“Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas las partes de África donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan”.

(El Quijote, II, cap. 54)

 

Desde Domínguez Ortiz y Márquez Villanueva hasta Mercedes García Arenal pasando por Bernard Vincent, quienes han estudiado la realidad morisca hasta su expulsión en 1609-1614 no han dudado en considerarlo un drama. Quizá el mejor ensayo, por ser el más actualizado y conciso -y que además compara su expulsión con la de esos otros miles de españoles que no cabían en el proyecto de España que hoy vivimos (los judíos)- sea este que hace una década publicó James Amelang y que nunca dejo de recomendar. Por si alguien quiere seguir conociendo más y mejor sobre lo que hoy os quiero hablar en relación a una entrevista que nos hicieron hace unos días a Luismi de Alcaén Restaura y a mí sobre la Puerta del Valmardón y la política de damnatio memoriae que el alcalde Gutiérrez Tello llevó a cabo por orden de Felipe II en 1575 eliminando toda la huella morisca de la ciudad.

Os dejo aquí el enlace del minireportaje para la Cadena SER y os cuento y enseño las fotos que no tuvieron cabida.

 

Alcantarilla romana (s. I) y puerta de Valmardón

 

 

La Puerta de Valmardón y la medina Tulaytula

Aunque el lugar que ocupa la Puerta de Valmardón formaba parte del recinto amurallado romano de la ciudad, pocas piedras romanas queden ya en todo ese entorno y los restos arqueológicos que sobreviven están debajo y alrededor de la mezquita y de la Puerta y en el entorno de la Puerta del Sol o Bab Muawiya, donse hace algunos años aparecieron los restos de una torre que podría ser del siglo I.

La reurbanización de Toledo, que aún hoy sigue siendo el mejor ejemplo de urbanismo islámico de la península, cambió el aspecto de la ciudad pero no tanto el de sus sistemas defensivos. La línea de muralla continuó recorriendo el norte y cruzando por el acceso principal de la medina, la actual Puerta del Sol o Bab Muawiya (en honor al primer emir andalusí Abderramán I), y la actual Bab al-Mardum, puerta de Beni Amardon o Puerta de Valmardón actual. Puerta sin uso, cegada, tal cual se desprende de su etimología, que pudo prestar servicio durante un tiempo indeterminado pero no en los siglos siguientes al XI cuando Tulaytula fue conquistada por Alfonso VI.

El acceso principal de la medina, el más fortificado y defensivo, se encontraba en el único puente existente entonces, el de Alcántara. Desde allí, en un trazado serpenteante que aún hoy se conserva, se alcanzaba la parte alta de la ciudad política y militar, compuesta por el alcázar y los palacios o residencias de los gobernadores en época emiral y califal, y de los reyes de la taifa durante el XI. Difícilmente puede alguien imaginarse el aspecto original, con un alcázar que conserva escasos restos andalusíes (algunos imponentes como la puerta de origen califal) y unos palacios que han ido adaptando y perdiendo su fisonomía hasta evolucionar a los actuales Museo de Santa Cruz y Convento de Santa Fe. Cualquiera que haya visitado alcazabas como las de Antequera o Almería y haya visto desde el mirador de San Nicolás la Alhambra, se hará mejor una idea del aspecto de este alficén, que es como era conocido el recinto amurallado mantenido, al menos, hasta el siglo XII.

Puerta del Sol (Bab Muawiya) y, al fondo, la Puerta de Valmardón

A partir del siglo XII comenzamos a conocer mejor la puerta de Valmardón o del Mayordomo, nombre que adoptó en la documentación medieval conforme la ciudad se desarabizaba. El árabe perduró en la calle como lengua vehicular hasta el siglo XIII, incluso hasta comienzos del siglo XIV, cuando el castellano como lengua popular y el latín en ocasiones como lengua culta y política terminaron imponiéndose. Pero su huella se mantuvo en el urbanismo, fácilmente perceptible hoy por cualquiera que haya paseado por Fez o Túnez, así como en formas y textos que perdieron su significado pero mantuvieron su apariencia. Vacía de musulmanes (al menos de forma oficial), lo árabe se mantuvo durante varios siglos más.

La Puerta de Valmardón y la llegada de los moriscos alpujarreños.

 

En el primer siglo de la Edad Moderna muchas ciudades castellanas recibieron a miles de moriscas y moriscos que fueron avecindados en sus ciudades. Venían de perder una guerra desigual en la que miles murieron aplastados por las tropas de don Juan de Austria, y muchos de sus hijos fueron esclavizados, vendidos y regalados cuando contaban entre 9 y 10 años. A Toledo comenzaron a llegar desde 1570 alrededor de 1500 personas que, en su mayoría, terminaron dando vida al barrio que hoy conocemos como la Antequeruela. Aguadores, alfareros, tejedores, labriegos y algunos alfaquíes encubiertos y muchas mujeres que sirvieron de criadas en la parte alta de la ciudad, iban y venían de puente a puente, cruzando puertas y murallas y sorprendiéndose de cómo Toledo mantenía más y mejor conservados que Granada textos en árabe que recordaban los casi cuatrocientos años de historia andalusí de la ciudad. Muchos de ellos en su entorno diario, desde el Puente de Alcántara a la Puerta de Valmardón. Fue entonces cuando Felipe II ordenó, quizá temiendo la excesiva identificación de la comunidad morisca recién llegada con la herencia andalusí de la ciudad, que todas las placas y textos árabes fuesen retirados independientemente de cuál fuese su contenido. El corregidor o alcalde Juan Gutiérrez Tello y Sancho de Villegas se encargaron de la supervisión y retirada de todos ellos, motivo que les llevó a reurbanizar y reedificar varias otras partes de la ciudad.

