“Toledo es uno de esos lugares privilegiados en que confluyen el espacio y el tiempo. Ambos se enganchan en mutuo abrazo, se arrastran, se desplazan, se funden y confunden en una amalgama que, si se trata de separar, se vuelve incomprensible”
(Una historia de Toledo, p. 17).
Una historia de Toledo bien podría haberse llamado Una historia (de amor) de Toledo, y no haría falta más presentación. Pero como quizá no todo el mundo conoce a Fernando Martínez Gil ni ha tenido la suerte de hacerse con un ejemplar de La invención de Toledo. Imágenes históricas de una identidad urbana, rareza de la historiografía toledana más reciente -e imposible de encontrar hoy en librerías-, el recordado Juan Sánchez os presenta este libro que sé que os encantará regalar y que os regalen.

La Invención de Toledo, de Fernando Martínez Gil (Almud, 2007)
Juan, autor del prólogo, escribía que este es un “libro importantísimo para la historiografía, la sociología e incluso la política de nuestra ciudad (…) una obra apasionante que enamora: quien lea esta historia se habrá enamorado irremediablemente de nuestra ciudad y de su historia, que es en buena medida, como tantos historiadores han dicho, la historia de nuestro país” (9). Antes de que Madrid fuese España dentro de España, pocas ciudades como Toledo podían decir también eso, pues pocas han tenido tanto peso en la conformación de las distintas identidades españolas a lo largo de los últimos siglos. Y hablo de identidades, en plural, siendo plenamente consciente de ello. Porque de eso va este libro, y de eso va también La invención de Toledo: de la gestación de mitos, de la transformación de estos, y de cómo lo histórico y lo mitológico, lo tangible y lo intangible, lo real y lo inventado, han ido dando forma a la ciudad física pero también a la ciudad imaginada y a sus múltiples identidades.
Que nadie se asuste. Una historia de Toledo se acerca, se enfrenta, a los infinitos mitos locales, no con afán de destruirlos, sino de explicarlos. Todo el mundo tiene derecho a tener sus mitos. Todo país, toda ciudad, toda cofradía y toda institución los disfruta y los renueva, los resignifica y los festeja, y está bien. Pero la labor de un historiador es explicarlos y ayudar a que se entiendan, y Fernando Martínez Gil es un historiador de oficio, como saben quienes lo han tenido de profesor o hayan podido escucharle en alguna de sus conferencias.

El autor junto a la alcaldesa Milagros Tolón y Juan Sánchez, durante la presentación en el Ayuntamiento (Fuente: toledo.es)
Por eso me he decidido a reseñar la biografía de mi ciudad que más recomiendo cuando alguien me pregunta qué libro comprar después de hacer algún tour conmigo. Exactamente una corografía, como aquellas a las que Martínez Gil acude para explicar los siglos de auge y decadencia local en los que sus cronistas dieron forma a una ciudad imaginaria que aún sobrevive no sólo en las identidades colectivas toledanas, sino también en no pocas propuestas turísticas. Porque no llegamos de la nada al presente fatídico del colapso de calles enteras como el que hemos vivido este puente de la Constitución y la Inmaculada, sino a través de un largo camino que ha ido sustituyendo unos mitos por otros, y una ciudad que ha ido fagocitándose a sí misma una y otra vez, como sólo las grandes ciudades como Roma o El Cairo pueden hacer.
Admito que el giro que menos me gusta de las cambiantes identidades de Toledo es el abandono que se ha hecho del deseo de haber sido una ciudad de raigambre oriental. Aunque los reyes castellanos medievales quisieran ser todos descendientes de Don Pelayo, sus cronistas y los de los siglos siguientes seguían soñando con tener un huequecito en la Biblia, aunque fuese una nota al pie. El propio rey Alfonso X apadrinó la Crónica General de España en la que la fundación de Toledo recaía en Rocas, un rey mitológico oriental que había dejado su reino en Oriente y vino a fundar Toledo. Tiempo después, los almuiuces, otro pueblo imaginado procedente de Caldea, se habría asentado en la península y fundar algunas de sus ciudades más importantes. Todavía en el siglo XVI, el historiador Pedro de Alcocer escribió que Toledo que fue fundada antes de Rómulo y Remo incluso, por un nigromante griego llamado Ferecio, y contemporáneos suyos como Garibay, Arias Montano y Román de la Higuera se inclinaron por la hipótesis de una ciudad fundada por judíos que huían de la Babilonia de Nabucodonosor y que fundaron, con tierra traída de allí, templos como la sinagoga que hoy conocemos como Santa María la Blanca. Otros cronistas, incluso, llegaron a remontarse a Túbal, nieto de Noé, como fundador mitológico de la ciudad (24-27).

