El año pasado, por estas fechas, os contaba cómo el mes de Ramadán, celebrado durante los casi 4 siglos de vida de Tulaytulá, llenó miles de noches de iftares a los que muchas veces se sumaban los cristianos andalusíes. Y cómo los vecinos musulmanes, al igual que hoy, se interesaban por fiestas cristianas como la Navidad.  Ciertamente su celebración fue descendiendo conforme la población musulmana disminuía a partir del año 1085, pero se siguió celebrando durante muchos más siglos. Al menos, que sepamos, hasta bien avanzado el siglo XVII, dos siglos después de que los Reyes Católicos obligasen a la población musulmana a convertirse al cristianismo o a abandonar los reinos de Castilla y de Aragón. Quienes eligieron bautizarse y permanecer en las casas que habían construido y los pueblos que habían fundado sus antepasados, pasaron a ser conocidos como “moriscos“. De forma oculta el mes de Ramadán siguió formando parte de la vida de cientos de miles de ellos quienes, en la medida de lo posible, siguieron manteniendo la voluntad de practicar el islam hasta donde la Inquisición se lo permitía. De ellos, y especialmente de ellas, vengo a hablaros hoy con una historia rescatada del archivo, de las más bonitas que he leído nunca.

Existían numerosos factores de presión contra las comunidades moriscas, especialmente aquellas asentadas en Granada, pero que afectaban por igual a las del resto de Castilla y de Aragón. El primero de todos y origen de todos los demás, era su conversión forzosa al cristianismo y la obligación de bautizarse. Bautizarse no era sólo un acto simbólico y humillante, sino la confirmación de un cambio en su status social: al convertirse en cristianos (nuevos), también podían convertirse en herejes, y por tanto podían ser ya perseguidos por la Inquisición, el otro gran protagonista de esta historia. Como bautizados, además, deberían dejar atrás todo lo que habían sido, quedando prohibida cualquier manifestación religiosa y cultural. La oración, el Hajj, las fiestas, la circuncisión, los baños públicos, los mataderos y matarifes halal, la ropa o el uso del árabe hablado o escrito comenzaron a ser vigilados y condenados.

 

Así danzan los moriscos y con esto castañetean con los dedos (Christoph Weiditz, Die Trachtenbuch, Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, s. XVI )

 

Como “cristianos nuevos de moros”, así se les llamaba, la Inquisición dedicó sus primeros años a perseguir, investigar, detener, juzgar y condenar a miles de moriscos. Todo ello generó un volumen de documentación enorme que hoy se custodia entre los fondos del Archivo Histórico Nacional, que nos permite conocer cómo vivieron aquella asfixia cientos de miles de castellanos y de aragoneses -de españoles al fin y al cabo- musulmanes. Y conocer también un aspecto que fue fundamental para ellos, y que les permitió mantener la voluntad de ser musulmanes y de practicar el islam de forma oculta y disimulada, hasta que eran detenidos por la inquisición: el disimulo o taqiyya.

 

Demasiado musulmanes para los cristianos, demasiado cristianos para los musulmanes… La Taqiyya

Que la inmensa mayoría de los musulmanes granadinos recibieron el bautismo contra su voluntad está hoy fuera de todo género de dudas, como prueban los miles de trabajos que se han publicado hasta la fecha, y los cientos de juicios inquisitoriales que se afanaron por sacar a la luz su verdadera fe. Pero la propaganda oficial decía otra cosa. En Madrid se reunió una Junta de la Inquisición en 1524 que defendía que “al recibir el Bautismo [los moriscos] estaban en su juicio natural y no beodos ni locos, y quisieron de su voluntad recibirlo”. No hay duda de que la Inquisición conocía perfectamente las prácticas religiosas y culturales de los moriscos, pues no quitaba ojo a sus movimientos con el fin de poder procesarlos, pero en este caso parece que no entendieron el significado de la taqiyya o qitmán que recomienda al creyente musulmán disimular su fe en caso de un peligro importante.

