Toledo, 30 de junio de 1411. Está atardeciendo y por el camino de Nambroca se divisa una enorme polvareda provocada por el agitado caminar de medio millar personas mujeres. Vienen gritando y flagelándose, alzando los brazos al cielo, rezando y cantando en comunidad, después de haber recorrido cientos de kilómetros por Aragón y Andalucía en dirección al corazón de Castilla. Son la corte selecta del predicador del fin del mundo, el dominico fray Vicente Ferrer, que viaja silencioso, enjuto y austero, ya anciano, a lomos de un asno y protegido del sol por un sombrero de paja, precedido por su fama de hombre humilde y con halo de santidad. Como Jesucristo cuando entraba triunfante en Jerusalén, fray Vicente se dirigía a Toledo bendiciendo y santiguando a su paso a toledanos y toledanas que se acercaron a darle la bienvenida.  También como Jesucristo, su presencia en la ciudad incomodó a la oligarquía local y al propio arzobispo, que no salieron a recibirle, conscientes del enorme influjo que tenía sobre la gente. Mejor dejarle libre, sin facilitarle la estancia pero sin ponerle trabas. Era un fraile peligroso para sus intereses, un alborotador que predicaba contra los vicios y las costumbres de los poderosos y contaba con el apoyo de parte de la nobleza, de los reyes y del Papa Benedicto XIII. Con el brazo el alto y una cruz en la mano, cruzó la antigua puerta de Bisagra precediendo a su corte de flagelantes y fieles devotos. A ellas se unieron varios centenares más que salieron a recibirle, “porque quisieron, más no por mandato de la Ciudad” confirmando la tibia acogida que las autoridades dieron al predicador, temerosas de que supusiese un problema de orden público y de ataque a sus intereses.

La comitiva se dirigió a la Catedral, cantaron un Salve Regina y Ferrer se retiró a descansar hasta la mañana siguiente, miércoles 1 de julio, cuando casi al alba dijo misa cantada en la Catedral, predicó ante sus fieles y comprobó rápidamente que el espacio no reunía las condiciones que necesitaba “por cuanto no cabía mucha gente ni sonaba bien su voz, así por ser la iglesia hueca como por el gran ruido de pies, como por el ruido de la gente por no caber. Y dijo que desde en adelante que quería hacer sus autos en lugar donde pudiese caber mucha gente y él pudiese ser oído, que cuando no era oído que perdía su trabajo, pues no podía aprovechar no siendo oído por todas partes, así cristianos como judíos y moros”. Miles de fieles habían desbordado el espacio de la Catedral para escuchar al que muchos llamaron “El Predicador del fin del mundo”.

Ese mes de julio de 1411 la ciudad viviría uno de los capítulos más apocalípticos, incendiariamente antisemitas y mitificados por los cronistas locales. Tanto que hoy hemos perdido la perspectiva del qué, del dónde y del por qué predicaba fray Vicente en Toledo.

 

Fray Vicente Ferrer, el predicador del fin del mundo

Las citas entrecomilladas anteriores proceden de la conocida como Relación a Fernando de Antequera, un manuscrito de la Biblioteca Universitaria de Oviedo, el único contemporáneo a la estancia de Ferrer en la ciudad.  Es el mejor testimonio porque no se escribe desde la memoria histórica de la Crónica de Juan II (una de las fuentes más utilizadas, pero posterior al viaje de Ferrer), sino desde el presente, al calor de los acontecimientos y como repercusión inmediata de la entrada del predicador en Toledo. Quien la escribió estaba el día que Ferrer entró en la ciudad, lo vio y lo siguió día a día durante todo ese mes de juio de 1411. De autor anónimo, da la impresión de que su autor era alguien cercano al gobierno de la ciudad que estaba encargado de seguirle de cerca. Porque nadie de las élites políticas y religiosas invitó a Ferrer a venir a Toledo, aunque su fama era tal ya en 1411 que prefirieron mostrarse equidistantes y tibios, sin llegar a oponerse. El cabildo toledano, el más rico de todos, no estaba dispuesto tampoco a ayudar a un predicador que venía hablando de pobreza y de reforma, de una vuelta a la humildad. Pedro Cátedra ha estudiado en profundidad los sermones de Ferrer, y considera una “prudencia sospechosa de contaminación política (…) Acaso se debía a razones tanto de carácter espiritual – el perfil reformista del santo, su populismo, una cierta vinculación para algunos a la heterodoxia de los disciplinantes”, pero sin duda también estaba en el recuerdo la campaña de sermones de Ferrán Martínez de décadas atrás, tras las que se destruyeron no pocas juderías andaluzas, se masacró a judíos y judeoconversos e incluso se atacó el poder real.