Sinagoga de Santa María la Blanca (Foto de David Utrilla)
Toledo no aparece en la Biblia aunque el Sefarad medieval se imaginase aquí, y muy probablemente tampoco fuese fundada por pueblos venidos del origen de las más importantes civilizaciones que han ido dando forma a Europa y a los pueblos del Mediterráneo. Pero tampoco importa, aunque hoy busquemos esencias y orígenes en todo, hasta en la música que escuchamos y los nudos de las alfombras que pisamos en nuestras casas. ¿Y esto quién lo trae, y esto cuándo nace, y esto otro de dónde viene? …
Una historia de Toledo es un libro que merece la pena ser leído porque de todos los debates que aún colean en Toledo sobre su propia historia, no hay uno que no quede contextualizado, que de eso va la Historia como disciplina. Un libro cuidado en su edición por Perro Malo, con una narrativa igualmente cuidada por el autor y una exquisita y escrupulosa metodología. Y es una actualización de todo lo escrito hasta ahora, un recorrido por todos los debates historiográficos del siglo XX y XXI. Es un libro de Historia, con mayúsculas, que capítulo a capítulo y de forma cronológica va recorriendo los infinitos Toledos que ha habido antes de llegar al actual, dejando una puerta abierta que asusta: nos dirigimos a un Toledo distinto dentro de un tiempo radicalmente nuevo, en el que la ciudad histórica ya no es el corazón de la ciudad moderna, ni en población ni en proyecto de futuro.

Arrabal de la ciudad y Puerta de Bisagra Nueva desde la Puerta de Bisagra Vieja
Siglo a siglo, sin concesiones al sentimentalismo, desde los orígenes desconocidos de la ciudad a su amenazante presente por culpa de un fantasma que también amenaza otras ciudades, como es el modelo turístico actual. Por eso hay que leerlo. Porque está bien escrito, porque es riguroso en todo, pero sobre todo porque es claro a la hora de afrontar las contradicciones y complejos que esta ciudad arrastra con su pasado. Empezando por el de celebraciones como las de hace semanas, decididas en tiempos recientes, que han dejado atrás otras que lo fueron antes como el recuerdo de San Eugenio y Santa Leocadia, patrona de la ciudad y recordada -cada vez menos- el 9 de diciembre.
Aunque la iglesia toledana considera a San Eugenio como el primero de sus arzobispos, hoy sabemos que su culto no fue extendido hasta el siglo XII, casi un milenio después de la supuesta vida del santo. Pero no fue este primer obispo sino la primera mártir, Leocadia, de la que tampoco existen fuentes documentales contemporáneas, la que sirvió como impulso para el cristianismo local tiempo después: “Es difícil precisar cuándo comenzó realmente el culto a Santa Leocadia, aunque lo más probable es que fuese en época tardía, tal vez la visigoda. En todo caso, la iglesia Toledana ya existía en el siglo IV, puede que antes, y cobró tal importancia que fue digan de acoger un concilio, el primero de su historia, en el año 400, del que resultó la proscripción de la herejía prisciliana” (31).

Santa Leocadia en el Altar del Transparente de la Catedral de Toledo
El sobredimensionado legado godo ocupa un capítulo central del libro, no tanto por la realidad de lo que fue aquel periodo, sino por la instrumentalización que se hizo de él muchos siglos después.
“El patrimonio simbólico que se asocia a ese tiempo legendario es impresionante, pues los historiadores locales de los tiempos medievales y modernos no cesaron en su empeño de evocar, magnificándolo, ese instante auténticamente fundacional de las esencias toledanistas. Y, sin embargo, en el libro que constituyen las diversas capas o generaciones artísticas como las denominara Galdós, de la ciudad que hemos heredado, falta precisamente esa página, como si un lector envidioso se hubiese propuesto arrancarla con todo cuidado para que no quedase huella. Ni un solo edificio, ni siquiera en ruinas, deja constancia de que Toledo fue una vez capital de los godos” (34-35).

