En junio del 2007 llegaban parte de las reliquias de San Ildefonso, patrón de Toledo. O, mejor dicho, volvían a su ciudad de origen. De aquí habían salido y peregrinado por varias iglesias castellanas, perdiéndose algunas de ellas durante los siglos, robándose otras y anticipándose a la gran llegada en el siglo XXI otras tantas como cuenta brillantemente María Tausiet en este libro.

 

El cristianismo sintió desde su nacimiento absoluto fervor por las reliquias, por los huesos, ropas, cabellos y bienes que habían pertenecido a santos, santas y mártires de la cristiandad. Conforme se extendía creció también el número de santos y de santas, así como de mártires que habían dado su vida por la defensa de su fe, y con ello también aumentaron reliquias. Las existentes en España y Portugal se desplazaron al norte de la península tras la conquista islámica del siglo VIII. A la vez, en Roma, el rey Astolfo arrasó parte de sus catacumbas, lo que provocó que muchos fieles evacuasen muchos cuerpos de santos y mártires enterrados allí y dispersasen sus reliquias por Europa. Siglos después, muchas de aquellas localizadas en Oriente Medio fueron desenterradas, empaquetadas y enviadas a distintos puntos de Europa por los soldados de las Cruzadas durante sus intentos por conquistar los lugares sagrados para el cristianismo. Desde entonces, la obsesión por las reliquias generó un mercado negro asombroso, promovió robos y campañas de saqueo de lugares sagrados, pero sobre todo hizo consolidarse una práctica que ya existía desde tiempo atrás: las falsificaciones, el fraude en torno a su compraventa, la inflación en un mercado que se convirtió en algo enormemente rentable. Europa se llenó de reliquias falsas de todo tipo, de falsos trajes y clavos, de falsos huesos y dientes, de disparatadas invenciones imposibles de conservar en tarros y cofres que la imaginación europea dio por válidas sin muchos miramientos. A finales de la Edad Media, de forma tan milagrosa como lo eran los poderes curativos para quienes creen en las reliquias, estas se habían multiplicado de forma prodigiosa en toda Europa, conformando en muchas ocasiones un elenco de maravillosos disparates absolutamente inverosímiles: decenas de dedos de una misma persona, textiles inexistentes en la época de vida del mártir que supuestamente vistió esas ropas, etc. Quedaba claramente al descubierto que el fraude se había apropiado del mercado de estos objetos que en sus inicios habían sido un venerado y exclusivo patrimonio devocional.

Milagro de la Vera Cruz en el Campo San Lio, de Giovanni Mansueti, 1494. (Gallerie dell’Accademia, Venecia)

 

Al crecimiento masivo de reliquias falsas vino a unirse en el paso de la Edad Media a la Edad Moderna el enorme salto que los barcos y comerciantes europeos dieron a América, Asia y África. A la nómina de santos, santas y mártires ya existente se sumaron cientos de casos de nuevos misioneros, evangelizadores, mujeres de ejemplar virtud, beatas, curanderas, etc., cuyo halo de santidad sirvió para que la tierra que pisaban, la ropa que vestían, los libros que tocaron y sobre todo sus propios cuerpos (enteros o despiezados) se convirtiese ya no sólo en un objeto con sentido espiritual, sino en una pieza de coleccionismo. La psicosis de la realeza europea y de la nobleza por coleccionar reliquias, que exhibían en lujosos relicarios junto a sus colecciones de arte, marcó la burbuja definitiva de un mercado que nunca aportó pérdidas a quienes participaron de él.

Pero no es exclusivamente una devoción cristiana o, más bien, católica, pues el culto a ellas fue rechazado -aunque practicado igualmente- por las distintas iglesias reformadas surgidas en el siglo XVI. Existen en Turquía dientes del profeta Mahoma, y en Sri Lanka de Buda, que son adorados de la misma forma que lo son las reliquias católicas.

 

Del Santo Prepucio a los clavos de Cristo

Este Jesús está enterrado no sólo en Jerusalén,

sino también bajo una montaña de cursilería, fábulas y fraseología eclesiásticas.

(Uta Ranke-Heinemann, No y Amén.)

 

Jesucristo, como todo judío, fue circuncidado y alguien conservó el prepucio que le fue cortado en la operación y que terminó convirtiéndose en reliquia con el paso de los siglos. Mejor dicho, reliquias, pues a mediados de la Edad Media reclamaban estar en posesión de ese trocito de pellejo no menos de 10 iglesias y abadías. Disparatado o no, lo cierto es que no fue hasta 1900 cuando desde Roma se derogó el culto al Santo Prepucio, no sabemos si por pudor o por no conseguir determinar cuál de ellos era el verdadero. En cambio, aún no hay acuerdo común en si los cordones umbilicales conservados en las iglesias de San Giovanni in Laterano y Santa Maria del Popolo fueron o no de Jesucristo. Tarde ya para hacer una autopsia.

