A lo largo de la historia, con tantas variantes como contextos y épocas, hemos definido lo monstruoso como aquello que no se ajusta a nuestros parámetros de conocimiento o a nuestras convenciones estéticas. Se es un monstruo , decía en 1975 Foucault, cuando se llega a los límites de lo sobrenatural, cuando se es anormal, cuando se transgrede la ley cívica y de la naturaleza. Pero a lo largo de la historia lo monstruoso y los monstruos se han definido y entendido de formas diversas, algunas imposibles de digerir desde visiones buenistas y políticamente correctas actuales, otras tan cómicas y grotescas que apenas les queda ya algo de monstruosidad. La Tarasca que estos días preside la plaza de Zocodover y que es parte fundamental de la fiesta del Corpus Christi que hoy se celebra, sería uno de ellos. Un animal, un monstruo, un emblema del mal y una antagonista de algunas mujeres bravas y valientes como Santa Marta, que formaron parte del acerbo supersticioso de miles de hechiceras toledanas durante siglos.

 

¿Cómo hay que entender lo monstruoso? Básicamente como un error, como una desviación en el orden natural o la creación, dependiendo de cuánta fe tuviese cada cual. Si según Aristóteles todo en el universo era armónico, geométrico, perfecto, etc., lo monstruoso y deforme suponía exactamente lo contrario y podía considerarse una aberración y una anomalía. A partir del siglo XV, con la aparición de la imprenta, la imaginación europea se disparó en relación a los monstruos, tanto por la profusión de nuevas imágenes que competían en lo disparatado, como por los tratados y estudios que los definían, clasificaban, condenaban. Comenzaron entonces a definirse eso que hoy llamamos antojos (las visiones, las sensaciones y hasta los sueños que el mundo externo provoca en los padres y que se manifestaban en los hijos), que condicionados por factores externos, podrían dejar su sello en la gestación y provocar el nacimiento de un monstruo o un ser fabuloso. Las aberraciones cometidas por los progenitores podían proceder de fallas y desajustes, físicos o morales, introducidos en el orden del mundo por obra de los humanos o los animales. Y ahí, en esa limitada explicación científica, es donde nacían los monstruos. Cuando una niña nacía con dos cabezas o cuando un hombre tenía por cabellos “pequeñas serpientes bien vivas”, es que había habido exceso de semen en la cópula entre los progenitores. Cuando un hombre nacía sin brazos o sin cabeza era, por el contrario, por insuficiencia de semen. Si una mujer daba a luz a un hijo con cabeza de perro, no era culpa de la naturaleza que “hace siempre un similar” (un ser que era copia a partes iguales de su padre y de su madre) sino de la mujer, que ha cometido “actos reprensibles” con un animal. Gran parte de la culpa del engendramiento de monstruos siempre la tuvieron ellas, las mujeres, pues se les atribuía al exceso de flujo menstrual en las madres. Así nacieron también las brujas, por esa perversa relación misógina que siempre existió entre los seres maléficos y la naturaleza femenina.        

Vicente Ferrer, Antichristus et quindecim signa (1497)

Esto que hoy nos parecen absolutos disparates, eran argumentos científicos de médicos o de teólogos de fama incuestionable y no menos influencia política. Así podrá entenderse mejor, pues procedía de autoridades reputadas como el dominico valenciano Vicente Ferrer, que el Anticristo pudiera nacer en cualquier momento después de una cópula entre el diablo y alguna mujer o de la decisión de asistir a la cópula entre hombre y mujer por parte del diablo, y sería alumbrado por cesárea.