Iglesia de San Román
El libro pasa de puntillas por el tiempo de la Tulaytula islámica, a la que en los siguientes capítulos el autor va y viene para explicar las tensiones que marcaron el tiempo que se abrió tras la conquista de 1085, así como la innegable herencia islámica que pervivió durante toda la Edad Media y ha definido, hasta hoy, el urbanismo de la ciudad que habitamos. Una ciudad que comenzó a llenarse de mozárabes, no porque estuvieran resistiendo el yugo islámico, al decir de Simonet, antes de 1085, sino porque fueron llegando como migrantes del sur con la conquista de los almorávides y almohades y absorbiendo, muy probablemente, a muchos musulmanes convertidos que eligieron cambiar de religión para quedarse en sus casas y en la ciudad que había sido la suya y la de sus antepasados. De las seis parroquias mozárabes archirepetidas en el imaginario colectivo “no se tiene noticia de estos templos en época musulmana” (47), y sólo apelando a los mozárabes de ciudades como Sevilla (¿quién si no fundaría la parroquia de Santa Justa y Rufina en Toledo?) y “sin tampoco olvidar a los seguramente numerosos mudéjares conversos” (72), podremos entender lo que realmente fueron los mozárabes en su contexto.
Los mozárabes que no fueron y las tres culturas que tampoco lo fueron, son mitos que el turismo actual manosea cada día aunque “en realidad, habría que precisar y referirse más bien a las tres religiones, puesto que culturas no hubo más que dos que se relevaron en su posición hegemónica: antes de 1085, la cultura árabe, y después de la conquista, la cultura cristiana” (67). Lo mismo que el discutidísimo “arte mudéjar” que, si sigues este blog, sabrás que nunca fue, pues la ciudad siguió arquitectónicamente apegada a su herencia andalusí y “siendo fiel a un estilo de construir arraigado en tradiciones propias y que ha pasado a la historia con el título de “arte mudéjar”, en la creencia, hoy superada, de que habrían sido sus artífices alarifes musulmanes” (75). No hay rastro documental de aquella fatídica invención de Amador de los Ríos que pruebe la mano musulmana en las infinitas construcciones que se les atribuyen, por más que se repita a diario hasta el infinito en muchas visitas guiadas y free tours.

Pedro de Alcocer: Historia o descripción de la Imperial ciudad de Toledo, 1554 (Biblioteca Regional de C-LM, sign. 4-8489)
Con el paso de la Edad Media a la Moderna, algunos toledanos lloraron la nostalgia de una capitalidad perdida que tampoco lo fue nunca. Cuando en 1561 la corte de Felipe II abandonó la ciudad, nadie pensó que jamás regresaría porque nadie creyó nunca que su estancia en Toledo fuese definitivo. “Nadie se alarmó al verla alejarse porque, en contra de lo que muchos creen todavía hoy, Toledo no había sido en el siglo XVI, como si llegase a serlo en tiempo de los godos, la capital de la monarquía, sino una más de las sedes en que con frecuencia, pero de forma esporádica, se detenía una corte siempre itinerante. Tal vez esta confusión pueda explicarse por el hecho de que en esta ocasión Felipe II llevó su séquito de Toledo a Madrid para, ahora sí, y por vez primera, asentar su capital permanente” en la que hoy sigue siéndolo (114). Y aquí empezó la larga etapa de agonía pero también de nostalgia de la ciudad, que aún perdura en no pocos toledanos.
Los cronistas se lanzaron al trabajo de reafirmar las aspiraciones ideológicas de la ciudad como capital y catedral primada, jugando con la historia muchas veces a su antojo y dando forma a mitos e invenciones que aún perduran e inflaman el pecho de los más apasionados toledanos de hoy. “Fueron estas obras [de autores como Alcocer o Pisa] las que, profundizando en el pasado y, en muchos casos, manipulando abiertamente, fijaron su gloriosa imagen de ciudad antiquísima fundada por Hércules o Túbal y llenaron de contenido sus títulos de imperial, muy noble y muy leal” (130). A ellos se sumó el gran falsario jesuita Jerónimo Román de la Higuera, “cuyos cronicones pretendieron ennoblecer la historia eclesiástica de la sede primada” (155) y siglos después siguen alimentando las nostalgias de muchos y el contenido de las visitas guiadas turísticas de otros. Cuando redactaba mi tesis doctoral hace diez años trabajé con una correspondencia preciosa entre distintos intelectuales de la segunda mitad del siglo XVII como Nicolás Antonio o el Marqués de Mondéjar, que un siglo después aún lamentaban el daño hecho por Román de la Higuera y la dificultad de arrojar luz sobre los cronicones inventados por el jesuita para fantasear una historia de Toledo que nunca fue aunque muchos lo pretendieron.