 

Gutiérrez Tello y la Toledo de El Greco.

Juan Gutiérrez de Tello procedía de Sevilla y se convirtió en corregidor o alcalde de Toledo por nombramiento directo del rey en 1572. Esa década fue una de las más agitadas a nivel cultural y urbanístico para la ciudad. Carranza, el arzobispo más heterodoxo de aquel siglo, huía perseguido por la Inquisición de una ciudad a la que no volvería hasta siglos después, cuando su cuerpo se enterrase sin honores en la catedral. Fueron los años que vieron la llegada del Greco y en los que la ciudad perdería de forma definitiva su preeminencia frente a Madrid, que pasaría a convertirse en capital del reino. Condicionado por esto último, buscando quizá reurbanizar una ciudad que ya en el XVI resultaba incómoda y difícil de adecuar al Renacimiento urbanístico, Tello fue uno de los artífices de una remodelación urbana a gran escala: construyó la mancebía en la Antequeruela; comenzó las obras del actual ayuntamiento, promovió el Rastro Nuevo, hoy desaparecido, donde se vendían y mataban carneros junto al puente de San Martín; mandó construir el Mesón de la fruta, que servía de lugar para carga y descarga y pesaje de la fruta que se vendía en el mercado, y que fue también el primer y gran corral de comedias toledano; reedificó la Cárcel Real en 1573 de la que se conserva su placa conmemorativa en la calle Alfonso XII. Pero sobre todo, su nombre quedó unido a la ciudad (y aún hoy lo es de forma visible).

Tras la revuelta alpujarreña y la guerra, consecuencia directa de la asfixia a la que felipe II sometió a la comunidad morisca, y la dispersión de la comunidad por Castilla y Aragón, la obsesión por extirpar su cultura andalusí e islámica de los recién llegados llevó a la inquisición a vigilar de forma sistemática sus contactos y movimientos dentro y fuera del arrabal toledano, y al rey a ordenar la eliminación física de la memoria urbana andalusí. En 1575 ordenó a Tello revisar y retirar todos los “letreros arábigos” de la ciudad, imitando la idea (más sujeta a la tradición que a la historia) del rey Wamba que había desterrado cualquier huella pagana del Toledo visigodo. Sancho de Villegas se encargó de la supervisión de los epígrafes, pero su nulo conocimiento del árabe sentenció más de 100 letreros que aparecían dispersos por puertas, iglesias que habían sido mezquitas, puentes, etc. Todos fueron retirados.

Placa conmemorativa que se situó en el Puente de Alcántara (Museo de Santa Cruz)

Probablemente los epígrafes contuviesen menos texto que números y  fechas. Comparándolas con las que se conservan, es probable que lo que pusiera fuese una invocación aséptica, un Bismillah o un Bismillah Ir Rahman Ir Rahim, el nombre del mecenas o artífice que promovió la obra, la fecha y poco más. Nadie hasta 1576 se había perctado de los “errores” de esas placas, del daño moral que la presencia del árabe pudiera hacer entre los buenos cristianos. A nadie le resultaba ajeno ni peligroso, hasta que se inventó “el problema morisco” con la dispersión de miles de personas donde los mudéjares primero y moriscos después ya habían sido asimilados.

Gutiérrez Tello emprendió una remodelación urbana que afectó a no pocas infraestructuras de herencia andalusí, pero también otras más modernas que quizá contaron con inscripciones árabes pero no islámicas. Tal sería -o podría ser el caso- del Puente de San Martín, donde Tello colocó una pequeña talla de San Julián y distintas placas conmemorativas en un punte que no existía aún en los siglos del Toledo andalusí pero quizá contó con alguna placa árabe (no islámica) posterior.

 

Puente de San Martín de toledo

Puente de San Martín de toledo

   Puente de San Martín de toledo

Puente de San Martín de toledo

En el Puente de Alcántara se colocaron las tallas de San Ildefonso y de Santa María, no sé si hoy desaparecidas (como en la Puerta de Valmardón) o custodiadas en el museo de Santa Cruz, cuyos fondos inaccesibles siguen siendo un tesoro absurdamente ocultado. Además se reformaron y renombraron algunas de las ya existentes, borrando toda huella del legado andalusí y árabe de la ciudad y manteniendo las que recordaban la herencia goda y cristiana.

 

  

En el interior de la Puerta de Bisagra, casi imperceptible dada su altura, las placas en árabe fueron sustituidas por las de la acción de Tello y una talla de San Eugenio.

 

Quizá la más reconocible de todas, por el paso diario de coches y personas, sea la que se encuentra en la Puerta del Cambrón, con Santa Leocadia presidiendo el principal acceso de la antigua Bab al-Yahud que daba acceso a la Madinat al-Yahud o Ciudad de los judíos, cuyo origen fue y será andalusí muy a pesar de la política de desarabización emprendida por Felipe II y Gutiérrez Tello.

 

 

Otros puentes y placas quizá no tuvieron placa o se hayan perdido, como la puerta del Sol o la de Alfonso VI (quizá sí la de Alarcones, donde se aprecia una pequeña talla incrustada en ella). La que hoy se ve más y mejor, gracias a la reconstrucción reciente de Luismi y su equipo de Alcaén, es la de la Puerta de Valmardón. Así luce de brillante en las fotos que os dejo por aquí, cuya historia podéis escuchar en el enlace a la entrevista de la SER que os dejaba al comenzar el artículo y en el que Lusimi da voz al trabajo de muchos compas que rara vez hablan de lo que hacen: la puesta en valor del patrimonio desde el punto de vista de la restauración.

 

 

 

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