Poco después de nacer Jesús recibió la visita de los Reyes Magos. Fuese como fuese su viaje a adorar al recién nacido, la tradición católica no atiende a su regreso a Oriente pero sí supo dar con sus enterramientos. Localizados durante las cruzadas y traídos a Europa en el siglo XII, sus restos hoy reposan en la catedral de Colonia, y con ellos los sueños de millones de niños como yo que, en su día, se negaron a aceptar aquello de que los Reyes eran los padres.

 

Arca con las reliquias de los Reyes Magos en la catedral alemana de Colonia

 

La resurrección de Cristo hacía imposible presentar como fidedignas reliquias suyas al no poder negar que ascendió al cielo, así que no quedaba más remedio que buscar (e inventar) muchas otras de sus años de vida terrenal. Contando las copas o cálices de la última cena que hay repartidos por el mundo tenemos más que los mismos asistentes a aquel encuentro (que fueron 13). Cena de la que existen reliquias como trozos de pan, legumbres que no se llegaron a consumir o incluso los manteles que cubrieron la mesa y que en el siglo XVIII regaló el duque de Cardona y de Segorbe a la colección de reliquias de la catedral de Toledo. María, Virgen y madre, recibió la visita del Espíritu Santo en forma de paloma y tras ello quedó embarazada e inmaculada mientras que la paloma subía al cielo dejando por el camino plumas y huevos que formaron parte de la colección del arzobispo Albrecht de Mainz, hoy desaparecidas. De San Juan Bautista se cuentan en total casi 60 dedos repartidos en colecciones y relicarios de iglesias (ninguno en Toledo, aunque sí tenemos aquí la cabeza de quien según la tradición bautizó a Jesucristo), clavos de la cruz de Cristo casi 50, monedas con las que Judas vendió a Cristo en la Última cena existen casi 500 y dientes de leche del pequeño Jesús otros tantos. Aunque sólo algunos han sido considerados falsos por evaluadores pontificios, la inmensa mayoría fueron y se siguen considerando auténticos (o, al menos, sin que la Iglesia cuestione su autenticidad y promueva la eliminación del culto y de la devoción).

 

Relicario de San Juan Bautista en la catedral de Toledo [Fuente Catedral Primada]

 

Entre las colecciones de reliquias de Toledo más conocidas, y sin duda la más visitada por su accesibilidad, es la de la iglesia de la Compañía de Jesús, protagonistas indiscutibles en la revitalización del culto a las reliquias tras el Concilio de Trento. Contuvo varias reliquias hoy perdidas del santo y fundador de la compañía, Ignacio de Loyola, traídas desde Roma a Toledo por uno de sus más estrechos colaboradores y amigos, el padre Ribadeneira. Al menos hasta 1954 estuvieron allí, pero no se sabe si se extraviaron en alguna de las muchas veces que se sacaban para acompañar a parturientas en el momento del parto, o en el incendio que se desató a finales del siglo pasado justo en esa zona de la iglesia.

Relicario del ochavo de la iglesia de San Ildefonso o de los Jesuitas (mediados del siglo XVIII)

 

El Ochavo de la Catedral, el Sacrarium de las reliquias de Toledo

Pero de todos los relicarios existentes en Toledo el de la Catedral es, a la vez, el más famoso y desconocido. Famoso porque es el que más atención ha obtenido durante siglos, desconocido porque hace años que se cerró al público y ni los toledanos tienen fácil acceder a esa recoleta sala vecina de la Sacristía (desafortunadamente para el gran público y afortunadamente para su conservación). Incluso vacío de sus reliquias, el Ochavo o el SacrariumSagrario, como tradicionalmente se le conocía, es un espacio impresionante.

El Ochavo, con la cruz del cardenal Mendoza en el centro, desde la puerta de acceso

Fue el cardenal Quiroga, mecenas fundamental en la historia de Toledo, quien decidió emprender esta nueva obra en la Catedral para alojar las recién recibidas reliquias de San Eugenio y de Santa Leocadia, y unir a ellas la impresionante colección que ya atesoraba la catedral. Sacrarium cuyos techos fueron decorados por Carreño de Miranda y Francisco Rizi, “pintores de Su Magestad y de dicha Santa Yglesia [de Toledo]”, como indica el contrato que firmaron en 1665.

Contrato entre el Cabildo catedralicio y el pintor Juan Carreño de Miranda (AHPT)

 

El paso del tiempo deterioró enormemente los frescos, que fueron nuevamente restaurados y readaptados a finales del siglo XVIII por Mariano Maella, autor también de todos los que rodean las paredes del claustro de la catedral y que pintó el programa iconográfico actual.

