Unorthodox fue una de las series más vistas del año pasado. Después del exitazo que tuvo, los productores de otra serie, Shtisel, no podían dejar pasar la oportunidad de retomar la grabación que dejaron a medias hace años. Una de sus protagonistas había tocado techo en 2020 con Unorthodox, y en pleno confinamiento se pusieron con la tercera temporada de la serie que vio nacer como actriz a Shira Haas, Ruhani, antes de convertirse en la súper estrella que es hoy gracias al papel de Esty. Esta semana pasada, ¡por fin!, se ha estrenado la tercera temporada de Shtisel, una serie ambientada en un barrio como Mea Shearim y en la vida cotidiana de la comunidad de judíos ultraortodoxos. Akiva Shtishel es uno de sus protagonistas, un (no tan)joven que vive una eterna edad del pavo y es autor de un cuadro que aparece en varios capítulos de esta tercera temporada y que fácilmente mucha gente reconocerá sin haberlo visto antes.

 

Libbi Shtisel

 

No os cuento más sobre el cuadro (originariamente pintado por Alex Tubis) ni sobre la serie, porque si en las rutas recomiendo a la gente que la vea, aquí voy a insistir de nuevo en que lo hagáis, tanto Unorthodox como Shtisel. Sobre todo para que cuando os vengáis de ruta por Toledo entendáis que tanto mikvé como últimamente aparece en la ciudad no tiene sustento arqueológico ninguno, y sí mucho interés turístico (guiño-guiño a quienes leéis esto después de haber pasado por una de mis rutas).

El caso es que al ver ese cuadro rápidamente me acordé de otro que te obliga a pararte siempre que pasas por delante, y que forma parte de la colección que el Museo Thyssen tiene en Madrid: Santa Casilda de Zurbarán. Santa de la tradición toledana que, según esa misma tradición, murió un 9 de abril en Burgos y que cada vez que voy al Thyssen me mira/nos mira desafiante con un vestido bordado que tienes que acercarte para asegurarte de que no es real. Demasiadas coincidencias como para dejar pasar la ocasión de escribir algo sobre ella, sobre mitos e identidades locales y sobre la mayor y mejor colección de frescos que alberga la ciudad: la del claustro bajo de la Catedral.

 

Zurbarán, Santa Casilda (Museo Thyssen)

 

 

Santa Casilda, la primera morisca de la historia

Casilda fue, según la tradición, la primera morisca toledana. Llamamos moriscas a aquellas personas que abandonaron el islam y se convirtieron al cristianismo tras la conquista cristiana de al-Ándalus. O, dicho de otro modo, a quienes cambiaron de religión para seguir viviendo en sus casas y sus tierras, y que fueron especialmente numerosas tras la conquista de Granada en 1492.

Siempre según la tradición, Casilda era la hija de un rey de la taifa de Tulaytula. Ninguna hagiografía nos da su nombre árabe, aunque es imposible no ver en Casilda a las casidas, qasida árabes o chakame persas, las formas propias de la poesía oriental preislámica. Cuando su padre no le veía y la guardia del palacio descansaba, ella acudía a socorrer con alimentos a los presos y cautivos cristianos de la cárcel, hasta que un día fue descubierta y, milagrosamente, el alimento que llevaba escondido entre las ropas se convirtió en rosas y flores. No fue este el último milagro que experimentó en su vida, pues poco tiempo después, alentada por algunos cristianos, huyó de Toledo a bañarse en unas aguas milagrosas en Briviesca, famosas por ser curativas para otras tantas mujeres cristianas con dolencias menstruales y problemas de fertilidad. Casilda curó de sus males gracias a la intervención divina, jamás volvió a Tulaytula y permaneció el resto de sus días allí, convertida al cristianismo y retirada en una ermita en la que fue enterrada y terminó adoptando su nombre: Santa Casilda, centro de peregrinación y romerías durante siglos para los cristianos locales.

 

Bernardo Calderón de la Barca, Vida, y novena de la gloriosa Virgen Santa Casilda, Burgos, Atanasio Figueroa, 1736

 

Lo cierto es que no sabemos nada de Casilda por una sola fuente documental del siglo XI, en el que supuestamente vivió. Nadie hizo alusión a ella ni a una hija de ninguno de los tres reyes de la taifa de Tulaytula. Tampoco en el siglo XII ni en el XIII, y no fue hasta el siglo XIV cuando comenzó a ser citada de forma inconexa como santa y -a veces- mártir (aún hoy en la ficha del Museo Thyssen aparece como tal), apegada a la tradición burgalesa más que a la toledana. Siglos de silencio absoluto en relación a los milagros, a la huida desde Toledo hacia Burgos, a la conversión al cristianismo y abandono del islam, hechos que sin duda hubiesen generado tensiones y luchas internas en la corte taifa de Tulaytula, asediada por facciones contrarias que terminaron haciendo el trabajo a las tropas de Alfonso VI en 1085, como demostró hace años Maribel Fierro. Un hecho como la conversión al cristianismo de una hija del rey hubiese sido un bombazo político en la corte toledana que habría dejado reflejo en las crónicas y -escasa- documentación de la época. Pero no hay rastro de esta conversión.

