso los sentó ante la inquisición que los torturó y encarceló, buscando con ello atemorizar a toda la comunidad de moriscos y esclavos berberiscos. Castigar a pocos para que sirva de ejemplo para muchos, como rezaban tantas sentencias inquisitoriales.

 

Sortilegios para el amor y evitar el maltrato: Ana de la Cruz y la Virgen del Coro

Pocos años después tenemos constancia  de una práctica parecida, no ya por un morisco sino por una mujer acusada de hechicería. Ana de la Cruz, vecina de San Miguel el Alto, fue procesada en dos ocasiones entre 1637 y 1643. Vivía de echar algunas suertes y consolar a otras vecinas con una mezcla de supersticiones y engaños, prometiendo una mejoría en sus vidas que casi nunca llegaba. Era una hechicera conocida especialmente en los barrios y parroquias del oeste de la ciudad, y de allí acudían sus clientas a solicitarle algún remedio para los mismos problemas que la propia Ana sufría. Estaba casada con Gaspar de los Reyes, maltratador que Ana definía como “de fuerte condición”, motivo que le llevó a acudir a una hechicera mayor que ella “para echar de ver si su marido venía de paz o de guerra”, o lo que es lo mismo, poder anticiparse y huir o estar preparada para una posible paliza. Aquella hechicera enseñó a Ana un conjuro con unas habas, alumbre, cera, yeso y carbón que tenía consagrar diciendo “en la tierra fuisteis sembradas, con rocío del cielo criadas, así como esto es verdad me diréis si mi marido viene de paz”. Un conjuro que era el primer curso de lo que luego fue también para ella un oficio, como lo había sido para su maestra.

 

Cristo de la columna en la Catedral de Toledo (Foto de ALAMY)

 

Obviamente este remedio no funcionaba, y Ana decidió abandonar su casa y su marido e intentar sobrevivir con este y otros conjuros que había aprendido, ofreciéndolos a otras mujeres en su misma situación. Este hecho de profesionalizarse, de aplicar conjuros y cobrar por ello -aunque estas creencias supersticiosas fuesen compartidas por todas las mujeres-, convertía a Ana en una hechicera a ojos de los inquisidores. Cuando fue detenida contó que además aplicaba otros remedios que había ido aprendiendo, siempre destinados a lo mismo: que las mujeres jóvenes pudiesen alcanzar un buen matrimonio, que fuesen bien tratadas y pudiesen tener la paz que ella no había tenido. Para ello les aconsejaba que recogiesen romero y lo bendijesen robando agua bendita de algunas iglesias “diciendo que aquello fuese para paz y quietud de su casa”; una vez seco, el romero se echaba a las brasas y tenía que quemarse. Además de esto, “les decía que fuesen a la Santa Iglesia y en la capilla del Santo Cristo de la Columna rezasen una hora entera Pater Nóster y Ave Marías, y esto había de ser tres días. Y el primer día que dijesen a cada Pater Nóster óyeme Señor”, el siguiente “otórgame señor” y el último día “respóndeme Señor”. A otra clienta que se había quedado embarazada del Vicario General de la ciudad, cuando éste  se había desentendido de ella y de la hija que venía en camino, le recomendaba también acudir “al Santo Cristo que está entre los dos coros de la Santa Iglesia desta ciudad, que con ella le concedería Nuestro Señor volviese el dicho Vicario a su amistad, y la socorriese”, rezando 33 credos y diciendo al final de cada uno de ellos “justo juez de la verdad, dios y hombre verdadero, ven en el que venga en ello, espíritu santo consolador, ven en su alma y en su corazón”. Su clienta reconoció hacerlo, siendo consciente del delito que cometía pero admitiendo su desesperación, del mismo modo que reconoció que no sirvió de nada.

 

 

 

Usos prohibidos en espacios permitidos en la Catedral de Toledo

Ana  fue acusada de ser hereje, hechicera, perjura, excomulgada y de tener pacto con el demonio, y condenada por ello a recibir cien azotes por las calles públicas de Toledo en febrero de 1644. Diego no, aunque fue encarcelado y torturado, pero su causa se suspendió porque lo que buscaba la inquisición era atemorizar a la comunidad de esclavos y esclavas berberiscos, apegados a un islam al que habían renunciado contra su voluntad.  

En apenas unos años los dos casos muestran cómo la Catedral servía a comunidades marginales (moriscos y hechiceras) para usos prohibidos a partir de creencias permitidas. El espacio, el programa iconográfico y decorativo habían tomado forma durante siglos siendo supervisados para un fin puramente religioso y propagandístico; otra cosa era el uso que los creyentes hicieran de ello.

 

 

En un tiempo en el que no estaban claras las líneas que separaban la devoción sincera o fingida, la superstición que llevaba a la herejía o  la creencia mal entendida, era mucho lo que resultaba escandaloso. Lo que cuesta entender es que hoy siga pasando algo así. Aquellos toledanos vivían obsesionados con la limpieza de la sangre y sentían viva la amenaza del “contagio” con los judeoconversos, de las incursiones de turcos y piratas berberiscos, del permanente intento del diablo por dar al traste con la creación divina, de los protestantes europeos que los tercios no conseguían aplacar, etc. Hoy ya no, por más que desde hace unos años hayan vuelto a aflorar los guardianes de las esencias que necesitan escándalos para seguir haciendo creer a la gente que vive amenazada.

 

La polémica del vídeo de C. Tangana y Nathy Peluso termina con una nota informativa que llegó por la tarde, con el Arzobispo desdiciendo al Deán en un clásico conflicto de jurisdicciones clásico para quienes conozcan estos pleitos y choques tan propios del Siglo XVII. Pero ahí queda el vídeo, en natural continuidad con aquellos otros usos escandalosos llevados a cabo en la catedral a lo largo de la historia, y que seguro que no fueron sólo los de Diego el esclavo berberisco y Ana la hechicera del barrio de San Miguel. Habrá que seguir picando fuentes en el archivo, a ver cuántos más van saliendo.

Por su parte C. Tangana, provocador nato, punki 2.0, nos mira riéndose durante el último minuto del vídeomientras a su alrededor se escandalizan, horrorizan, insultan y agreden los tertulianos, los asistentes a la proyección del propio vídeo y a lso bailes de Nathy Peluso. Una y otro estarán tarareando eso de “déjales que hablen mal, se mueran de envidia” que cantan ambos, mientras hacen caja con todo esto. Eso querían y lo han conseguido. Bravo. Y las imágenes de la Catedral girando por el mundo ENTERO, de punta a punta, como nunca antes había ni hubiera sucedido de nos ser por haber servido de escenario para uno de los músicos con más proyección internacional de este país. Quizá el debate, a estas alturas de 2021, debería haber sido otro.

 

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