Carta de Nicolás Antonio al Doctor Vázquez Siruela rastreando las citas falsas de los cronicones en obras de autores del siglo XVII (Biblioteca Real de Madrid)
Aunque en tiempos más recientes se ha escrito aquello de que “Después de Roma, Toledo”, cualquiera que conozca la historia de Roma y la haya visitado, entenderá que Toledo no resiste la comparación. Menos aún con Jerusalén, aunque a partir del siglo XVI y ya libre del peso y de la sombra de la corte y de los reyes, los arzobispos toledanos se convirtieron en los grandes señores de la ciudad. “Todo el prestigio de Toledo se cifraba ya en su alto rango eclesiástico que hacía de ella una Segunda Roma, una nueva Jerusalén, ciudad santa y corte celestial en virtud de la descensión de la Virgen, el más claro signo de la elección divina” (180). Una primacía que había que pelear frente a Compostela, Braga o Tarragona entre otras ciudades, y sólo en ese contexto se entiende la recuperación de mitos pasados y la invención de no pocas historias -e incluso de fuentes que sustentasen las fantasías- como las de Román de la Higuera. Todavía se escucha al amparo de alguno de esos paraguas de colores que colapsan las calles de la ciudad, aquello de que Toledo está enclavada sobre siete colinas o que debajo de cada mezquita existía antes una iglesia cristiana.
De aquella “Roma española” nos queda el recuerdo de un Corpus que muchos piensan fosilizado en el Barroco, pero que realmente nunca ha dejado “de evolucionar de generación en generación, y de fiesta barroca fue poco a poco transformándose en fiesta burguesa, aunque manteniendo siempre su carácter de exhibición del orden social imperante y de su jerarquía” (142). La decadencia de aquella ciudad atraviesa la última parte del libro con datos que inevitablemente entristecen al lector de esta historia (de amor) de Toledo. La pérdida de población constante que aún atenaza a la antigua ciudad histórica, hoy convertida ya en un barrio más, marcó los siglos XVIII y XIX hasta alcanzar cifras por debajo de los 18.000 habitantes. La ocupación napoleónica y la destrucción de conventos “además de numerosas capillas y ermitas, hasta diez monasterios fueron total o parcialmente destruidos” (208) terminó por consolidar la decadencia con la desaparición de muchos vecinos pero con la aparición de nuevos visitantes atraídos, en parte, por esa misma ruina: los turistas.

Litografía de un Toledo idealizado, por Genaro Pérez de Villaamil (siglo XIX)
“Toledo había sobrevivido a las espantosas guerras napoleónicas, pero a costa de recibir graves heridas que durante mucho tiempo fueron bien visibles en su piel urbana. El Alcázar, edificios monásticos y barrios enteros fueron reducidos a escombros. Y, sin embargo, ese aspecto desolado y miserable que hubiera horrorizado a los ilustrados se convirtió paradójicamente en un poderoso atractivo cuando la nueva sensibilidad romántica hizo de las ruinas un objeto de culto” (213).
A esta ciudad decadente comenzaron a llegar los primeros viajeros que fijaron la imagen exótica de toda España y especialmente de ciudades como Toledo tan cercanas a Madrid y tan importantes en la conformación de la identidad de España. Nacía el pintoresquismo con obras que loaban la ruina y la nostalgia de lo que había sido la ciudad “y de un modo especial el orientalismo que parecía impregnarlo todo y que hacía patente la pervivencia de moros y judíos, así como de un tiempo pasado ya desaparecido y que por eso mismo era sublimado hasta convertirlo en vía de escape a una realidad insatisfactoria” (215).
El elefante en la habitación de esta ciudad es un paquete conjunto en el que están el turismo de masas, el abandono del río Tajo y del Casco histórico como barrio para los vecinos y la decadente oferta cultural de la ciudad que protagonizan las últimas páginas del libro. Fernando Martínez Gil no rehúye ninguno de esos temas. En el prólogo recuerda cómo “es la propia Toledo, en su patrimonio material y simbólico, el mejor libro para comprender la historia y dejarse atrapar por ella. Y Galdós, al igual que Bécquer o Rilke, o Marañón, o cualquier viajero, que no turista, de nuestros días, se empeñó en desvelar sus secretos callejeando y compartiendo el pan cotidiano con los paisanos” (20). Hoy los paisanos no son un reclamo para los turistas, sino muchas veces un estorbo para sus fotos y sus paseos, algo que está generando tensiones lógicas en todas las ciudades patrimoniales que se han visto desbordadas por este modelo de turismo de masas descontrolado. Las interacciones y contactos que antes facilitaban los viajes y el turismo, ese enriquecimiento mutuo entre turistas y nativos que sirvió de justificación hace décadas para vender el turismo como el motor económico del futuro, hoy se han perdido por el ritmo frenético con el que se hace turismo pero también por la escasa curiosidad de gran parte de los turistas, que buscan repetir experiencias que ya han visto vivir a otros para así poder contarlas también ellos en sus redes sociales.