 

Libro del Anticristo de Vicente Ferrer (Burgos, 1497)

 

La principal atención de Ferrer no recaía sobre las minorías, sino en el anticristo y su inminente llegada, su visión apocalíptica del mundo. En sus sermones atacaba la corrupción moral de la sociedad en general, aunque reservaba siempre sus mayores golpes de efecto para los más desprotegidos: mujeres, musulmanes, judíos. Ellas y ellos tenían gran parte de la culpa de la ira de Dios y de la posible llegada del Anticristo. Ferrer no se entiende sin Ferrán Martínez, ni las conversiones forzosas de judíos y musulmanes desencadenadas en 1411 durante el viaje de Ferrer sin la violencia desatada contra ambas minorías en 1391 por el viaje de Martínez. Aquel Toledo de 1411 vivía la resaca de una verdadera orgía de antisemitismo desencadenada un par de décadas atrás, y Ferrer era visto por judíos, conversos, cristianos y cualquier vecino como un mesías que llegaba para asestar el golpe definitivo a aquella diversidad de los siglos pasados.

 

Fray Vicente Ferrer en Safont y la Relación a Fernando de Antequera

Ferrer había desbordado la Catedral en su primer sermón. En otras ciudades había necesitado un enorme tablado con vallas que le protegían “de la presión de la muchedumbre, que quisiera besarle la mano o el hábito”. La psicosis desatada durante sus sermones debería generar momentos de tensión descontrolada y había que blindar la seguridad. El primer día en la Catedral no hizo falta blindaje, pues “subió en un trono o predicatorio (…) tan alto que llegaba en par del Dios Padre, el que está encima de Santa María, que está ante el bacín grande que está en medio de la Iglesia”. Todo apunta a que el fraile predicó en los alrededores del trascoro, o bien en el transepto y cierre del coro con el altar, o en la fachada occidental del trascoro.

 

Interior de la Catedral de Toledo y vista del coro y trascoro

 

Pero la capacidad era limitada para las miles de personas que se sabía que acudirían los siguientes días, no sólo de Toledo sino de pueblos de alrededor. En Zamora o en Lleida tuvieron que improvisar espacios al aire libre evitando aglomeraciones y ruido, porque el futuro santo desbordó cualquier previsión. Toledo no sería menos, por eso se le habilitó un espacio donde pudiera congregar a las miles de personas que se acercaban a escucharle “fuera de la villa, donde venden la madera, por cuanto es lugar llano y donde cabrá mucha gente. Y no da el sol hasta hora de tercia”.

A partir del ese día, Ferrer hizo de la Vega oriental del río, donde venden la madera, su centro de operaciones y el lugar donde pronunció los cinco sermones que tenemos documentados en Toledo. Pero, ¿dónde exactamente vendían la madera y pudo predicar Ferrer?.