Frescos del Ochavo tras la restauración de Maella

Las noticias que tenemos de las reliquias son exageradas tanto en el número como en la procedencia. Hace años localicé un listado manuscrito en la British Library de Londres que incluye la lista de Reliquias y alhajas que varios particulares han dado a esta Santa Iglesia (de Toledo), y que es una copia distinta al elaborado por orden del cardenal Lorenzana en 1790. La nómina de donantes de reliquias es tan alucinante que no me resisto a detallarla, aunque sea de forma parcial.

 

Relación de reliquias (BL, Egerton MS 1881)

 

La catedral de Zaragoza entregó una parte de la cabeza del primer inquisidor de Aragón, San Pedro Arbués, custodiado en un relicario original del siglo XVII.

 

Relicari de San Pedro de Arbués [Fuente Catedral Primada]

 

El marqués de Spínola, el mismo que retrató Rubens durante su gobierno en Flandes como General de las Armadas españolas y de los Tercios, donó otras tantas cabezas de santos junto a dos de las 11.000 vírgenes (que fueron muchas menos, tan sólo 11, pero las malas traducciones se pegan por la historia como el chapapote) martirizadas junto a Santa Úrsula. La cabeza de San Alejandro, los cuerpos de San Máximo, San Felipe Mártir y de San Dionisio Mártir (con la autenticación de la reliquia dada por un Cardenal de la Santa Sede) se fueron sumando a la colección durante el siglo XVII. E incluso en el XVIII, bien avanzado el siglo y como última entrada del listado manuscrito, don Pedro de Aragón, duque de Cardona y Segorbe, entregaba varios relicarios con huesos de San Pablo y de San Pedro Apóstol, partes de las cadenas y de la tierra de la cárcel en la que estuvo apresado, seis cabellos de la Virgen María y un hueso de Santa Ana, “todo con testimonio auténtico de verificación de dichas reliquias” como indica la memoria manuscrita.

Los arzobispos toledanos fueron especialmente prolijos en donaciones. Según la memoria manuscrita, Gil de Albornoz hizo entrega de la mano derecha de Santa Lucía, envuelta en telas del siglo XVII y conservada actualmente en un relicario de plata realizado en Siena en el siglo XIV.

 

Relicario de Santa Lucía [Fuente Catedral Primada]

 

Pedro González de Mendoza, compañero de los Reyes Católicos en la toma de Granada de 1492, entregó entre otras la cruz que presidió el final de la conquista desde Torres Bermejas en aquel mes de enero, con un pedazo de la cruz de Cristo (Lignum crucis) en su interior, que ocupa la parte central de la sala.

 

Relicario del cardenal Mendoza [Fuente Catedral Primada]

 

García Loaysa y Girón, apasionado coleccionista de cabezas, entregó de su colección privada la de San Florián, dos de los Mártires de la Compañía de San Gereón y otra más de las 11 (mil) vírgenes. Tan sobrado iba de cabezas que donó otras dos sin nombre ni procedencia “de santos cuyos nombres se ignoran” como indica el manuscrito. Fuesen quienes fuesen, santos eran (o igual no). Bernardo de Sandoval y Rojas añadió más trozos de la cruz de Cristo a la colección, una espina de la corona que llevó durante el calvario, el cuerpo de San Reinaldo Monje y un brazo de Santa Dorotea.

 

Relicario de Santa Dorotea [Fuente Catedral Primada]

Pero ninguno fue tan generoso según esta relación como don Pascual de Aragón, a quien el coleccionismo de reliquias debía fascinarle. Tras su paso por Italia como embajador de Felipe IV hizo la entrega más espectacular de todas las realizadas por los prelados: los cuerpos de los santos mártires San Olimpo, Santa Aurelia, San Germán, San Procopio y otros que había conseguido durante su estancia en Roma. En 1674 volvió a obsequiar con el cuerpo de Santa Úrsula, aumentando la nómina de las reliquias procedentes de la vírgenes y mártires alemanas asesinadas por orden de Atila, Rey de los Hunos, que había empezado con las donaciones de Spínola. También un dedo de San Juan de Dios en un relicario de plata, un relicario variado con restos del apóstol San Andrés, de San Mauro, San Pancracio y otros que el cardenal obtuvo en uno de sus viajes por la ciudad de Amalfi y varias otras reliquias “menores”. La donación terminó con una camisa de San Felipe Neri y una reliquia que anticipaba la llegada con la que daba inicio este artículo: un hueso de San Ildefonso, patrón de la ciudad, cuyos restos no llegarían hasta el año 2007.

