Hace unos días, un conocido dirigente de un partido político presumía en las redes sociales de la batalla que estaban luchando sus “anticuerpos españoles” contra “el maldito virus chino”. La afirmación quizá llamara la atención por lo ridículo de la misma, pero no era más que el enésimo ejemplo de una tendencia demasiado generalizada (hoy y siempre): combinar el miedo a la enfermedad con el odio al diferente. En el mencionado mensaje el autor aparecía en un par de ocasiones leyendo en un despacho decorado con algunos elementos históricos (mapas, grabados, barcos). Por desgracia no podemos saber qué suele leer, pero lo que sí que sabemos es que si hubiera leído libros de historia hubiera encontrado un montón de ejemplos que demuestran que mezclar epidemias con el odio al diferente lejos de ser una buena idea es, cuanto menos, peligroso.

 

 

 

La historia está repleta de casos que demuestran que el miedo a la enfermedad y el odio al diferente suelen ir de la mano. Europa tiene una larga tradición de achacar las epidemias a determinadas minorías que eran percibidas como una amenaza por no formar parte de la comunidad cristiana. Cuando la peste asoló Europa en el siglo XIV segando el 60 % de su población, diversos grupos fueron acusados de estar detrás de ella: judíos, mendigos, extranjeros. Sólo recientemente los historiadores hemos empezado a ser consciente de la capacidad destructiva de este tipo de razonamientos más allá de los episodios de violencia inmediatos desatados contra estos grupos. Un libro reciente traza una conexión directa entre el auge de este tipo de discursos que achacaba la propagación de la plaga a la acción de estos grupos con la sustitución de una cultura política que otorgaba un lugar al extraño en el tejido social de las ciudades europeas por el lenguaje político de la división y la exclusión. Ahora bien, a pesar de que en general los habitantes de las ciudades medievales pagaron un alto precio por este discurso de la alterización, cuyo coste social es visible todavía a día de hoy en nuestras ciudades, no cabe duda de que la peor parte se la llevaron los judíos. Se calcula que más de un millar de comunidades judías fueron brutalmente atacadas entre 1348 y 1350. Documentalmente sólo puede probarse el paso de la peste por tres zonas de la península: Galicia a finales del año 1348, Toledo a mediados de 1349 y Gibraltar ya a finales del ese año. Y en Toledo la peste fue doblemente letal para los judíos toledanos. El Ordenamiento de Alcalá de 1348 les prohibía dedicarse al préstamo bancario, lo que obligó a muchos a abandonar su principal fuente de ingresos a la vez que la peste llegaba a la ciudad, y con ella un nuevo motivo para culpar a la comunidad judía de las desgracias de los cristianos. Casi la mitad de los epitafios de lápidas judías de aquellos años (30 de 76) cuentan cómo a aquellos toledanos los mató la peste. Valorando el coste de los epitafios de piedra, al alcance de la mano sólo de unos pocos adinerados, podemos hacernos una idea de cuántos morirían durante aquella epidemia y serían enterrados sin que quede memoria de ellos.

Pero si los virus ocupan un lugar destacado en los libros de historia es gracias a su papel protagonista en la conquista de América. La épica de unos pocos españoles heroicos conquistando imperios enteros no resiste ante la abrumadora evidencia que demuestra que, por muy valientes que fueran, los españoles solo eran unos actores secundarios en un drama protagonizado por sus “aliados” indígenas y, sobre todo, por unos aliados microscópicos: los patógenos que llevaron con ellos a América. Una oleada tras otra, estos diminutos aliados se cobraron la vida de buena parte de los 30 millones de habitantes del nuevo mundo. El brutal impacto de los patógenos que llevaron los europeos al nuevo mundo resulta espectacular (volveremos luego sobre ello), pero no debemos olvidar los que los europeos se trajeron de vuelta. Todos hemos oído hablar del la sífilis, el mal llamado “mal francés”. Lo que resulta menos conocido es que las bacterias que lo provocan provenían del nuevo mundo.  El mal nombre de esta enfermedad y su expansión nos remiten al tema central de este texto, la combinación entre odios y epidemias. La enfermedad recibió el nombre de “mal francés” de mano de los autores italianos que odiaban a sus vecinos transalpinos a los que culpaban de haberlo propagado. Tratándose de una enfermedad de transmisión sexual es fácil hacer la broma sobre una enfermedad expandida por el amor, pero en realidad se trata de una enfermedad en buena medida transmitida por el odio y la violencia. Los primeros casos importados los trajeron los marineros españoles que cruzaron el Atlántico, de ahí pasaron al sur de la Península Ibérica, desde donde saltaron al sur de Italia con los soldados españoles que se enfrentaron a los franceses en Nápoles. Cuando estos últimos se retiraron se llevaron consigo el virus que fue propagándose por el resto de Europa y del mundo a una velocidad pasmosa porque, en un siglo XVI asolado por las guerras, poca gente viajaba tanto como los soldados.