Uno de los textos más conocidos para entender el desquiciado día a día de los moriscos, obligados a disimular su condición durante momentos como el Ramadán (difícil esconder un mes de ayuno cuando formas parte de una minoría y la vida se rige por el calendario cristiano) es la famosa fatwa de Al-Magrawi, muftí de Orán que vivió en primera persona las conversiones forzosas de 1502. Dirigida “a nuestros hermanos, los que están encogidos sobre su religión, como quien está encogido sobre las brasas” (los moriscos que acababan de verse obligados a aceptar el bautismo cristiano como mal menor para salvar sus vidas y sus haciendas), al-Magrawi recomendaba mantener la oración, pagar el zaqat, purificarse acudiendo al mar o al río aunque fuese de noche “pues Dios no ha de atender a vuestra actitud exterior, sino a la intención de vuestros corazones”. Les recomendaba, cómo no, rezar si era necesario en iglesias ante imágenes cristianas “mas vuestra intención se encaminará a Dios, aunque no estéis situados de cara hacia la alquibla”, e incluso beber vino y comer cerdo si eran obligados a ello, aceptar los matrimonios mixtos e incluso, “si os dicen que denostéis a Mahoma, denostadlo de palabra y amadlo a la vez con el corazón, atribuyendo lo malo a Satanás o a Mahoma el judío”. Todo valía para salvar la vida y disimular la evidente voluntad de seguir siendo musulmanes pese a la asfixia, persecución y las campañas de adoctrinamiento con la que se vieron obligados a convivir.

Las celebraciones de los moriscos se convirtieron en una de las vías más fáciles por las que la Inquisición actuó contra ellos. Y el Ramadán era, de entre todos, la más significativa. La práctica estaba muy generalizada, no era fácil de ocultar y para entonces la Inquisición ya había hecho una radiografía exacta de los moriscos, conocía el calendario lunar que regía sus vidas, y sabía bien cuándo se celebraba este mes. Los Edictos de fe que promulgaba la Inquisición animando a culpar a quienes hubiesen cometido herejía insistían sistemáticamente en que se delatase a quienes hubieran “dicho, o afirmado que la secta de Mahoma es buena y que no hay otra para entrar en el Paraíso (…) O que hayan hecho algunos ritos, y ceremonias de la secta de Mahoma, por guarda y observancia de ella, así como si hubiesen guardado los viernes por fiesta, (…) vistiéndose en los dichos viernes camisas limpias y otras ropas de fiesta. O hayan degollado aves, o reses, o otra cosa, atravesando el cuchillo, dejando la nuez en la cabeza, volviendo la cara hacia el Alquibla, que es hacia el Oriente, diciendo Vizmelea y atando los pies a las reses. O que no coman ningunas aves que estén por degollar, ni que estén degolladas de mano de mujer, ni queriéndolas degollar las dichas mujeres por les estar prohibido en la secta de Mahoma, o que hayan retajado [circuncidado] a sus hijos poniéndoles nombres de moros (…) O que hayan dicho, que no hay mas que Dios y Mahoma su mensajero. O que hayan jurado por el Alquibla, o dicho Alayminçula [Alaymankula, expresión que aún sigue en uso en zonas de Marruecos que vendría a significar “por todos los juramentos”], que quiere decir por todos los juramentos. O que hayan ayunado el ayuno del Ramadán, guardando su Pascua, dando en ella a los pobres limosna, no comiendo ni bebiendo en todo el día hasta la noche salida la Estrella, comiendo carne, o lo que quieren. (…) O que hayan guardado la Pascua del Carnero (…) O que haya puesto a si, o a sus hijos, o a otras personas hansas, que es una mano en remembranza de los cinco mandamientos. O que hayan lavado los difuntos, amortajándolos con lienzo nuevo, enterrándolos en tierra virgen, en sepulturas huecas, poniéndolos de lado con una piedra a la cabecera, poniendo en la sepultura ramos verdes, miel, leche, y otros manjares (…) O que hayan dicho que no se bautizaron con creencia de nuestra santa fe católica. O que hayan dicho que buen siglo hayan sus padres, o abuelos que murieron moros o judíos. O que el moro se salva en su secta y el judío en su ley…”

 

Edicto de Fe de la Inquisición (finales del siglo XVII)

 

Siglos de contacto habían servido para facilitar a la Inquisición una radiografía perfecta de la práctica del islam, de cómo detectarlo en el día a día de los moriscos. La Inquisición los vigilaba de cerca, conocía sus tradiciones y el calendario que regía sus vidas, por lo que celebrar un mes de ayuno se volvió una prueba de resistencia. No fue fácil, pero las vidas de algunos moriscos procesados por la Inquisición nos muestran cómo, a pesar de las prohibiciones, su mes sagrado siguió celebrándose siglos después de haber sido obligados a la conversión. Y después de haber sido expulsados. Antes de que en 1614 se completase la segunda expulsión de miles de moriscos de los reinos de Aragón y de Castilla, la Inquisición ya había comenzado a comprobar lo inútil de esta medida, pues muchos volvieron y siguieron siendo tan musulmanes como lo eran antes de la expulsión, tanto como la ley y cultura les permitía serlo. Y tan musulmanas, como los casos de algunas mujeres que pelearon en Toledo hasta el final de sus días por seguir celebrando su mes sagrado.