 

Esteban de Garibay, Los XL libros del compendio historial de las chronicas y vniuersal historia de todos los reinos de España, Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1628.

 

Desde aquel siglo XIV en el que aparece citada por primera vez en biografías castellanas, Santa Casilda se convirtió en la abogada de las causas perdidas e intercesora en el cielo de mujeres con problemas de fertilidad, afecciones ginecológicas y hemorragias menstruales. Miles de mujeres acudían a ella pidiendo auxilio, peregrinando al santuario y arrojando piedras en las aguas del entorno de San Vicente en las que ella se curó. Su culto se disparó a partir del siglo XVI, con la profusión editorial de martirologios y flos sanctorum, de vidas y biografías de santos, de fiestas y romerías locales que buscaban recuperar -reinventar- tradiciones propias del mundo hispánico preislámico. Fueron los siglos XVI y XVII, en ese contexto de la Reforma Católica y la religiosidad postridentina, cuando comenzaron a aparecer las biografías de Santa Casilda, cuando las reliquias que estaban enterradas en el santuario burgalés se dividieron y trasladaron a las catedrales de Burgos y de Toledo, ya en 1624. Según la descripción de Natalio Moraleda, Sacristán Mayor de la Catedral que en 1885 elaboró un nuevo inventario de las reliquias, estas se encontrarían en el centro del retablo derecho de la Sala del Ochavo.

 

 

Fueron los siglos en los que la devoción se acentuó, como en tantos otros casos, y cuando el santuario burgalés comenzó a despuntar y a ampliarse con reformas estructurales e innumerables compras de arte en forma de retablos y cuadros. Santa Casilda se había convertido ya para entonces en una pieza fundamental de la identidad cristiana local de Briviesca, cuya fama y conversión del islam traspasaba los límites del santuario para llegar a la misma sede arzobispal de Burgos, donde Rizzi decoró con el milagro de las rosas un retablo en el trascoro de la catedral.

 

 

La fama de la santa toledana crecía en Burgos tanto como la ausencia de fuentes documentales comenzaba a incomodar a quienes intentaban, ya en el siglo XVIII, (re)escribir con metodología histórica y rigor lo que hasta entonces había venido siendo una concatenación de mitos. Los milagros de Santa Casilda no habían dejado de aumentar con el paso de los siglos, hasta que el Padre Flórez en las últimas décadas del siglo publicaba su tomo XXVII de La España Sagrada dedicado a la diócesis de Burgos. Después de compilar todas las informaciones publicadas sobre la santa y sus milagros, no tuvo más remedio que refutar como falsas y exageradas muchas noticas sobre ellas, poniendo sobre la mesa una duda que explicaría la fama en Burgos y el relativo silencio en Toledo: ¿por qué nadie habló de ella antes del siglo XIV, cómo puede ser que la hija de un rey musulmán de Toledo viviese aquellos milagros y no exista una sola información contemporánea de su conversión al cristianismo? Lo que dejaba en el aire Flórez era la posibilidad de que Casilda fuese un personaje inventado, una reelaboración de un mito clásico difundido tiempo después, con el objetivo de intentar debilitar la moral islámica en unos años, los de los siglos XIII y XIV, en los que la sucesión de victorias cristianas pocas veces era interrumpida con alguna derrota. Pero su fama y devoción era tan grande que Toledo quiso recuperar a una santa cuyo culto y veneración había generado más interés fuera que dentro de la ciudad.

Fue entonces también, a finales del siglo XVIII, cuando los milagros de Santa Casilda contaron por fin con un lugar digno a la altura de su eterna rival burgalesa: la catedral de Toledo. Contaba ya desde la década de 1730 con una escultura de mármol flanqueando el altar con la Virgen y el Niño que cierra la obra maestra del barroco toledano, el Transparente del maestro Narciso Tomé. Cuatro décadas después, el milagro de Santa Casilda pasó a ocupar uno de los lugares principales del claustro de la catedral, entre las capillas de San Pedro y de San Pablo, como parte de un programa iconográfico y decorativo más identitario que espiritual.