La visión de los monstruos y de lo monstruoso fascinaba y a la vez horrorizaba por lo que representaban, y la vida estaba llena de ellos: cinocéfalos y seres fantásticos en mapas y atlas, mujeres barbudas en el arte, tritones en fuentes y portadas de libros, dragones, hermafroditas y recién nacidos siameses. En apenas unos años de las primeras décadas del siglo XVI, Sebastián de Horozco anotó en sus avisos manuscritos el nacimiento de dos monstruos distintos en Toledo: en 1541 un niño “que tenía dos cabezas en un cuerpo y dos brazos y cuatro piernas y en medio de cada par de piernas una natura de hombre” (dos penes) y en 1561 “una muchacha de once años, natural del Portugal, la cual traían su padre y su madre, tan barbada y con tantas barbas como el más barbado hombre. Y decían sus padres que desde edad de tres años le habían nacido”. El final de ambos fue dramático, convertidos en espectáculo casi circense para deleitar a las hijas del rey y a quien pagase por ello. Tan dramático y penoso que cuando nacían, incluso se debatía si bautizarlos o no, pues como ya hemos visto, había quien no los consideraba humanos.

Sebastián de Horozco, Noticias curiosas sobre diferentes materias (s. XVI)

En definitiva, en la Edad Moderna se asumía que existían los prodigios y portentos naturales: hombres con cabeza de perro, potros con cabeza humana (nada raro atendiendo a la mitología de los centauros) o corderos con cabeza de cerdo, porque muchos viajeros, conquistadores y cartógrafos pusieron su imaginación -y lecturas previas- al servicio del negocio editorial, y Europa se llenó de mapas y atlas que reproducían estos seres fabulosos. Hoy la ciencia ficción hace que nos sorprendamos menos, pero los portentos que describían los libros de viajes, los mapas o las relaciones impresas que llegaban de otros países era algo que entusiasmaba a la gente, inmersos en una vida rutinaria y sin sobresaltos. Y lejos de ser compilaciones de disparates, muchas de estas obras sobre monstruos y prodigios no eran el trabajo de un imaginativo o soñador escritor, sino de científicos. Un ejemplo es Des monstres et prodiges de Ambroise Parè, cirujano de cabecera de varios reyes de Francia. Su obra y tantas otras buscaban dar cuenta del mundo natural que hasta entonces desconocían, al suponer los viajes de conquista y descubrimiento por Europa, África y Asia la aceptación de la existencia de muchos mundos nuevos. Durante la Edad Moderna, en ese proceso de ampliación de fronteras del conocimiento, tan creíble para la población y tan monstruoso era un tritón como una persona con vitíligo, y ambos se recogían por igual en los mismos catálogos de “monstruosidades”.

No hay que olvidar una cosa: el conocimiento del hombre del Renacimiento se basaba en un cuadro coherente y heterogéneo compuesto de fuentes diversas: religiosas como la Biblia; científicas derivadas de siglos de observación y empirismo; mágicas como la astrología. Todo era susceptible de ser analizado a la luz de la fe y de la escolástica. Y ahí se produce el factor determinante: ya que todo ser vivo es producto generado de acuerdo a unas leyes naturales, y esas leyes naturales responden a leyes divinas, puede haber seres nacidos de personas que no sean consideradas personas. Es decir, al no conocerse aún el traspaso de la herencia genética de padres a hijos, podría ser que de dos personas no naciese otra persona, sino un monstruo (o el Anticristo, como ya hemos visto). Y así, ante lo que hoy consideramos imposible (que un cordero y un cerdo puedan tener descendencia) en el Renacimiento se entendía que se podía, del mismo modo que comenzaban a desterrarse esas visiones gracias a los avances en biología. Y lo que hoy consideramos imposible, que es que una mujer y el demonio puedan tener descendencia, en el Renacimiento se consideraba que era posible: y así nacieron los monstruos y los endemoniados, las brujas y la creencia en su peligro.

 