 

Hidaya, mora y morisca, frente a la inquisición de Toledo

Hidaya había nacido hacia 1530 en la Alpujarra granadina, en una familia de conquenses y granadinos de decenas de generaciones atrás, y su vida cambió por completo cuando los moriscos, hartos de la asfixia y el hostigamiento que vivían, se levantaron en armas en 1568. Perdieron, fueron masacrados, deportados de sus casas y dispersados por el reino de Castilla. Decenas de miles de personas alcanzaron Toledo y otras ciudades tras una penosa andadura que llevó a muchas de ellas a perder la vida por el camino. Muchas niñas, si tenían más de 9 años, fueron legalmente esclavizadas y pasaron a servir en casas y palacios de familias adineradas. Las más mayores, como Hidaya, no tuvieron más remedio que sobrevivir de la mejor manera posible. Obligadas en muchas ocasiones a aceptar matrimonios mixtos con cristianos viejos, con el fin de educar a su descendencia en la más estricta doctrina católica y borrar toda huella del islam y de la cultura morisca, ella se había casado con García de la Cueva, regidor de Jódar, en la provincia de Jaén.

 

Azulejería del pueblo malagueño de Frigiliana con pasajes de crónicas sobre la rebelión de los moriscos

 

La psicosis por descubrir a quienes seguían practicando el islam de forma oculta era absoluta cuando se decidió la expulsión de los moriscos en 1609, pues era el momento de encarcelar o de expulsar a cuantos más moriscos mejor. Los inquisidores bajaron a las cárceles situadas en la plaza toledana de San Vicente y comenzaron a interrogar a hombres y mujeres que habían sido acusados de ser aún musulmanes a pesar de haberse bautizado, todos a la espera de juicio. Una de ellas terminó confesando y rindiéndose al chantaje al que era sometida, creyendo que así saldría libre de las cárceles. Juraba “decir verdad contra algunas personas que guardan la secta de Mahoma”, y acusaba directamente a su vecina “que en algarabía llaman Hidaya” porque había oído decir a algunos vecinos que “profesaba la secta de Mahoma (…) y en su observancia hacía el ayuno del Ramadán”.  Hidaya tenía casi 80 años y llevaba varios viuda cuando el 23 de noviembre de 1609, pocos meses después de decretarse la expulsión de los moriscos, fue llevada ante el tribunal de la Inquisición de Toledo. Sorda, con escasa movilidad e impedida del habla se presentó ante los inquisidores, que siempre le llamaron por su nombre de cristiana, el que supuestamente adoptó tras haber sido bautizada.

Hidaya fue interrogada para saber hasta qué punto su condición de cristiana nueva, de morisca, era verdadera o fingida. Admitió confesarse poco y que cuando lo hacía era con el cura de la iglesia de Santiago, de donde era parroquiana, con lo que podemos admitir que viviría como gran parte de los moriscos en los arrabales de la zona norte y este de la ciudad, cerca del río. Los inquisidores le pidieron que hiciese gala de la práctica del cristianismo más básico, pero Hidaya “no supo hincarse de rodillas por su edad, ni supo santiguarse. Dijo el Pater Noster, Ave María, Credo y Salve Regina, partes en latín y partes en castellano, errando algunas palabras. Dijo los mandamientos de la ley de dios muy mal”. Quedaba claro que Hidaya estaba muy lejos de rezar y de ser católica practicante, como ella insistía que era frente a quienes estaban juzgándola. Durante las dos semanas siguientes fue sacada de su celda y subida a la audiencia casi a diario, donde los inquisidores le animaban “a recorrer su memoria y descargar su conciencia” reconociendo todo aquello de lo que se le acusaba y admitiendo que seguía siendo musulmana. Del mismo modo, se le insistía en que delatase a más moriscos. La respuesta de Hidaya siempre era la misma, que “no tiene que decir más que de lo que dicho tiene”.