 

 

 

Orientalismo y milagros en el claustro de la catedral de Toledo: los frescos de (Maella y) Bayeu

Desde su llegada a la ciudad en 1772, el cardenal y arzobispo de Toledo, Francisco Antonio de Lorenzana, emprendió una campaña de resignificación de espacios sagrados y públicos y con clara “intención toledanista”, en tanto que buscaba reavivar y potenciar mitos y aspectos distintivos de la capital primada y de la tradición religiosa toledana. Para ello, había que recurrir a la tradición local desde tiempos preislámicos, de la que muchas veces apenas se tenían datos sólidos aunque innegablemente formase parte ya de la identidad local. Y la catedral siempre se prestaba a este tipo de proyectos.

 

 

En el lugar donde estuvieron documentadas algunas pinturas de los principales maestros del Renacimiento español, hoy completamente perdidas, Lorenzana encargó a Maella y Bayeu un nuevo programa iconográfico. Trece frescos distintos que refieren siete historias de la tradición cristiana local, buscando potenciar la devoción hacia figuras como San Eugenio, San Eulogio, San Eladio, San Ildefonso y San Julián y mitos arraigados como el del martirio de El Niño de la Guardia o el de Santa Leocadia. También Santa Casilda, que por primera vez contaba con un espacio artístico digno de la fama que había alcanzado con el paso de los siglos. Es interesante detenernos brevemente en la elección de estos pasajes, porque así se entenderá mejor no sólo el qué, sino el cómo son representados. El mito del Niño de la Guardia, asesinado por judíos, fue uno de los muchos supuestos crímenes rituales que sirvieron a modo de fake news en el siglo XV para desencadenar persecuciones contra la comunidad judía local, en un fenómeno extendido por toda Europa; mentiras repetidas mil veces que terminaron justificando masacres, sin prueba ni indicio de delito alguno. San Eulogio, obispo de Córdoba, fue detenido por el emir Mohammad I en Córdoba en el año 859 y él mismo terminó martirizándose, hoy se debate si para señalar la presión de los emires contra la comunidad cristiana o como rechazo al abandono paulatino de los mozárabes del cristianismo y su conversión al islam; a San Eugenio, primer obispo toledano, también la martirizaron y asesinaron según la tradición. Todas estas pinturas del claustro sirvieron para fijar posturas internas, para asentar una identidad colectiva en la que tan importante era conocer (aunque no pudiera documentarse) los santos y santas de la tradición local, como suponer (también sin pruebas) que existían unos enemigos beligerantes y perversos que siempre aprovecharían cualquier oportunidad para atacar a la sociedad cristiana. Enemigos que eran personificados en paganos precristianos pero, sobre todo, en judíos y musulmanes.

 

 

El camino que conduce al siglo XXI y que tiene una última parada en ese siglo XVIII en el que Bayeu pintó el milagro de Santa Casilda, se llama Orientalismo. El orientalismo es, de todas las definiciones posibles, un modo de relacionarse con Oriente basado en el lugar en el que el mundo araboislámico ocupa en la experiencia de Europa occidental. Oriente no es sólo el vecino inmediato de Europa, es también la región en la que Europa ha ido creando poco a poco unas colonias que comenzarían a ser una realidad en los años inmediatos a los que Bayeu trabajaba en la catedral. Pero Oriente, y esa es la gran contradicción para Europa y el mundo occidental, es también la fuente de sus civilizaciones y sus lenguas, su contrincante cultural. Desde los albores de la Edad Media, la propaganda europea se empeñó en desacreditar y deshumanizar a este rival geopolítico y confesional. Se presentaba a los musulmanes como una sociedad ignorante, retrasada, crédula de un falso profeta al que se acusaba de todo tipo de perfidias, de ser un embaucador y un proscrito. Europa cimentó su identidad expulsando el elemento islámico de su historia (que era la de España Portugal, Italia, Grecia y parte de los Balcanes), del mismo modo que España expulsó de la suya a miles y miles de españoles, los moriscos.  Todo esa caudal de prejuicios y estereotipos en relación al islam se asentaron durante siglos en el imaginario colectivo europeo, y aún hoy persisten. Escritores, artistas, políticos, académicos, colaboraron en ello, confirmando ese Oriente falso ante los ojos de sus contemporáneos, sin pretender jamás perturbar las sólidas convicciones que ya se tenían. Exotismo, tribus, violencia, retraso, misoginia y pobreza popular frente al derroche de las elites; a eso se reducía el islam a ojos de los europeos de finales del siglo XVIII, que comenzaban a asentarse por el decadente mundo otomano y a establecer colonias y posteriores protectorados.