 

El pintor Leiresse, enfermo de sífilis, por Rembrandt (Morituri Te Salutant)

 

Pero volvamos a las enfermedades que cruzaron el Atlántico en dirección a América. Alguien que cree que existen virus y anticuerpos españoles o chinos puede pensar que los patógenos que asolaron las civilizaciones precolombinas eran tan españoles como Cortés o Pizarro. En realidad, queda todavía mucho por conocer sobre los virus que los españoles llevaron a América. Algunos hallazgos recientes pueden hacernos pensar que estos virus llevaban el “Made in Spain” en la etiqueta porque pueden resultarnos familiares. Por ejemplo, el análisis de los restos humanos de un enterramiento colectivo en Teposcolula-Yucundaa (Oaxaca, México) ha revelado que muchos de los cadáveres que fueron enterrados entre 1545 y 1550 presentan restos de la bacteria que amenaza nuestras tapas cada verano y nos obliga a cuajar debidamente nuestras tortillas de patata, la Salmonella enterica. Sin embargo, por muy familiares que nos parezcan, los patógenos que permitieron a los españoles conquistar América eran, igual que los actuales, el resultado de una globalización (si, había globalización antes de que los europeos empezaran a expandirse) que llevaba siglos unificando la mochila microbiana de los habitantes de toda Eurasia. Así lo revela, por ejemplo, el análisis de los palillos higiénicos hallados en las letrinas de Xuanquanzhi (una estación en la famosa ruta de la seda) que nos ha permitido conocer los parásitos intestinales de los mercaderes que circulaban por esta arteria comercial hace 2.000 años. Encontrar el equivalente a papel del váter de hace 20 siglos puede parecer un hallazgo de mierda, pero algunos lo consideran la primera muestra empírica de que las sucesivas epidemias que asolaron occidente en la antigüedad y la edad media habían llegado de oriente a través de esta ruta comercial.

Palillos de bambú de Xuanquanzhi

Tanto este ejemplo como el anterior pueden considerarse como resultados inesperados de los contactos entre diferentes poblaciones. Suele señalarse que los españoles que llegaron a América no habían previsto el impacto de la repentina y dolorosa unificación microbiana que provocaron y que muchos de ellos lamentaron amargamente las terribles epidemias que arrasaron el continente ante sus ojos. El odio parece no haber jugado ningún papel aquí. Sin embargo, tampoco podemos descargar toda la culpa en los microbios. Al fin y al cabo, los españoles no enviaron precisamente mascarillas a los indígenas americanos. La nociva conjunción entre epidemia y concepción del otro como diferente resulta menos directa pero no por ello menos letal: en un primer momento los conquistadores españoles (como después muchos otros europeos) podían no sospechar la debacle que iban a provocar, pero fueron a América en el marco de una doctrina política que les permitía tomar posesión de esas tierras bajo el principio jurídico de que sus habitantes no eran sus poseedores de pleno derecho porque no formaban parte de la comunidad cristiana. Debates aparte, lo que no deja de resultar paradójico es que estos ejemplos inintencionados hayan provocado más muertes que el uso intencionado de las enfermedades como arma en los conflictos bélicos.