Calle Comercio este fin de semana (Fuente: El Español)
Turismo y cultura no siempre van de la mano, aunque turismo y patrimonio parezcan un binomio indisoluble. Por eso las últimas reflexiones del autor merecen ser leídas sin que yo haga otra cosa que transcribirlas:
“Pero es en el terreno cultural donde más queda por hacer (…) La política cultural adolece de una notable falta de rumbo y de perseverancia, lo que ha impedido que Toledo pueda venderse al exterior por medio de eventos de referencia, ya sean artísticos, literarios, teatrales o cinematográficos.
En relación al Casco histórico, resulta paradójico señalar un hecho singular. Y es que la ciudad en su conjunto ha alcanzado el más elevado nivel demográfico de toda su historia (…) pero la Toledo histórica que delimitan sus murallas nunca, en los siglos de que se disponen datos, ha albergado una población tan escasa (…) [el Casco Histórico] continúa padeciendo el proceso de envejecimiento y despoblación, lo que le pone en riesgo de convertirse en parque temático para el turismo y en centro administrativo con una débil funcionalidad residencial, es decir, en riesgo de dejar de ser una verdadera ciudad.
Pero el gran olvidado de la planificación urbana sigue siendo el río Tajo, parte sustancial de la identidad toledana y razón de ser de la propia ciudad (…) A la contaminación de sus aguas se añadió, en los años 70 del pasado siglo, el trasvase Tajo-Segura que aún sigue en plena vigencia. En consecuencia se ha producido en las últimas generaciones un distanciamiento de la vida ciudadana con respecto a un río que había estado siempre profundamente integrado en ella o, lo que es lo mismo, una pérdida de la identidad propia, pues Toledo, sin el Tajo, no es. (…) Urge, pues, limpiar sus aguas, para lo que se requiere el firme activismo de una voluntad política que hasta hoy no ha existido, y poner fin al trasvase para recuperar el caudal natural del río, no sólo con el fin de rescatar un recurso vital para el desarrollo de las comarcas ribereñas, sino para regenerar un ecosistema del que dependemos todos” (293-297)

Huerta del Rey y Vega Alta del Río Tajo
Una historia de Toledo termina así, esbozando la continuidad que pueda tener otra historia más de este Toledo que no ha dejado de reinventarse a lo largo de su propia historia. Vuelvo al inicio del libro y al prólogo de Juan Sánchez, titulado con buen tino “Una historia de Toledo para todos”, en el que quizá resuma el motivo principal por el que hay que leer este libro: porque “estamos ante una obra de un historiador comprometido con su tiempo (…) un hombre y un historiador que lucha para que nuestra ciudad busque siempre su presente y su futuro aprovechando esa experiencia pero sin anclarse en ella. No quiere una ciudad convertida en un parque temático para un turismo de masas sino una ciudad viva y desde la complicidad con el proyecto de ciudad”. Somos muchos y muchas quienes no queremos eso, no queremos más nostalgia de lo que fueron sino un proyecto de futuro para los que somos y la habitamos ahora. Y estamos convencidos de que la historia es una herramienta fundamental para adquirir una visión crítica del presente echando un ojo al pasado.
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Muchas gracias Felipe por informarme de este libro.
De nuevo podré vivir esa bonita ciudad desplazándome por las diferentes épocas de su historia.
Siento mucho el turismo masivo que os invade. Viajar sin haber preparado el viaje sin saber por qué se viaja, me parece una falta de respeto hacia sus habitantes. Lo siento.
Gracias a ti, Amor.
El turismo ha sido siempre una salida económica, pero ahora está transformando los lugares de los que se beneficia. Y eso tenemos que repensarlo. Es urgente.