Sin más pruebas que la acusación de aquella incauta joven encarcelada que delató a esta anciana morisca, el fiscal decidió poner fin a los interrogatorios y pasar a la acusación formal. Hidaya fue acusada de hereje y de apóstata, de “mora descendiente de moros (…) que hacía dos años en presencia de ciertas personas hizo el ayuno del Ramadán no comiendo en todo el día, declarándose con las dichas personas que le hacía [Ramadán] por guardar observancia de la secta de Mahoma”. El fiscal añadió nuevas acusaciones infundadas y creadas ex professo para Hidaya que fue, además, acusada de conocer a otros musulmanes en Toledo a los que no quería delatar y de haber cometido más delitos igual o más graves “que calla y encubre sabia y maliciosamente de sí y de otras personas”.

 

Así van, vistas por delante, las mujeres moriscas en Granada por la calle (Christoph Weiditz, Die Trachtenbuch, Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, s. XVI )

 

Hidaya se mantuvo siempre firme en su defensa, insistiendo “que no hay tal, que no ha sido mora”. Tenía 80 años y conocía perfectamente lo que suponía enfrentarse a la inquisición, que de ninguna forma entendía la clemencia como un recurso ordinario, especialmente para quienes consideraba un peligro verdadero como eran judíos y musulmanes. También conocía en primera persona la ideología y el contexto político que le había llevado hasta esa cárcel y ese tribunal, pues acababa de consumarse de forma oficial la expulsión de decenas de miles de moriscos españoles. Hidaya había experimentado el creciente odio contra ellos de quienes antes eran sus vecinos, alentado por unas instituciones que no supieron ni quisieron aceptar la “españolidad” de los moriscos. Por ese motivo, con absoluto descaro, declaraba al tribunal que “ha de advertir que de pocos días a esta parte anda el pueblo y la gente del en aborrecernos a los del reino de Granada, y con esta mala voluntad que nos tienen procuran nuestro daño, y por hacerle (el daño) habrán dicho menos bien de lo que son obligados conforme a verdad”. Cómo si ellos, los inquisidores, no lo supieran. Pero quiso recordárselo, quiso decirles que sabía que era el odio generado en los años previos a la expulsión de 1609 el motivo por el que ella, a sus 80 años y viendo cerca el final de su vida, estaba allí ante ellos, incapaz de postrarse de rodillas, esperando a ser juzgada. Pedía que admitiesen esta obviedad, como también pedía ser declarada inocente y absuelta.

 

         Buñuelos y tortas de aceite en el Ramadán de los moriscos de Toledo

Hidaya sabía que pedía lo imposible y su situación física comenzó a deteriorarse, sin duda acrecentada por su estado de ánimo. Sus problemas auditivos aumentaron, o quizá ella misma los fingió, así como un problema que le afectaba al habla y hacía que se le hinchase la lengua e inflamase la garganta. Ante esta situación, quizá pensando también en su final cercano, Hidaya decidió contar la última gran verdad de su vida.

 

Así van a hilar las mujeres moriscas en su casa / Así barren su casa las mujeres moriscas (Christoph Weiditz, Die Trachtenbuch, Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, s. XVI )

 

Hidaya pidió voluntariamente salir de su celda. Dijo haber recorrido su memoria y quería confesar. Lo que dijo a los inquisidores es una muestra de locura y de valentía que no me resisto a transcribir parcialmente. Ante sus jueces, sentada y serena, Hidaya se quitó ese disfraz impuesto de morisca y descubrió a la orgullosa Hidaya musulmana ante el asombro de los inquisidores. Empezó contándoles una historia de amor digna de una novela, como tantas otras que seguro que siguen esperando a ser rescatadas de un archivo, quizá algo edulcorada por ella misma. Había llegado a Toledo hacía 11 años junto a su marido, García de la Cueva, después de haber vivido un tiempo en La Mancha, tierra poblada por miles de familias moriscas. Hidaya contaba con varios familiares que habían sido deportados a Toledo después de la derrota de la Alpujarra, y García de la Cueva quería que estuviera cerca de ellos. Aquel año Ramadán tuvo que coincidir con algunos días de Navidad y, de una forma u otra, quizá, todos querrían celebrar sus fiestas juntos.  Los moriscos familiares de Hidaya les dijeron que en esos días “era la luna de Ramadán”, algo que extrañó a García por lo que les preguntó si estaban en lo cierto. Los moriscos respondieron “que no podían estar seguros porque estaba aquí el Santo Oficio”. Mientras que a ojos de la inquisición, de los teólogos antimoriscos, de los cristianos viejos más rigoristas, todos los moriscos eran musulmanes como lo habían sido sus antepasados y lo eran en El Cairo o en Fez, lo cierto es que para estos españoles a medio camino entre lo islámico y lo cristiano apenas podían ya seguir el calendario lunar que les marcaba la celebración de sus fiestas. Ni siquiera estaban seguros de cuándo comenzaba Ramadán.