Lo grotesco y lo festivo en el Barroco y el Corpus Christi de Toledo

El Renacimiento y especialmente el Barroco sintieron pasión por lo grotesco. La fealdad fue dejando de ser temida porque se prestó al entretenimiento, como sucedió con el niño de dos cabezas y la niña barbuda de las que hablaba Horozco. Los Austrias llevaban enanos en su séquito, y Velázquez pintó a muchos de ellos, consciente de lo atrayente de su imagen. Locos,  enanos  o  mujeres  barbudas  amenizaban  la  vida  de palacio  y se inmortalizaron en la pintura  y las letras como un testimonio del disfrute de lo feo. La maduración de los principios renacentistas que se produjo en  el siglo XVII encontró su máxima representación en las fiestas del Carnaval, así como en otros festejos y sus mascaradas. Las fiestas carnavalescas se regían por el principio de relatividad de la verdad que responde a la lógica del mundo al revés,  por la inmersión de roles en unos días de caos controlado, y representan la libertad temporal del pueblo, su autoconocimiento, renombramiento y relativo equilibrio. Y es ahí, en ese contexto festivo, crítico y falsamente caótico, donde cobra sentido la Tarasca, que en el caso de Toledo y más allá del Corpus, os quiero presentar unida a otra mujer, quizá, tan fantástica como la Tarasca: Santa Marta.

Diseño para una tarasca y gigantones, Corpus Christi de Madrid de 1626 (Arc. Hco. Protocolos de Madrid)

En la Leyenda Aúrea de Jacobo de la Vorágine, uno de los textos medievales más leídos y con mayor fortuna editorial que reunía distintos relatos biográficos y hagiográficos (no necesariamente reales), aparece recogida por primera la vez la leyenda de Santa Marta y de la Tarasca, que debería llevar siglos circulando de forma oral por toda Europa. Marta de Betania, nacida en Beth, era hermana de Lázaro y de María de Betania (identificada con María Magdalena), y a la muerte de Jesús dejó Galilea y viajó a Francia, asentándose en la Provenza.

Cristo en casa de Marta y María  de Velázquez (1618). National Gallery, Londres.

Una vez allí, cerca de Tarascón, se enfrentó a un temible animal monstruoso con formas distintas según la tradición pero siempre cercanas a un dragón. Un monstruo que tomaba el nombre de aquella tierra, la Tarasca, que amenazaba a la población y arrasaba sus cosechas, ganados y casas por toda la orilla del Ródano. Marta se encaró con ella y, tras rociarle con agua bendita y portando una antorcha en la mano, mientras repetía invocaciones distintas a Jesucristo, logró dominar al monstruo y la llevó hasta la ciudad atada con el cinturón de su vestido. Desde entonces, Marta pasó al imaginario colectivo más popular como una mujer poderosa, como el arquetipo de mujer dominadora y fuerte, con un enorme poder de convicción que sirvió para que con su sola presencia, convirtiese a muchos hombres y mujeres al cristianismo. Por eso su lucha contra la tarasca se convirtió en uno de los recursos más habituales en las oraciones de las hechiceras toledanas, que tantas veces recurrieron a oraciones a ella y a Santa Elena para frenar la violencia contra sus clientas, el abandono o el desamor.

Santa Marta domando a la Tarasca, s. XIV (Musée National des Arts et Traditions Populaires, Paris)

Julio Caro Baroja y Sebastián Cirac Estopañán publicaron hace décadas algunos fragmentos de estos procesos inquisitoriales en los que las oraciones y conjuros a ambas santas, especialmente a Santa Marta, fueron habituales. Prácticamente en todos los procesos a mujeres acusadas de brujería y hechicería aparecen las invocaciones y conjuros a Santa Marta de distintas formas. El 28 de junio de 1631, Gabriela de Chaves declaraba contra María de Vargas acusándole -falsamente- de saber echar los naipes y de decir oraciones a otras mujeres para que no fuesen abandonadas por sus amantes o dejasen de ser maltratadas por ellos o sus maridos:

 “Señora Santa Marta, digna sois y santa, de mi señor Jesucristo querida y amada en el monte Oliveti. Entrasteis con la tarasca, encontrasteis con la cinta de vuestra Santísima cadera, la atasteis con vuestras palabras santas, la conjurasteis y la ligasteis. Así como esto es verdad, me otorguéis mi necesidad”.