 

Aztecas contagiados de viruela por la llegada de los españoles según el Códice Florentino

 

La guerra biológica puede parecernos algo del futuro o un invento relativamente reciente pero, lejos de serlo, es uno de los ejemplos más antiguos de la combinación de odio y enfermedad. Los casos son numerosos desde la antigüedad: el primer ejemplo documentado puede ser el de los Hititas que en el siglo XIV a.c. enviaron a sus enemigos carneros con la popularmente conocida enfermedad del tétanos. Otro ejemplo bastante significativo es el del ataque con armas biológicas que supuestamente puso fin al cerco de Cafa, un enclave comercial genovés en la costa de Crimea, en 1346. Según el cronista italiano Gabriele de’ Musi el ejército mongol venido de oriente que asediaba la ciudad aprovechó la epidemia que diezmaba sus filas para atacarla lanzando cadáveres dentro con catapultas. Cuando los genoveses huyeron de allí se llevaron consigo la enfermedad y la fueron propagando por los puertos mediterráneos de camino a casa. El resultado, según este autor, fue la propagación de la peste bubónica que asoló Europa a mediados del siglo XIV. Sin embargo, los conocimientos médicos actuales permiten descartar esta explicación sobre el origen de la peor epidemia que ha sufrido el viejo continente. Lo que resulta más interesante de la teoría de Musi sobre el origen de la peste es que demuestra que esparcir enfermedades de manera intencionada se consideraba propio de pueblos bárbaros, inferiores, ajenos a la civilización, en definitiva fuera de la comunidad que hoy en día llamaríamos humanidad. En pocas palabras, no era algo propio de seres humanos. Es difícil calcular el impacto de este tipo narrativas que asociaban el origen de las enfermedades con pueblos o minorías “extraños” en el largo plazo. Sin embargo, otros ejemplos posteriores (y más reales) de guerra biológica pueden ofrecernos alguna pista al respecto.

Por desgracia, la relación entre odio al diferente y enfermedad tenía una dimensión más perversa que la mera elaboración de teorías conspiranoicas sobre el origen de las plagas. El odio hacia el diferente podía hacer que propagar enfermedades de manera intencionada se considerara legítimo en la lucha contra aquellos a los que se les denegaba la consideración de seres humanos. En la segunda mitad del siglo XVII, durante el cerco de Candia (una colonia veneciana en Grecia) por parte del ejército otomano, las autoridades venecianas discutieron un plan consistente en infectar a los soldados enemigos atacándoles con un líquido extraído de las pústulas y bubas de las víctimas de un brote epidémico. Finalmente, a pesar de que el plan llegó a estar bastante avanzado (el líquido mortal estaba listo para utilizarse), nunca se llevó a cabo. Este ejemplo demuestra como el fanatismo religioso podía servir para legitimar el uso de armas biológicas contra aquellos que no formaban parte la propia comunidad religiosa. Una vez más, la combinación del odio al diferente y las epidemias sacaban lo peor de los seres humanos. La conexión con el caso anterior resulta muy ilustrativa sobre el impacto de las teorías que asociaban la propagación de enfermedades con los “otros”. Las autoridades venecianas que planearon atacar a los otomanos con armas biológicas no lo hicieran movidas por haber leído el tratado de Musi. Sin embargo, las ideas de este autor y las de aquellos que 300 años después planearon este ataque biológico coincidían en asociar el uso de la enfermedad con la guerra contra aquellos a los que se les negaba un estatus de igual.

 

Vista de Candia (actualmente Heraclión, Creta)

 

En definitiva, como demuestra este breve recorrido histórico, la conexión entre odio al diferente y enfermedades epidémicas, ya sea de manera intencionada o inconsciente, directa o indirecta, resulta peligrosa. Mucho se ha discutido sobre la intencionalidad o capacidad de acción de los seres humanos que han contribuido a la propagación de las epidemias a lo largo de la historia. De lo que no cabe ninguna duda es que los virus, bacterias y gérmenes tienen una elevada capacidad asesina por sí mismos. Cuando abrazamos discursos de odio o estigmatización del otro lo único que hacemos es ayudar a multiplicar su potencial destructivo. Una vez más, la historia no puede enseñarnos a solucionar nuestros problemas actuales, pero si puede ofrecernos alguna idea de como no contribuir a agravarlos. Por desgracia todavía no tenemos una vacuna contra el virus que está causando la actual pandemia global, pero si que tenemos una vacuna muy eficiente contra el odio. Se llama Historia.

 

 

La entrada de hoy me hace especial ilusión. Es de un buen amigo, de los que siguen ahí desde que empezamos las tesis, casi a la par, y con el que comparto grandes recuerdos florentinos. José Miguel Escribano (@FrontierPeace en twitter) ha escrito este texto en el marco del proyecto Marie Sklodowska-Curie auctions H2020, del que es beneficiario.

Actualmente se encuentra desarrollando su labor como investigador en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y su envidiable currículum lo podéis consultar en su perfil de Academia.edu

 

 

 

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