Pero decidieron celebrarlo todos, también García de la Cueva, tras decirle los familiares de Hidaya “que bien podían ayunar, que algunos estaban”, los suficientes como para hacer de ese mes una celebración familiar. Desde entonces, según la versión de Hidaya, tanto ella como su marido cristiano “ayunaron seis vueltas (veces) en seis años, no comiendo ni bebiendo en todo el día hasta la noche, y a la noche cenaban lo que tenían” durante el iftar diario. Así lo hicieron hasta que el marido de Hidaya murió pocos años después. Ella continuó ayunando durante Ramadán de los años siguientes, presumiendo ante sus inquisidores de cómo “también se lavaba la cara y la cabeza, el pescuezo y las manos y el cuerpo para hacer el dicho ayuno del Ramadán. Y decía cuando se lavaba Alá Alá Alfeli [Allah, Allah, Aghfirli] que quiere decir Dios, Dios, perdona. Y que eso lo hacía siempre que hacía el ayuno del Ramadán, y luego hacía el çalá alzando y bajando la cabeza dos veces diciendo Alá Alá Alfeli, que quiere decir Dios me perdone“. Hidaya ya no escondía sus verdaderos sentimientos, y “dijo que lo hacía para Alá e ir al cielo”. Los inquisidores no debieron dar crédito a la arrogancia y valentía de Hidaya, especialmente cuando le preguntaron por observancia de qué “secta” lo hacía, respondiendo ella que “ni como moros ni como cristianos sino como bestias lo hacía”.

Esa fue su última palabra, pues fue interrumpida por el tribunal, dice el proceso, “por ser tarde y no verse dejó esta audiencia y fue mandado llevarla a su cárcel”.

En 1609, más de un siglo después del primer intento fallido de aniquilación del islam en España, y cuando se estaba llegando a cabo la segunda expulsión (fallida igualmente) de los musulmanes españoles, Ramadán seguía celebrándose como se llevaba celebrando en la península durante los casi 1000 años de pervivencia del islam andalusí y morisco.

 

L’expulsió dels moriscos (Gabriel Puig Roda, 1894, Museu de Belles Arts de Castelló)

 

Hidaya pidió seguir testificando de forma voluntaria un día después, y se entretuvo, para horror de sus jueces y alegría de quienes leemos hoy este proceso, describiendo cómo vivía este mes y rompía el ayuno diario y a final de mes. Les contó que recordaba cómo “después del ayuno del Ramadán esta [Hidaya] ha guardado la pascua tres días que la llaman en algaravía al Ait (el Eid el-Fitr), y por fiesta esta [Hidaya] hacía buñuelos y tortas con aceite, y que todos los años la ha guardado después del dicho ayuno, lo cual la enseñaron a esta [Hidaya] los dichos sus padres como las demás ceremonias que ha confesado. (…) Dixo (…) todo esto lo manda Dios y lo ha hecho por Alá”. Todo esto lo contaba la mañana del 14 de diciembre de 1609, pero no parece que los inquisidores estuviesen por la labor de seguir escuchándola. Argumentando como el día anterior “ser dada la hora” y “porque la susodicha dijo que estaba impedida de la lengua y no oír la susodicha lo que se le decía”, la audiencia volvió a suspenderse y mandaron a la anciana Hidaya a su celda.

Acostumbrados a extraer las confesiones que buscaban, muchas veces empleando una tortura a la que por ley no podían recurrir con Hidaya dada su edad, los inquisidores entendieron que tenían suficientes motivos para sentenciar a esta morisca que parecía cansada de seguir fingiendo que era lo que no era, cansada de esconder que era musulmana. Pero algo tuvo que pasar la noche del 14 al 15 de diciembre, porque esa mañana, justo un día después de haber confesado todo lo anterior con más orgullo que miedo, Hidaya volvió a ser interrogada y su testimonio parecía mucho menos valiente que los anteriores. Extorsionada quizá, amenazada y sintiéndose más desvalida aún de lo que estaba, sólo dijo a los jueces “que ella estaba ayer muy sorda y muy impedida de la lengua y así no podía responder a lo que se le preguntaba, y que ahora se ha acordado que lo que ha hecho de las ceremonias que ha confesado las ha hecho por observancia de la secta de Mahoma engañada del diablo. Y Mahoma está en el infierno, y que ella no tiene malicia ninguna”. Obviamente nadie en la sala creería esta declaración, y con ella Hidaya llevó a cabo el penúltimo ejemplo de taqiyya de su vida, siguiendo las recomendaciones que más arriba os citaba del muftí al-Magrawi, consciente de que por su edad no podía ser torturada pero también de que la inquisición no tendría ningún reparo en terminar con su vida relajándola al brazo secular, sentenciándola a muerte.