 

Vista de Toledo por el italiano Ambrogio Brambilla (1585)

 

Las Ordenanzas municipales no determinan con exactitud el lugar. Sabemos que las maderas paraban exactamente en Zalencas, la huerta del Alaitique. Aquí paraba la madera y no se vendería demasiado lejos, pues más allá de la hora tercia del mes de julio (hacia las 9:00) ya daría el sol. Por tano, Ferrer tuvo que predicar algo más al sur de lo que hoy es la Avenida de Castilla-La Mancha y el Destacamento de Tráfico de Toledo, en el entorno de Safont y la estación de autobuses. El grabado de Brambilla de mediados del XVI es el único que recoge su ubicación, en la zona que aún hoy conserva su nombre en un arroyo en la parte norte de las Covachuelas, hacia la Carretera de Madrid. Allí llegaba la madera procedente del Alto Tajo gracias a las maniobras de los gancheros inmortalizados por José Luis Sampedro que hoy reclaman el (re)conocimiento de esta tradición centenaria. En las Relaciones Topográficas de Felipe II se sigue el curso de estas maderas desde Cuenca hasta Añover, donde llegan los “pinos que vienen de la sierra por el Tajo y se sacan en Alhóndiga y Toledo”. La zona de venta coincidiría con el avance del río hacia el sur, más metido en las actuales Covachuelas, como confirma un memorial de los “cuatro maestros madereros más antiguos del arte de carpintería de esta ciudad” dirigido al Corregidor en 1781 conservado en el Archivo Municipal, que confirmaría que para entonces estaba ya en desuso. Fue en aquel lugar que se extendería en paralelo al río y llegaría a la Vega de Safont donde predicó durante el mes de julio fray Vicente Ferrer.

 

 

Pero la tradición local lo sitúa en la iglesia de Santiago del Arrabal, dirigiendo desde allí el último gran golpe a la comunidad judía de Toledo, a la que expropiaron la antigua Sinagoga Mayor convirtiéndola en la iglesia Santa María la Blanca. Tradición que en muchas ocasiones juega con fechas que se leen y escuchan en el interior de la sinagoga a algunos/as guías, con nula base documental.

 

¿Estuvo realmente Ferrer en el Arrabal y en la judería?

Es posible deducir el acoso que musulmanes y judíos sufrieron en ese mes de julio. Ana Echevarría publicó una valiosa información en un par de artículos en relación a la silenciosa (documentalmente hablando) comunidad musulmana que aún vivía en Toledo, los mudéjares. Son fragmentos de un cuaderno de actas de miembros de la aljama que formaban parte de una cofradía islámica llamada Yami’al-Wadi’a. Pocos folios,  pues las reuniones se celebraban una vez al año, en la mezquita de Tornerías, con el fin de cubrir económicamente las necesidades de la comunidad mudéjar: entierros, matrimonios, limosnas, etc. No es casualidad que las actas se corten de forma abrupta entre 1411 y 1413, coincidiendo probablemente con algún tipo de ataque contra la comunidad derivado del paso de Ferrer por la ciudad. Pero más allá de esta hipotética deducción, no existe un sólo documento que pruebe la expropiación de la sinagoga en tiempos de Ferrer, tampoco de una mezquita, y aún menos que predicase en la iglesia de Santiago del Arrabal.

 

Iglesia de Santiago el Mayor o del Arrabal, Toledo

 

El documento más cercano en el tiempo es un memorial de los cofrades de Santa María la Blanca al cardenal Mendoza, escrito en 1487. En ese año existía ya una cofradía y, por tanto, la antigua sinagoga habría sido expropiada a la comunidad judía. Los cofrades escribían que era “público y notorio que en tiempo de fray Vicente la dicha iglesia fue tornada de xinoga, Iglesia Católica, y que predicando en la Vega” se llevó a cabo la expropiación. Desde entonces, los cofrades preparaban “el recibimiento que se acostumbra hacer en cada un año a la procesión que acostumbra venir a la dicha ermita [de Santa María la Blanca] de la iglesia y parroquia de Santiago el Arrabal (…), la cual parroquia después que la dicha ermita fue tornada iglesia siempre ha acostumbrado venir en procesión a ella en cada un año”.  

Que Ferrer predicó en la vega del río y no en el Arrabal parece claro por los dos documentos más cercanos, la relación de 1411 y este memorial de 1487, y es probable que aquel mes de julio la sinagoga fuese asaltada y expropiada. Quizá, dada la mayoría mudéjar que vivía en ese barrio del Arrabal, se produjeron conversiones masivas que terminaron constituyendo esa cofradía en el barrio de la iglesia de Santiago. Pero es una suposición. La documentación sólo deja claro que Ferrer predicó en la vega del río, aunque los historiadores posteriores se encargaron de añadir tanta épica al paso de Ferrer que acabaron distorsionando este episodio y situando al dominico en la iglesia principal del Arrabal alentando a una turba de violentos cristianos dispuestos a masacrar judíos.