 

 

Años después un nuevo arzobispo, Luis Portocarrero, no quiso quedarse atrás y ofreció a la iglesia varias reliquias de su colección, todas de Santa Rosalía, patrona de Sicilia, en una procesión que inevitablemente recuerda a la mucho más reciente de San Ildefonso. Según el manuscrito Portocarrero “de su palacio trajo el cabildo procesionalmente asistido del Clero, Religiones, y Ciudad el cuerpo de San Magno Mártir en una urna de bronce dorado, y en ella también una copa de vidrio con sangre del mismo santo el 3 de septiembre de 1679″. A ellas sumó otras reliquias de Santa Sabina, una muela de Santa Teresa de Jesús, una firma en papel y un hueso de Santo Tomás de Villanueva y otro idéntico con firma y hueso de San Carlos Borromeo.

Especialmente interesantes son las entregas que algunos reyes hicieron, sobre todo porque han teñido de leyendas al Ochavo de la Catedral haciéndole poseedor de reliquias que, quizá, nunca existieron. O como nos gusta decir a los españoles: sí existieron y estaban aquí, pero se las llevaron los franceses en el siglo XIX. El rey Fernando el Católico regaló varios huesos de San Pedro y de San Pablo. Felipe II, el mayor coleccionista de reliquias de la España del siglo XVI, y a quien se debe en gran parte el relicario del monasterio de El Escorial, donó algunos cuerpos tras cuya llegada comenzaron las obras de construcción del Ochavo. Junto al de Santa Ana (según la memoria manuscrita), el San Eugenio, primer arzobispo toledano, llegaba procedente de la abadía de Saint Denis por decisión personal del Rey Prudente, cuyo escudo flanquea el arca que las contiene.

 

Relicario de San Eugenio [Fuente Catedral Primada]

 

Años después, desde el monasterio de San Ghislen en la diócesis de Cambray, el rey hizo traer el cuerpo de Santa Leocadia, que supuestamente había sido evacuado de la ciudad tras la conquista islámica.

 

Relicario de Santa Leocadia [Fuente Catedral Primada]

 

Leche materna de la Virgen, pañales del Niño Dios y algunas partecicas

Ningún rey fue tan generoso como San Luis Rey de Francia, primer gran mecenas de la colección de reliquias de la Catedral. En 1248 dirigía una carta que acompañaba su donación en la que explicaba que “queriendo adornar vuestra iglesia con un excelente don por medio de nuestro amado Juan Venerable Arzobispo de Toledo, y a su instancia, os enviamos algunas preciosas partecicas de los venerables y señalados (…) que tuve del Tesoro del Imperio Constantinopolitano”. Otra vez las Cruzadas, otra vez el siglo XIII, otra vez las sospechas de autenticidad…

De la colección de reliquias de San Luis Rey de Francia procedía la primera espina de la corona de Cristo que llegó a Toledo, un botecito con “leche de la Santa Virgen María” (reliquia que la Catedral de Toledo compartía con la de Oviedo), de la túnica purpúrea de que fue vestido el Señor en su Pasión, la toalla con la que se secó cuando lavó los pies a los discípulos, la sábana con la que estuvo envuelto en el sepulcro y algunos de los primeros pañales del Niño Dios. Estas fueron y son, sin duda, las que más quebraderos de cabeza han dado a los que han querido estudiar el origen y la dispersión de las reliquias de Toledo, más allá de su supuesta veracidad o no. Porque muchas hoy, desafortunadamente, no se encuentran en el Ochavo. El lignum crucis (dos trozos de piedra de la columna en la que fue flagelado Cristo) se conserva en un relicario del siglo XIV que aún se emplea en el ritual de nombramiento de los arzobispos toledanos. También la espina de la corona, custodiada en un relicario de plata dorada del siglo XV, y un lujoso relicario de plata en el que se conserva la carta remitida en 1248 haciendo donación de las reliquias. Pero no hay rastro de la leche materna de la Virgen María, de los pañales, las toallas ni el santo sudario.

Relicario de la Santa Espina de San Luis Rey de Francia

Sea como fuere, la devoción por estos objetos tocó techo durante el Barroco y ciertamente comenzó a decaer cuando se fueron abriendo paso el racionalismo y la Ilustración. Pero en absoluto desaparecieron. Que las reliquias fueron perdiendo con el tiempo su función mágica y devocional para convertirse en objetos de lujo propios del gusto de coleccionistas de arte y rarezas lo prueba un robo reciente, sin duda decidido y ofrecido por algún coleccionista de arte y no ya por un fiel cristiano. Despojadas de su sentido original, hoy estos tesoros del cielo siguen despertando curiosidad pero sobre todo morbo a quienes, ya desde un punto de vista aconfesional, se acercan a observar algunos de los relicarios que son a la vez una muestra de arte, riqueza y poder, y no sólo (o no tanto) un signo de devoción. Al menos hasta que alguien dé con el paradero del bote de lecha materna de la Virgen María o pruebe, como muchos deseamos, que los Reyes Magos no son quienes están custodiados en la urna de la catedral de Colonia.

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