Hidaya fue condenada a salir a un auto de fe público en la plaza de Zocodover de Toledo, el 7 de febrero de 1610. Sobre unos cadalsos de madera le esperaban los inquisidores, el Vicario General y el Promotor Fiscal que inició el proceso contra ella. Hidaya subió al estrado, se le leyó la sentencia y supo por fin su castigo: cárcel perpetua y confiscación de bienes. Inmediatamente, se le obligó a abjurar de todos los delitos de los que era acusada, reconociendo en público ante una plaza de Zocodover llena cómo ella, Hidaya, “que aquí estoy presente ante vosotros como inquisidores de la herética pravedad por autoridad apostólica y ordinaria, puesta ante mía la señal de la cruz y los santos sacros cuatro evangelios reconociendo la verdadera católica y apostólica fe abjuro, detesto y anatematizo toda especie de herejía y apostasía que se levante contra la santa fe católica y ley evangélica de nuestro redentor y salvador Jesucristo…”. Durante varios minutos Hidaya fue abjurando y renegando de todos los delitos de los que era acusada, haciendo gala, esta vez sí, del último ejercicio de taqiyya de su vida, repitiendo en voz alta lo que uno de los inquisidores le leía al oído, sin tan siquiera atender ni entender ella lo que estaba diciendo, pues ella no sabía leer ni escribir castellano. Hidaya disimuló, fingió arrepentimiento y volvió a la cárcel a pasar sus últimos días de vida. Tenía casi 80 años, edad a la que había llegado disimulando, pero también celebrando también casi 80 meses de Ramadán en Granada, Ciudad Real y Toledo, muchos de ellos junto a su familia y un marido cristiano que en ocasiones se sumaba a una celebración que no le era tan ajena como hoy parece que lo es en España. A pesar de que millones de españoles la celebran cada año.

Embarque y expulsión de los moriscos en el puerto de Vinaroz, s. XVII (Pere Oromig i Francisco Peralta, Fundación Bancaja)

 

Desde hace años los ayuntamientos de Madrid y Córdoba celebran las Noches de Ramadán, algo que tendría pleno sentido en Toledo, atendiendo a lo mucho que presumimos de ser la “ciudad de las Tres Culturas”. Tenemos noticias de cómo en al Ándalus muchas fiestas se celebraban entre vecinos, sin miedo, de forma conjunta, desarrollando un interés por lo que comen, hacen, rezan, hablan o leen cada uno, algo  que sería maravilloso volver a recuperar. También conocemos casos de moriscos como los del reino de Valencia que invitaban a cristianos a celebrar Ramadán con ellos. Hay casos fascinantes como el del estudiante cristiano de Gandía Joan Ochoa, que relataba a la inquisición sin entender qué había de malo cómo muchos moriscos “no se encubrían del (Ramadán) cuando ayunaban y hacían sus Pascuas; antes, en las dichas Pascuas le convidaban y él comía con ellos de sus manjares”. Como siempre ha habido quien busca que las religiones enfrenten, y no tan sólo que diferencien, le preguntaban extrañados que por qué siendo cristiano “se entremetía tanto entre los moriscos”, a lo que él contestaba: “Señor, ellos me convidan, ¿qué tengo de hacer?”. Tanto este joven estudiante como el marido de Hidaya no entendían qué podía haber de malo en esa curiosidad y en ese disfrute de hacer también tuyas las fiestas de tu vecino, tal como hacemos nuestros los miedos, las sequías, las crisis económicas o las celebraciones de una victoria deportiva. A nuestra vecina Hidaya le encantaría pensar que sus descendientes, que seguro que siguen por aquí entre nosotros, recen a quien recen, entienden que la Ciudad de las Tres Culturas (más bien de las Tres Religiones) no puede -ni debe- renunciar a recordar una de ellas, aún presente después de mil años en nuestros patios, fiestas, dulces, palabras y leyendas.

 

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[Gracias, muchas y repetidas, a Alí, House, Ikram, Maryam y Yasmin por la ayuda  con la adecuación del léxico de los textos 😉]

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