 

Pintura de corte Orientalista del Milagro de Santa Casilda por José Nogales (Málaga, 1892) via El Reto Historico.

 

Siglos de propaganda habían conseguido deshumanizar al otro, al árabe, al musulmán, al judío, a los pueblos semitas, para presentarlos como antagonistas, como eternos enemigos a los que sólo con las armas y conquistas podrían someterse. Las referencias en la literatura española de la Edad Moderna a mujeres musulmanas que quieren huir de sus casas y ciudades y caen rendidas ante el valor, hombría, integridad y honor de algún cristiano, son numerosas.Un mundo literario medieval y moderno bien conocido por Bayeu, difundido en novelas y obras de teatro, en el cual los cristianos son siempre virtuosos y valerosos, lberales y buenos, mientras que los musulmanes son falsos, traidores, libertinos y déspotas; unos y otros vendrían a representar la idéntica visión que se daba de sus profestas, Jesucristo y Mahoma.

Y aquel enemigo del que huye Casilda, a finales del siglo XVIII tomaba forma en el ya decadente imperio Otomano, que aún extendía su poder por el Mediterráneo aunque comenzaba a perder influencia por los Balcanes y el sur de la actual Rusia. Es a esos musulmanes otomanos -y no a los reyes taifas de Tulaytula- a quienes Bayeu, imbuido en esa visión orientalista contemporánea a sus días, representó en los frescos de la catedral, y a Casilda como arquetipo de mujer virtuosa que huye del eterno enemigo de los cristianos. Tan cercanos a la realidad son los frescos de Bayeu sobre la Tulaytula andalusí como aquellas obras que Pérez Villaamil y otros inmediatamente posteriores pintaron sobre una Granada nazarí que nunca conocieron o un Marruecos que jamás pisaron.

 

 

Los frescos hay que leerlos de derecha a izquierda, empezando por el que ocupa el acceso a la capilla de San Pedro y girando hacia la izquierda en dirección a la de San Blas [primera foto de este epígrafe]. En el primero [segunda foto del epígrafe] se ve cómo una Casilda blanca, inmaculada, virgen y pura, alumbrada desde el cielo y completamente desprovista de referencias a la cultura árabe a la que pertenecía, alimenta a los cautivos acompañada de algunas criadas que aparentan reprobar su acción, aunque no intervienen. Santa Casilda como arquetipo de virtudes, como símbolo parlante y ejemplo de virtud y perfección femenina, como lo es en el cuadro de Zurbarán o en la serie Shtisel.

 

 

Son aquellos cautivos los que su padre tiene en los sótanos de lo que podría ser el complejo palaciego del alficén, absolutamente idealizado, con referencias a arquitecturas más propias del Renacimiento que del Toledo andalusí.

 

 

El segundo fresco [tercera foto de este epígrafe] representa el momento en el que el rey toledano descubre a su hija alimentando sin su consentimiento a los cautivos cristianos. La cara de ira de uno de los criados del rey, del padre de Casilda, lo dice todo. Ataviados de los pies a la cabeza a la otomana, la escena bien podría representar la corte de un noble de Valaquia o el entorno de un jenízaro otomano, pero de ninguna manera la de un monarca andalusí del siglo XI, cuando Constantinopla seguía formando parte del mundo cristiano y Estambul y el imperio otomano necesitarían aún siglos para nacer.

 

 

Casilda es descubierta por su padre justo en el momento en el que alimentaba a los cautivos, y milagrosamente el alimento que llevaba entre las faldas se convierte en flores, burlando así al padre y a todos sus criados, que muestran en sus caras una mezcla de odio y de sorpresa al presenciar la conversión.

 

 

Pasaos por el claustro de la catedral a releer estos frescos desde el presente, que son una joya de la pintura al fresco y de la tradición local, y muchas veces pasan desapercibidos por estar donde están, envueltos en la imponente catedral donde todo son estímulos y emociones. Y dadle una vuelta a Orientalismo, el libro de Edward Said que os enlazaba más arriba, fuente inagotable de preguntas para ayudarnos a repensar por qué creemos lo que creemos de ese enorme territorio geográfico, temporal, cultural y tantas veces imaginario al que llamamos Oriente. Y si tenéis Netflix, seguro que Shtisel os fascina, que muchas veces pensamos en Toledo que no hay más judaísmo que el sefardí y todos los judíos sionistas, y la serie refleja una pequeña sociedad que nos es completamente lejana y desconocida.

 

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