Hacia 1609 la inquisición desató una campaña de vigilancia extrema para detectar musulmanes encubiertos y prácticas de magia moriscas, en los años en los que se terminó expulsando definitivamente a cientos de miles de personas (españoles, bautizados) de esa comunidad. Lorenza de Luna declaraba por entonces en plena psicosis reconociendo que había aprendido de una mujer mayor y había dicho muchas veces, conjuros a los ángeles y a Santa Marta, diciendo “Marta, Marta, no la digna ni la Santa, sino la que a los diablos infarta y a los hombres encanta. A ti te llamo para que me traigas al diablo cojuelo y al diablo de la carnicería, y que me traigan aquel hombre aquí ayna [de inmediato]”. Lorenza finalmente demostró no ser morisca, pero en otros casos como los de Isabel Mendoza, morisca manchega, salió a relucir que aunque continuaba manteniendo el islam en su fuero interno y rechazaba la adoración de imágenes, compartía supersticiones con otras mujeres cristianas y tenía en su casa imágenes de Santa Marta. O Mari Hernández, morisca de Daimiel que reconoció invocar a Santa Marta para conseguir sus anhelos que nada tenían que ver con motivaciones distintas a sus vecinas cristianas y sí con someter, dominar, apaciguar a quienes eran sus principales males diarios, sus maridos y amantes o los hombres de la comunidad. Mari invocaba así a su “Señora Santa Marta, digna fuísteis y santa. Así como ataste la Tarasca y la ataste con vuestra Santa cinta atada, así juntéis si estos [la mujer clienta y su amante u hombre querido] se quieren bien los granos de trigo con de cebada”.  Al fin y al cabo los problemas que afectaban a unas y otras (amor, pobreza, violencia, abandono, maltrato) eran compartidos más allá de la creencia y religión de cada una.

Santa Marta y la Tarasca en un manuscrito de la Leyenda Aurea de La Voragine, s. XIII (BNF)

Monstruos y miedos de ayer y de hoy

Santa Marta se convirtió en un modelo ejemplar, envidiable, imitable de mujer fuerte y dominante, capaz de pelear y de vencer por sí misma. Una mujer que había sido capaz de someter la parte irracional de la naturaleza, representada por la tarasca, y que podría por tanto someter a la irracionalidad de los maridos y amantes. Además según esa misma tradición, Santa Marta estaba unida a María Betania o María Magdalena, formando parte del círculo de amigas/amantes/esposas de Cristo aunque los evangelios canónicos condenasen esa idea que la tradición popular nunca olvidó, alimentada muchas veces por obras como la Leyenda Aurea. Mujeres ninguneadas y ocultadas de la vida del protagonista, como tantas mujeres toledanas que acudían a la hechicería como único recurso y última esperanza. Santa Marta fue un referente que por la tradición popular se convirtió en una figura con la que se sentían identificadas y a la que invocaban. La tarasca, como el dragón de Santa Marta, el desamor o el maltrato de las mujeres toledanas y las amenazas que mediante fake-news siembran el miedo contra supuestos enemigos que amenazan nuestra vida y valores, sigue en cierta medida encarnando esos miedos que siempre están y se renuevan. Al fin y al cabo necesitamos monstruos siempre, porque representan lo caótico frente a lo armónico, lo indomable frente a lo domable. Son los bárbaros frente a la civilización. Van y vienen de su mundo al nuestro, cruzando la frontera a su antojo, alterando el orden natural y divino con su caos. Los monstruos, las tarascas, las brujas, los terroristas, las armas de destrucción masiva y cualquier manifestación similar viven y han vivido siempre tras la alambrada de la coherencia, tras el límite mental donde termina lo que se ve y comienza lo que se imagina y cree, no siempre gracias a informaciones verdaderas. Fronteras entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo moral y lo inmoral que definían y definen la vida. Siempre los habrá. Hoy nadie ha estado en Irán o en Corea del Norte pero son muchos quienes están convencidos que en aquellos países sólo desean nuestra muerte. Son los nuevos monstruos. Necesitamos a esos monstruos para predicar nuestra superioridad y nuestra perfección, y con el paso de los años lo único que hacemos es darles nuevas formas, resignificarlos, sin más.

 

Santa Marta dominando a la Tarasca en la Catedral de Aix-en-Provence

 

Aunque hoy la tarasca de cartón piedra sea sin duda la foto más subida a redes sociales, desposeída de sus significados históricos, durante siglos muchas mujeres toledanas vieron en su historia e imagen la representación de una monstruosidad que vivían de cerca.

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