Beuter es el más citado de todos por su historia de España (1551) en la que recoge la historia de la sinagoga toledana “bendecida por Sant Vincente Ferrer nuestro valenciano, y llamada nuestra Señora la Blanca”. Años después sería Alcocer en la primera historia de Toledo quién citaba a Beuter, fechando (mal) en 1425 la llegada de Ferrer “el cual con su santa doctrina convirtió a muchos infieles a nuestra santa fe católica (…) y entró por fuerza en el antiguo templo que ahora llaman Santa María la Blanca (…) y en ella celebró misa con gran devoción, en memoria de lo cual cada año va una procesión solemne desde la iglesia de Santiago del Arrabal a ella”. La cristianización de la sinagoga aparece ya en las primeras historias, pero no la idea de que fuese en esa iglesia de Santiago donde predicó durante julio de 1411.

 

BNE, MSS/1232, Francisco de Pisa: Relación y sumario de las iglesias … que hay en esta ciudad de Toledo (fols. 16r y 49r)

 

La confusión mayor llegó con la publicación de la Historia Eclesiástica de Marieta y con los distintos trabajos de Francisco de Pisa, ya en el siglo XVII. Marieta inventó que Ferrer predicaba “un domingo de Mayo en la iglesia de Santiago”, e incluso citaba al fraile alentando a atacar con violencia a “esta gente ciega y perdida (…)¡Vamos todos allá y echémoslos del templo, y consagrémoslo en iglesia de la madre de dios”. Pisa recoge la idea en 1605 y aporta nuevos datos de su cosecha aumentando el disparate: Ferrer encaminó a la muchedumbre desde el arrabal, expropió la sinagoga y por ello cada año se celebra una procesión porque “los vecinos de aquella parroquia [Santiago] fueron los que acompañaron al santo, armados, para este hecho”. Una épica que no debía parecerle suficiente cuando escribió la segunda parte de su obra, que dejó manuscrita y de la que se conservan varios traslados posteriores. El más interesante es el de la Biblioteca Nacional, en el que se recoge la transcripción de un papel que vio en el archivo de la iglesia de Santiago, fechado en 1531 (120 años después de las prédicas de Ferrer en la ciudad) y que narra cómo se produjo el episodio de la “cristianización” de la sinagoga… a partir de una leyenda. Leyenda que “según se tiene por tradición cierta en esta ciudad” protagonizaba “una doncella judía que quiere ser cristiana, y quien la tiene a su cargo no la dejaba”. Los parroquianos de Santiago prometieron a la doncella presentarse en la sinagoga al siguiente domingo, después del sermón de Ferrer, quien “hízoles un sermón diciendo que la doncella había dicho que era aquella sin[ag]oga, y que él la quiere bendecir, y que fuese iglesia a donde dios se sirviese y alabase. y así lo hizo, ya de allí quedó la iglesia bendecida”. Leyenda o invención de Pisa, una de tantas del quizá historiador más polémico de los que ha tenido esta ciudad.

 

 

El mito de Ferrer predicando desde el púlpito de la iglesia y dirigiéndose con la cruz en la mano hacia la judería a expropiar la sinagoga, en un claro trasunto de Jesucristo expulsando del templo a los mercaderes, estaba ya más que asentado, en una carrera entre historiadores por ver quién cargaba más las tintas en la violencia empleada y los miles de judíos convertidos a la fuerza, llegando a Parro, Amador de los Ríos e incluso a autores del siglo XX. Pero no parece que Ferrer alentase de forma directa la violencia. Él mismo dijo que “los apóstoles que han conquistado el mundo no llevaban ni lanzas ni cuchillos. Los cristianos no deben matar a los judíos con el cuchillo, sino con palabras, y por ello los motines que se realizan contra los judíos los realizan contra el mismo Dios”. Ferrer buscaba ante todo la persuasión como se deduce de las fuentes contemporáneas, no la violencia.

