Juanelo Turriano y las clepsidras de Azarquiel
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¿Cuál es el papel de los agentes turísticos de la ciudad en la recuperación de la historia de Toledo? ¿Hasta qué punto podemos estar deformándola cuando elegimos dar valor a unos temas frente a otros, condicionados por el atractivo turístico que estos tienen? ¿No estaremos silenciando erróneamente hechos de nuestra historia porque creemos, erróneamente también, que no son atractivos para el turismo? Que en Toledo el turismo es una fuente de ingresos enorme nadie lo niega. Lo que no tengo tan claro es si nos estamos parando a pensar en el coste que esto tendrá de cara al futuro, cuando la distorsión de nuestra historia alcance límites de difícil retorno.

Ayer, viendo la pequeña exposición que la Biblioteca Nacional ha dedicado a “Juanelo Turriano, un genio del Renacimiento” pensaba en ello. Este ingeniero y relojero cremonés consiguió no sólo abastecer de agua a Toledo (otra cosa es que los toledanos lo aprovechasen), sino hacer de la ciudad un atractivo turístico antes de que el turismo existiese. Casi nada.

Como Azarquiel, Al Zarqali, cinco siglos antes, que construyó en el río una imponente obra de ingeniería que atrajo la atención de todos los que visitaban la ciudad: los relojes de agua o clepsidras, “por medio del cual supieran las gentes qué hora del día o de la noche era, y pudiendo calcular el día de la luna. Al efecto hizo dos grandes estanques en una casa de las afueras de Toledo, a orillas del Tajo, no lejos del sitio llamado bab al-Dabbagin, la puerta de Curtidores, haciendo de suerte que se llenasen de agua o se vaciasen del todo según el creciente o menguante de la luna”. La curiosidad que despertaron las clepsidras puede leerse en distintas crónicas de los siglos XI y posteriores, y su fama se extendió desde Toledo al resto del mundo conocido. Hasta que una de ellas fue destrozada. En el siglo XII el charlatán con aspiraciones de astrónomo Hamis ben Zabara consiguió embaucar a Alfonso VII prometiéndole conquistar Córdoba y pidió al rey que le dejase desmontar una de las dos clepsidras para poder estudiar el mecanismo y mejorarlo. Lo hizo, pero ni entendió el complejo mecanismo diseñado por Azarquiel ni fue capaz de volver a ponerla en funcionamiento, así que quedó arruinada. La otra superviviente fue arrasada por una crecida del río en 1545, un par de años antes de que Juanelo llegase a la ciudad. Quién sabe si el famoso relojero cremonés, con unos conocimientos científicos exquisitos, hubiese podido estudiarla, reproducirla y mantenerla en funcionamiento. Pero no fue así, y hoy sólo nos queda esperar que la arqueología, al menos, nos dé la prueba de su ubicación, pues no queda rastro de ellas.

Juanelo comenzó a construir su “ingenio o artificio” en 1565. Su siglo, el XVI, es el de la mecánica y la ingeniería hidráulica. Desde mediados de esa centuria se convirtió en algo obsesivo para muchos gobernantes abastecer a las principales ciudades de agua potable, pues no existían sistemas que consiguieran canalizar aguas y elevarlas de los ríos. Los proyectos de drenaje, canalización, navegabilidad de ríos, etc, se multiplicaron durante ese siglo y el siguiente, y no todos con buena fortuna. El de Juanelo fue uno de ellos, y sin duda el más espectacular y complejo de toda la Europa cristiana. Como puede verse en esta recreación, era una máquina con una doble función, práctica y política: elevar el agua del Tajo para abastecer la ciudad y trasladar una imagen de poder incuestionable por parte del monarca que financiaba las obras. Igual que Azarquiel construyó sus clepsidras para Al Mamum con el fin de extender su fama más allá del Dar al-Islam, Juanelo ofrecía a Felipe II una propaganda que hablaba por sí misma y hacía de los visitantes a Toledo que se acercaban a verla los mejores propagandistas. La imprenta hizo el resto, y gracias a infinidad de grabados puestos en circulación, el trabajo de Juanelo alcanzó la fama merecida. Formado por más de 200 carros distintos de piezas de madera que sostenían el peso de más de 226.000 kilos de latón y de los 12.000 litros de agua que transportaba. El cronista Ambrosio de Morales lo definía como un diseño tan perfecto que hasta un niño podría ponerlo en marcha, pues elevaba sin apenas esfuerzo el agua del Tajo más de 100 metros hacia el Alcázar. Cada hora ascendían 90 cántaros de agua hasta la residencia real, donde el agua dejaba de correr para los toledanos. Caro ingenio, pensaron, si nunca nos va a llegar el agua, así que los pagos al ingeniero comenzaron a retrasarse y a ser cada vez menores. Hasta que dejaron de pagarle.

Juanelo murió pobre y olvidado en 1585, sin recibir la pensión ni el dinero prometido, y con él lentamente su obra o artificio. Abandonado pocas décadas después y enormemente caro de mantener, en el siglo XVII comenzaba a amenazar ruina, y con el tiempo se convertiría en lo que hoy puede verse: una triste y mínima memoria de lo que fue y supuso para Toledo este referente de la ingeniería mundial. No deja de ser paradójico que el mejor recuerdo de Juanelo en Toledo sea el de su extremada pobreza y sus peores años de vida desde que le abandonó la suerte al morir su primer mecenas, el emperador Carlos. Una de las calles más transitadas de la ciudad, Hombre de Palo, recuerda de forma algo fantástica cómo el relojero cremonés en sus últimos años de vida se vio forzado a fabricar un pequeño autómata que iba desde su casa al Palacio Arzobispal a pedir el salario adeudado para su creador y un plato de comida, provocando sorpresa y admiración en quienes lo veían. Aquí sí, una y otra vez, los turistas conocen la historia y la leyenda de Juanelo, aunque pocos son los que se acercan al río a ver lo que queda de su obra. De Azarquiel, sin calle que lo recuerde, los visitantes a la ciudad su van sin saber lo que fue y supuso para la historia de Toledo y de la ciencia mundial.

Busto de Juanelo Turriano por Pompeo Leoni (Museo de Santa Cruz, Toledo)

            Hasta aquí la historia, y ahora la reflexión que espero que hagáis conmigo: ¿no merecen estas historias un lugar privilegiado frente a Templarios, casas encantadas, anécdotas varias, etc? No es sólo triste, sino peligroso, potenciar memorias e historias ficticias de la ciudad sólo por su atractivo turístico. Toledo, Tulaytulá, fue una pieza clave en la historia medieval europea gracias al contexto científico creado en el siglo XI y mantenido durante los siglos siguientes. Azarquiel, Ibn Bassal, Ibn Wafid y tantos otros toledanos jugaron un papel clave en la transmisión del conocimiento científico Clásico e islámico hacia el Humanismo y el Renacimiento. Juanelo, con un artificio de ingeniería revolucionario y asombroso del que hoy sólo quedan ruinas, supone una continuación de esa tradición científica apenas recordada en Toledo. No es justo que presumamos de mitos e historias que nunca fueron y olvidemos otras que, por quedar a desmano del recorrido turístico, son menospreciadas y olvidadas. Acercar el Tajo no sólo a los turistas sino también a los toledanos y toledanas nos permitiría alzar mejor la voz para pedir su recuperación para la vida en la ciudad. ¿Por qué no destinar un espacio, ahora que parece que tenemos localizadas las clepsidras, a la importancia que el Tajo ha tenido para la historia científica de Toledo y a quienes hicieron de la ciudad un punto de referencia mundial?

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