 

 

Otra cosa bien distinta es lo que sus oyentes, embriagados de un antisemitismo que campaba a sus anchas desde hacía décadas, interpretasen tras los sermones. Pero atendiendo a la base documental de este pasaje histórico, no hay rastro de violencia en la Relación ya citada de un testigo anónimo, la única fuente contemporánea, ni se deduce de ella que con o sin el fraile una turba de toledanos asaltasen la judería y la sinagoga. Y eso que ya Cantera Burgos, hace décadas, insistía en que el episodio del asalto violento a la sinagoga una de “las más estúpidas leyendas (…) falta de toda base histórica”. Pero el mito repetido una y otra vez, termina siempre ensombreciendo la verdad. 

Si los toledanos abarrotaron la Catedral el primer día, difícilmente cabrían los siguientes en una iglesia discreta como la de Santiago.

 

Interior de la Iglesia de Santiago del Arrabal, Toledo

 

Además, los dos documentos dicen claramente que predicó en las inmediaciones de la vega del río, donde se recibía, preparaba y vendía la madera. ¿Pudo pasar algo un día concreto, quizá una tormenta, que obligó a dispersarse a los fieles? Es posible, aunque mucho más cerca del aserradero estaba la hoy desaparecida iglesia de San Isidro, donde podían haberse cobijado. ¿Quizá el día 25 Ferrer pasó por la iglesia de Santiago, con ocasión de la fiesta del Apóstol? Puede, pero desde luego que no dio un sermón, pues los cinco que pronunció en Toledo están fechados, se conocen (días 5, 7, 8, 23 y 24) y han sido ya publicados por Pedro Cátedra.  

Sea como fuere, hoy es imborrable el mito de Ferrer vinculado a la procesión, a la iglesia de Santiago y a la antigua sinagoga, como también a la política antijudía y anticonversa que se fue configurando en esos años. Todas las órdenes mendicantes trabajaron para conseguir la conversión de los judíos y la ruptura de sus vínculos y relaciones socioeconómicas con los cristianos. Y los sermones de Ferrer y otros frailes, especialmente franciscanos y dominicos, tenían una dimensión política siempre: apelaban a la colaboración de las autoridades seculares y animaban a los vecinos a exigir que se tomasen medidas. Ferrer lo consiguió y en 1412, un año después de su campaña, las Leyes de Ayllón sentaron un precedente legal que redefinió las relaciones económicas y sociales entre la mayoría cristiana y las minorías religiosas. Los viajes y sermones de Ferrer asentaron jurídicamente el desmantelamiento del principio de coexistencia que había regido la política castellana hasta entonces.

 

#RíoTajoVivo

Lo que no es un mito es el incontestable valor de las vegas, de los paisajes y del río Tajo en la historia de Toledo.  El año pasado, sin ir más lejos, se presentó el libro El Tajo en la palabra, un buen elenco de testimonios históricos y literarios referidos al río, cuando su agua y sus vegas daban alimento, servían de motor económico y facilitaban espacios de esparcimiento y descanso. De hecho, las citas más antiguas de Toledo siempre son en relación a su río y a sus defensas, a los usos agrícolas del Tajo, a su valor científico, y no a su belleza o monumentos. Y a sus árboles, algunos centenarios como el taray que algún cretino ha talado esta semana. Todo eso vino después, reforzando la historia el valor geográfico y medioambiental que ya tenía, con capítulos como el de Ferrer. Las vegas de Toledo son también Patrimonio de la Humanidad, y quizá la sobreexplotación turística del Casco nos ha hecho pensar que sólo intramuros reside el valor histórico de Toledo. Si las perdemos, perderemos también el legado inmaterial de episodios históricos como la estancia de Ferrer en Toledo, un capítulo fundamental de la historia de España en la Edad Media.

 

 Diego Rivera

 

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